Astronomía de la Antigua Grecia
J.M.S
miércoles, julio 05, 2023
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Astronomía de la Antigua Grecia
La astronomía griega recibió importantes influencias de otras civilizaciones de la antigüedad, principalmente la India y Babilonia. Durante la época helenística y el imperio romano, muchos astrónomos trabajaron en el estudio de las tradiciones astronómicas clásicas, en la Biblioteca de Alejandría y en el Museion.
Uno de los primeros en realizar un trabajo astronómico fue el científico Aristarco de Samos (310-230 a. C.) quien calculó las distancias que separan a la Tierra de la Luna y del Sol, y además propuso un modelo heliocéntrico del sistema solar en el que, como su nombre lo indica, el Sol es el centro del universo, y alrededor del cual giran todos los otros astros, incluyendo la Tierra. Este modelo, imperfecto en su momento, pero que hoy sabemos se acerca mucho a lo que hoy consideramos como correcto, no fue acogido debido a que chocaba con las observaciones cotidianas y la percepción de la Tierra como centro de la creación. Este modelo heliocéntrico está descrito en la obra El arenario de Arquímedes (287-212 a. C.).
El modelo geocéntrico fue una idea original de Eudoxo de Cnido (390-337 a. C.) y años después recibió el apoyo decidido de Aristóteles y su escuela. Este modelo, sin embargo, no explicaba algunos fenómenos observados, el más importante de ellos era el comportamiento diferente del movimiento de algunos astros cuando se comparaba este con el observado para la mayoría de las estrellas. Estas parecen siempre moverse todas en conjunto, con la misma rapidez angular, lo que hace que, al moverse, mantengan «fijas» sus posiciones unas respecto de las otras. Por esta razón se les conoció siempre como «estrellas fijas». Sin embargo, ciertos astros visibles en el firmamento nocturno, si bien se movían en conjunto con las estrellas, parecían hacerlo con menor velocidad (movimiento directo). De hecho, se observa cierto retraso diario respecto de ellas; pero, además, y solo en ciertas ocasiones, parecen detener el retraso e invertir su movimiento respecto de las estrellas «fijas» (movimiento retrógrado), para luego detenerse nuevamente, y volver a retomar el sentido del movimiento de ellas, pero siempre con un pequeño retraso diario (movimiento directo). Debido a estos cambios aparentemente irregulares en su movimiento a través de las estrellas «fijas», a estos astros se les denominó estrellas planetas (estrellas errantes) para diferenciarlas de las otras.
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| Ilustración del sistema ptolemaico |
Ptolomeo fue el autor de un tratado sobre astronomía conocido como el Almagesto (en árabe «Al», seguido de un superlativo griego que significa 'grande'). Aquí puede encontrarse el catálogo de estrellas de Hiparco, en los libros VII y VIII. Aunque Ptolomeo afirmaba ser su observador, muchas evidencias apuntan a Hiparco como su verdadero autor. El catálogo contiene las posiciones de 850 estrellas en 48 constelaciones. Las posiciones de las estrellas se dan en coordenadas eclípticas universales. En este trabajo propuso un modelo geocéntrico del sistema solar, que fue aceptado como modelo en el mundo occidental y los países árabes durante más de 1300 años. El Almagesto también contiene un catálogo de 1025 estrellas y una lista fija de 48 constelaciones.
Fue Ptolomeo quien se dio a la tarea de buscar una solución para que el sistema geocéntrico pudiera ser compatible con todas estas observaciones. En el sistema ptolemaico la Tierra es el centro del universo y la Luna, el Sol, los planetas y las estrellas se encuentran fijas en esferas de cristal girando alrededor de ella; para explicar el movimiento diferente de los planetas ideó un particular sistema en el cual la Tierra no estaba en el centro exacto y los planetas giraban en un epiciclo alrededor de un punto ubicado en la circunferencia de su órbita o esfera principal (conocida como 'Deferente').
Los epiciclos habían sido una idea original de Apolonio de Perge (262-190 a. C.) y mejorada por Hiparco de Nicea (190-120 a. C.). Como el planeta gira alrededor de su epiciclo mientras el centro de este se mueve simultáneamente sobre la esfera de su deferente, se logra, por la combinación de ambos movimientos, que el planeta se mueva en el sentido de las estrellas 'fijas' (aunque con cierto pequeño retraso diario) y que, en ocasiones, revierta este movimiento (de retraso) y parezca (por cierto período de tiempo) adelantarse a las estrellas fijas, y con esto se logra explicar el movimiento retrógrado de los planetas respecto de las estrellas (ver figura a la derecha). El esquema ptolemaico, con todo y sus complicados epiciclos y deferentes, fue aceptado por muchos siglos por variadas razones pero, principalmente, por darle a la raza humana una supremacía y un lugar privilegiado o 'central' en el universo.
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| Representación moderna de la complejidad del sistema ptolemaico |
Otros estudios importantes durante esta época fueron la composición de la tierra, la compilación del primer catálogo de estrellas, el desarrollo de un sistema de clasificación de las magnitudes de los brillos estelares basado en la luminosidad aparente de las diferentes estrellas, la determinación del ciclo de Saros para la predicción de los eclipses solares y lunares, entre muchos otros.
Astronomía griega arcaica
Referencias para la identificación de estrellas y constelaciones aparecen en los escritos de Homero y Hesíodo (los ejemplos de literatura griega más antiguos que se conocen). En la Odisea, Homero describe cómo las estrellas pueden utilizarse para orientarse y servir de guía en la navegación. En «Los trabajos y los días», Hesíodo se apoya en la salida y la puesta de constelaciones a lo largo del año para indicar el momento oportuno para los trabajos agrícolas.
En la Ilíada y en la Odisea, Homero hace referencia a los siguientes cuerpos celestes:
▊ La constelación de Bootes
▊ El cúmulo estelar Híades
▊ La constelación de Orión
▊ El cúmulo estelar Pléyades
▊ La estrella Sirio
▊ La constelación Osa Mayor
Ninguno de ellos escribió un trabajo científico, aunque elaboraron una rudimentaria cosmología, en la que decían que la tierra era plana y estaba rodeada del Océano. Afirmaban que muchas estrellas caían al Océano y desaparecían, mientras otras eran siempre visibles.
Especulaciones sobre el cosmos fueron comunes en la filosofía presocrática, durante los siglos VI y V a. C.
Anaximandro decía que la Tierra tenía forma cilíndrica, se encontraba suspendida en el centro del cosmos y que estaba rodeada de anillos de fuego.
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| Anaximandro |
Filolao, principal referente conocido del sistema astronómico pitagórico, describía al cosmos con estrellas, planetas, el Sol, la Luna, la Tierra y Antichton, que giraban alrededor de un fuego central.
Los planetas en la astronomía temprana
La palabra planeta viene de término griego πλανήτης, planētēs, que significa errante. Recibieron este nombre porque muchos astrónomos notaban ciertas luces que se movían en el firmamento. Los cinco planetas que podían ser observados a simple vista eran Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. A veces se contaban también a la Luna y al Sol, totalizando siete cuerpos celestes. Muchos planetas recibían nombres de dioses griegos. Los nombres de los dioses romanos, equivalentes a los nombres de los dioses griegos, son la base de los nombres de los planetas del Sistema Solar.
Calendarios
Los calendarios de los antiguos griegos estaban basados en los ciclos lunares y solares. El calendario helénico incorporó esos ciclos. Un calendario lunisolar basado en ambos ciclos es difícil de aplicar, por lo que muchos astrónomos se dedicaron a la elaboración de un calendario basado en los eclipses. Luego los calendarios se basaron en datos más precisos.
Toma de Gibraltar (1309)
J.M.S
viernes, mayo 26, 2023
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Toma de Gibraltar (1309)
El sitio de Gibraltar de 1309 fue una empresa bélica que tuvo lugar en el año 1309, durante el reinado de Fernando IV de Castilla, rey de Castilla, y en el transcurso de la Reconquista.
Se desconoce cuándo comenzó el asedio de Gibraltar de 1309, aunque la ciudad capituló ante las tropas del rey Fernando IV de Castilla el día 12 de septiembre de 1309. En el asedio destacó la participación de Alonso Pérez de Guzmán, señor de Sanlúcar de Barrameda, de Juan Núñez de Lara el Menor, señor de la Casa de Lara, y de las milicias concejiles de la ciudad de Sevilla.
Antecedentes
El 19 de diciembre de 1308, en Alcalá de Henares, Fernando IV de Castilla y los embajadores aragoneses Bernaldo de Sarriá y Gonzalo García rubricaron el tratado de Alcalá de Henares. Fernando IV, que contaba con el apoyo de su hermano, el infante Pedro, de Diego López V de Haro, del arzobispo de Toledo y del obispo de Zamora, acordó iniciar la guerra contra el reino de Granada el 24 de junio de 1309 y se comprometió, al igual que el monarca aragonés, a no firmar una paz por separado con el monarca granadino. El rey castellano aportaría diez galeras a la expedición y otras tantas el rey aragonés. Se aprobó con la anuencia de ambas partes que las tropas del reino de Castilla atacarían las plazas de Algeciras y Gibraltar, mientras que los aragoneses conquistarían la ciudad de Almería.
Fernando IV de Castilla se comprometió a ceder una sexta parte del reino de Granada al rey aragonés, y le concedió el reino de Almería en su totalidad como adelanto por el mismo, excepto las plazas de Bedmar, Locubín, Alcaudete, Quesada y Arenas, que habían formado parte del reino de Castilla y León en el pasado. Fernando IV estableció que si se daba la circunstancia de que el reino de Almería no se correspondiese con la sexta parte del reino de Granada el arzobispo de Toledo por parte de Castilla y el Obispo de Valencia por parte de los aragoneses serían los encargados de resolver las posibles deficiencias del cálculo. La concesión al reino de Aragón de una parte tan extensa del reino nazarita de Granada motivó que el infante Juan de Castilla el de Tarifa y don Juan Manuel protestasen contra la ratificación del tratado, aunque dicha protesta no tuvo consecuencias.
La entrada en vigor de las cláusulas del tratado de Alcalá de Henares supuso una notable ampliación de los futuros límites del reino de Aragón, que alcanzó unos límites mayores que los previstos en los tratados de Cazorla y Almizra, en los que se habían establecido las futuras áreas de expansión de los reinos de Castilla y Aragón en el pasado. Además, Fernando IV otorgó su consentimiento para que Jaime II de Aragón negociase una alianza con el rey de Marruecos, a fin de combatir al reino de Granada.
Tras la firma del tratado de Alcalá de Henares, los reyes de Castilla y Aragón enviaron embajadores a la Corte de Aviñón, a fin de solicitar al papa Clemente V que concediese la condición de cruzada a la lucha contra los musulmanes del sur de la península ibérica, y para que concediese la necesaria dispensa para la celebración del matrimonio entre la infanta Leonor de Castilla, hija primogénita y heredera de Fernando IV, y el infante Jaime de Aragón, hijo y heredero de Jaime II el Justo, a lo que el Papa accedió, pues la dispensa necesaria para celebrar dicho matrimonio fue otorgada antes de la llegada de los embajadores a Aviñón. El 24 de abril de 1309 el papa Clemente V, mediante la bula "Indesinentis cure", autorizó la predicación de la cruzada en los dominios del rey Jaime II de Aragón, y otorgó a la empresa los diezmos que habían sido destinados a la conquista de Córcega y Cerdeña.
En las Cortes de Madrid de 1309, las primeras celebradas en la actual capital de España, el rey manifestó su deseo de ir a la guerra contra el reino de Granada, al tiempo que demandaba subsidios para poder hacer la guerra. En dichas Cortes estuvieron presentes el rey Fernando IV y su esposa, la reina María de Molina, los infantes Pedro, Felipe y Juan, don Juan Manuel, Juan Núñez de Lara el Menor, Diego López V de Haro, Alfonso Téllez de Molina, hermano de la reina María de Molina, el arzobispo de Toledo, los Maestres de las Órdenes Militares de Santiago y Calatrava, los representantes de las ciudades y concejos, y otros nobles y prelados. Las Cortes aprobaron la concesión de cinco servicios, destinados a pagar las soldadas de los ricoshombres e hidalgos.
Numerosos magnates del reino, encabezados por el infante Juan de Castilla el de Tarifa y por don Juan Manuel, se opusieron al proyecto de tomar la ciudad de Algeciras, pues preferían realizar una campaña de saqueo y devastación en la Vega de Granada. Además, el infante Juan se hallaba resentido con el rey debido a la negativa de este último a entregarle el municipio de Ponferrada, y don Juan Manuel, a pesar de que deseaba hacer la guerra al reino de Granada desde sus tierras murcianas, fue obligado por Fernando IV a participar junto a sus mesnadas en el cerco de Algeciras.
En esos momentos, el Maestre de la Orden de Calatrava realizó una incursión en la frontera y obtuvo un considerable botín, y el 13 de marzo de 1309 el obispo de Cartagena, contando con la aprobación del cabildo catedralicio de Cartagena, se apoderó de la villa y del castillo de Lubrín, que posteriormente le serían donados por Fernando IV el Emplazado. Terminadas las Cortes de Madrid, Fernando IV se dirigió a Toledo, donde aguardó a que se le uniesen sus tropas, al tiempo que dejaba a su madre, la reina María de Molina, a cargo del gobierno del reino, confiándole la custodia de los sellos.
Movilización cristiana
En la campaña intervinieron el infante Juan de Castilla "el de Tarifa", don Juan Manuel, Diego López V de Haro, señor de Vizcaya, Juan Núñez de Lara el Menor, señor de la Casa de Lara, Alonso Pérez de Guzmán, Fernán Ruiz de Saldaña, y otros magnates y ricoshombres castellanos. También tomaron parte en la empresa las milicias concejiles de Salamanca, Segovia, Sevilla, Zamora, y de otras ciudades.
Por su parte, el rey Dionisio I de Portugal, suegro de Fernando IV de Castilla, envió un contingente de 700 caballeros a las órdenes de Martín Gil de Sousa, Alférez del rey de Portugal, y Jaime II de Aragón aportó a la expedición contra Algeciras diez galeras. El Papa Clemente V, mediante la bula "Prioribus, decanis", emitida el 29 de abril de 1309 en la ciudad de Aviñón, concedió a Fernando IV de Castilla la décima parte de todas las rentas eclesiásticas de sus reinos durante tres años, a fin de contribuir al sostenimiento de la guerra contra el reino de Granada.
Desde la ciudad de Toledo, Fernando IV se dirigió a Córdoba, donde los emisarios del rey de Aragón le anunciaron que Jaime II de Aragón estaba dispuesto para comenzar el sitio de Almería. En la ciudad de Córdoba el rey Fernando IV discutió de nuevo el plan de campaña, pues su hermano el infante Pedro, su tío el infante Juan de Castilla el de Tarifa, don Juan Manuel y Diego López V de Haro, señor de Vizcaya, entre otros, se oponían al proyecto de cercar la ciudad de Algeciras, ya que todos ellos preferían saquear y devastar la Vega de Granada mediante una serie de ataques sucesivos que desmoralizarían a los musulmanes granadinos. No obstante, la voluntad de Fernando IV prevaleció y las tropas castellano-leonesas se prepararon para sitiar Algeciras.
Los últimos preparativos de la campaña fueron realizados en la ciudad de Sevilla, a la que Fernando IV llegó a principios de julio de 1309. Los víveres y suministros acumulados en la ciudad de Sevilla por el ejército castellano-leonés fueron trasladados por el río Guadalquivir, y posteriormente por mar hasta Algeciras.
El asedio de Gibraltar
El 27 de julio de 1309 una parte del ejército castellano-leonés se encontraba ante los muros de la ciudad de Algeciras, y tres días después, el día 30 de julio, llegaron el rey Fernando IV de Castilla y su tío el infante Juan de Castilla el de Tarifa, acompañados por numerosos ricoshombres. Por su parte, el rey Jaime II de Aragón comenzó a sitiar la ciudad de Almería el día 15 de agosto, y el asedio se prolongó hasta el día 26 de enero de 1310.
El 12 de septiembre de 1309 las tropas del rey Fernando IV ocuparon Gibraltar. La Crónica de Fernando IV refiere que cuando el soberano castellano hizo su entrada en Gibraltar, un musulmán anciano le espetó lo siguiente:
Señor, que oviste conmigo en me echar de aquí; ca tu visabuelo el rey D. Fernando quando tomó a Sevilla me echó dende é vine a morar á Xerez, é después el rey D. Alfonso, tu abuelo, quando tomó a Xerez hechome dende é yo vine á morar a Tarifa, é cuydando que estaba en lugar salvo, vino el rey D. Sancho, tu padre, é tomó a Tarifa é hechome dende, é vine a morar aquí á Gibraltar, é teniendo que en ningún lugar non estaría tan en salvo en toda la tierra de los moros de aquende la mar como aquí. É pues veo que en ningún lugar destos non puedo fincar, yo yré allende la mar é me porné en lugar do biva en salvo é acabe mis días.
Tras la conquista de la ciudad de Gibraltar, Fernando IV de Castilla ordenó la reparación de sus murallas, que se habían visto afectadas por el asedio, y la construcción de una nueva torre. Al mismo tiempo, el monarca dispuso la edificación de una atarazana en Gibraltar, que debería servir de refugio a las naves. Varios meses después, el 31 de enero de 1310, Fernando IV concedió a Gibraltar un fuero a fin de incentivar la repoblación y el enriquecimiento de la ciudad. En los meses de febrero y marzo de 1310 Fernando IV recompensó a la ciudad de Sevilla, cuyas milicias concejiles se habían distinguido en la conquista de Gibraltar, mediante la concesión de una serie de privilegios.
La historia de Auschwitz: el doloroso recuerdo de una época oscura de la humanidad
J.M.S
jueves, marzo 23, 2023
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Auschwitz es un nombre que se ha convertido en sinónimo del Holocausto y de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. El campo de concentración y exterminio, ubicado en Polonia, fue el mayor centro de exterminio nazi y el lugar donde más de un millón de personas fueron asesinadas.
La historia
La historia de Auschwitz comienza en 1940, cuando los nazis establecieron el campo de concentración en una antigua base del ejército polaco. Al principio, el objetivo principal del campo era detener a los prisioneros políticos y los judíos, pero con el tiempo se convirtió en un lugar de exterminio masivo.
Los prisioneros de Auschwitz vivían en condiciones terribles, obligados a trabajar largas horas en condiciones extremadamente duras y sin comida adecuada. Los experimentos médicos y los asesinatos en masa eran una práctica común. En 1942, los nazis comenzaron a construir cámaras de gas para exterminar a los prisioneros a gran escala.
En 1944, el campo de Auschwitz fue liberado por las fuerzas soviéticas, pero ya era demasiado tarde para la gran mayoría de los prisioneros. En total, más de un millón de personas murieron en Auschwitz, incluyendo 960,000 judíos, 75,000 polacos no judíos, 21,000 gitanos, 15,000 prisioneros de guerra soviéticos y otros grupos minoritarios.
Auschwitz se ha convertido en un símbolo del Holocausto y un recordatorio de la barbarie humana. El campo se ha conservado como un museo y monumento para honrar a las víctimas y educar a las futuras generaciones. En 1979, el campo de Auschwitz fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Hoy en día, Auschwitz es un lugar de peregrinación para muchas personas de todo el mundo que desean aprender sobre la historia del Holocausto y rendir homenaje a las víctimas. El sitio cuenta con numerosas exposiciones y actividades para visitantes, incluyendo recorridos guiados y programas educativos para escolares.
En resumen
En resumen, la historia de Auschwitz es un doloroso recuerdo de una época oscura de la humanidad. Este lugar de exterminio masivo se ha convertido en un símbolo del Holocausto y una advertencia de los peligros del odio y la intolerancia. Visitar Auschwitz es una forma de honrar a las víctimas y aprender sobre una de las tragedias más terribles de la historia humana.
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las guerras husitas
J.M.S
jueves, marzo 16, 2023
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Las guerras husitas: los checos contra el imperio germánico
Tras la muerte de Juan Hus en la hoguera, en 1415, sus partidarios se alzaron en armas en toda Bohemia para lograr la reforma de la Iglesia y derrotaron a los cruzados enviados para rendirlos.
Afinales del siglo XIV, el reino de Bohemia (cuyo núcleo correspondía al territorio de la actual Chequia) era uno de los estados más prósperos del Sacro Imperio Romano Germánico. La Iglesia era la mayor autoridad feudal del país; sus enormes dominios le reportaban cuantiosos ingresos en forma de rentas y de cargas fiscales. Esta situación de privilegio propició la corrupción y los abusos por parte de las jerarquías eclesiásticas, circunstancias que despertaron las primeras críticas a una institución alejada, según se decía, de los valores de la primitiva Iglesia de Cristo. Los primeros reproches surgieron durante la segunda mitad del siglo XIV, cuando la Iglesia católica estaba dividida a raíz del Cisma de Occidente (1378-1417).
En ese contexto, Juan Hus, un sacerdote y teólogo, formuló abiertamente un programa radical de reforma de la Iglesia que en muchos aspectos anticipó la obra de Lutero y otros reformadores del siglo XVI. En 1402, siendo profesor de la Universidad de Praga (la capital de Bohemia), Hus empezó a predicar desde el púlpito de la capilla de Belén. Allí congregó a gran número de oyentes que acudían a escuchar sus duras críticas al clero, acusado de entregarse a las riquezas y los placeres, así como su llamada a una vida espiritual basada en la relación íntima entre el creyente y Dios.
La creciente popularidad de Hus y de sus ideas, debida en gran medida a su uso de la lengua checa, hizo que la aristocracia y el alto clero se distanciaran de él. Considerado un peligro social y excomulgado por el papa Juan XXIII, a quien había criticado duramente, dejó la capital para predicar en otros lugares de Bohemia, lo que hizo que sus ideales prendieran también en el campesinado.
MODERADOS Y RADICALES
La muerte del reformador sacó a la luz la profunda crisis social y política que atravesaba su país. Hus había sido cortejado por el rey Wenceslao IV de Bohemia, quien en el año 1400 fue depuesto como rey de Germania con el beneplácito de la Iglesia. Frente a él se alzaba su hermano Segismundo, soberano de Hungría, que en 1410 fue elegido rey de Germania y titular del Sacro Imperio. Segismundo había auspiciado la convocatoria del concilio de Constanza, el sínodo que debía poner fin al Cisma de Occidente: deseaba aparecer como el artífice de la restauración del orden en la Cristiandad. Y también pretendía utilizar el concilio para apoyar sus pretensiones a la corona de Bohemia, donde las tesis de Hus se extendían entre la población.
Sin embargo, el movimiento reformador no era unitario: reunía a grupos sociales muy distintos que alentaban convicciones más o menos radicales. Para todos ellos era irrenunciable que se permitiera a los seglares la comunión bajo las dos especies (sub utraque specie). Según el dogma cristiano, esas dos especies son el pan y el vino, que en la eucaristía se transustancian en el cuerpo y la sangre de Cristo. Hasta entonces, el vino estaba reservado a los sacerdotes; de ahí que el cáliz fuera el símbolo de los rebeldes. De ahí también el nombre de calicistas o utraquistas que recibieron los miembros de la facción husita moderada, formada por parte de la nobleza del reino y por el patriciado de Praga.
COMUNISMO CRISTIANO
Mientras, entre los grupos populares urbanos y, sobre todo, entre los campesinos habían prendido propuestas más radicales. Al parecer, en la región de Pilsen había quienes no creían en ritos que no estuvieran fundamentados en la Biblia; otros opinaban que los obispos no eran necesarios, e incluso que los seglares podían predicar y recibir confesión. El mayor radicalismo se dio en el sur de Bohemia, donde prosperaron ideas milenaristas, que incluían la creencia en una segunda venida de Cristo o en la inminencia del fin del mundo, y que incorporaban llamamientos a la igualdad de todos los hombres.
El 30 de julio de 1419, partidarios de esta última tendencia, liderados por el predicador milenarista Jan Zelivsky, ocuparon el ayuntamiento de Praga y arrojaron por una ventana a los miembros católicos del concejo municipal. La defenestración causó tal impresión al rey Wenceslao que murió de una apoplejía dos semanas después. Segismundo, su heredero, se dispuso a tomar posesión del reino, pero buena parte de la nobleza lo rechazaba. Una dieta o parlamento de mayoría husita le exigió el reconocimiento tanto de las libertades políticas de Bohemia como de la libertad de predicación y la comunión bajo las dos especies. Se abría la puerta a la guerra contra el emperador, mientras la revolución emprendía el vuelo.
En efecto, millares de campesinos se unieron a los rebeldes praguenses, y en febrero de 1420 se dirigieron al castillo de Hradiste, junto al río Luznice. Allí ocuparon la pequeña ciudad que se levantaba sobre la colina y la llamaron Tábor, en alusión al monte Tábor de la Biblia, donde tuvo lugar la transfiguración de Jesús. Sus habitantes vivirían bajo el espíritu del cristianismo primitivo, sin una jerarquía eclesiástica, e incluso abolieron la propiedad privada. Semejante proceder no sólo suscitó la condena de la Iglesia, sino que despertó el recelo de los husitas moderados, alarmados por la tendencia de los taboritas a imponer la igualdad social y económica. Pero unos y otros se necesitaban mutuamente: sólo unidos lograrían detener a los ejércitos de Segismundo.
LA DERROTA DE LA CRUZADA
El incontenible avance de la reforma determinó al papa Martín V a predicar la cruzada contra los husitas, en mayo de 1420, y Segismundo respondió con el envío de un ejército que, además, debía permitirle tomar posesión de su reino. Sus tropas marcharon sobre Praga, pero entonces intervino Jan Zizka, un soldado husita. Aunque se inclinaba hacia el bando moderado, Zizka había creado en Tábor una poderosa maquinaria militar que el 14 de julio aplastó a los ejércitos imperiales en el monte Vítkov.
Praga y la reforma se habían salvado. Los husitas moderados aprobaron los Cuatro Artículos de Praga, un documento que contenía las convicciones que eran comunes a todos ellos: la libre predicación, el utraquismo, la secularización de los bienes de la Iglesia y el castigo de quien cometiera pecado mortal (clérigos incluidos). Imbatibles, las tropas de los reformadores derrotaron uno tras otro a los ejércitos de Segismundo en los varios enfrentamientos que se produjeron entre 1421 y 1427.
Los ejércitos de la última cruzada, dirigida por el cardenal Giuliano Cesarini, fueron vencidos de forma humillante en el año 1431. Cesarini, que presidía el concilio de Basilea, reunido aquel mismo año, se percató finalmente de que sólo la negociación podía devolver a los husitas –o a parte de ellos– al redil de la Iglesia. De esta forma se llegó, en 1433, a los Compactata de Praga, un pacto entre husitas moderados y representantes del Concilio por el que se permitía a los primeros la comunión bajo las dos especies. Los taboritas lo rechazaron, pero la nobleza checa los aniquiló al año siguiente, en la batalla de Lipany. La revolución quedó así aplastada, pero la reforma de Juan Hus sobrevivió. En las décadas siguientes los utraquistas pugnarían hasta lograr su pleno reconocimiento; muchos de ellos no dudarían en unirse a la reforma de Martín Lutero, de la que habían uno de los principales precursores.
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Kalinago
J.M.S
jueves, febrero 09, 2023
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Kalinago
Los kalinago (llamados caribes y caríbales o en algunos documentos históricos, denominaciones derivadas del proto-caribe *karipona: 'hombre(s)') eran un conjunto de pueblos que, en el momento del contacto colombino en el siglo xv, ocupaban el norte de Colombia, una gran parte de Venezuela y varias Antillas Menores. En las islas del mar Caribe desaparecieron como etnia independiente a consecuencia de la colonización europea, pero en Venezuela, Brasil y Las Guayanas continuaron dando lugar a los galibis (kari'ñas) modernos y otros pueblos. En las islas se dio el mestizaje con africanos en la isla de San Vicente; viven en la actualidad en Honduras. Los caribes pertenecían a la familia lingüística y cultural más amplia a la que dieron su nombre y cuyos otros miembros se hallan en el norte de Sudamérica.
Los caribes de las Antillas Menores fueron uno de los primeros pueblos americanos que conocieron los europeos. En las crónicas españolas se les suele contraponer a los taínos, presentados como un pueblo pacífico y de cultura elevada, mientras que a los caribes se les veía como un pueblo belicoso y salvaje que practicaba la antropofagia. De hecho, su nombre es el origen de los términos caníbal y canibalismo con cuyos equivalentes se describe en varios idiomas europeos la práctica de alimentarse con carne de miembros de la propia especie.
Tipos de viviendas
Sus viviendas más comunes eran las enramadas y los paravientos. A veces construían bohíos y churuatas.
Construían viviendas de bahareque, eran de cuidadosa construcción, con materiales naturales como pilotes de madera, cubiertas protectoras a dos aguas, elaboradas con las hojas de palma de la región, caña brava algunos cactus, sus patrones siguen formas rectangulares, sin divisiones internas.
Expansión de los pueblos caribes
La familia lingüística caribe aún hoy es una de las más amplias de América, no solo por el elevado número de lenguas y tribus que la componían, sino por su carácter expansionista, de esta manera surgieron diferencias culturales muy marcadas entre los caribes de una zona y otra, de acuerdo a las adaptaciones adquiridas y contactos con otras etnias.
«El navegante de la prehistoria penetró por ventura las numerosas bocas del Orinoco que con fuerza misteriosa lo impulsó al interior del continente subiendo hasta las bocas del río Meta donde un agresivo raudal opuso marcha y hubo de formar la colonia Carichana o Caribe en recuerdo a quienes la fundaron: Los Caribes o Caras.»Miguel Triana
Varios factores antropológicos influyeron en la expansión caribe por América; entre ellos la navegación, tanto por mares como por cuencas fluviales, y la costumbre de la exogamia. Los territorios ocupados según los rastros históricos se extendieron del norte del Amazonas (carijonas, panares), hasta la falda de los Andes, donde destacaron las tribus de yukpas, mocoas, chaparros, caratos, parisis, kiri-kiris, etc.; y de la meseta brasileña a las fuentes de Xingú: yuma, palmella, bacairi, en el río Negro; yauperis y crichanas. En la Guayana Francesa; galibis, accavois y calinas. Los pueblos caribes tenían otra lengua, cultura y origen diferente a otras civilizaciones o pueblos del Caribe como los arauacos, taínos y ciguayos, los caribes no eran arauacos.
El área de difusión principal de los pueblos caribes parece haber sido el norte de Colombia, Panamá, Venezuela y Guyana. Posteriormente y hasta la llegada de los europeos, gran parte de las Antillas Menores hasta incluso Guadalupe (Francia) pasó a dominio de los pueblos caribes, desplazando o asimilando a los arauacos en todas aquellas islas, de ahí su lenguaje propio mezcla de lenguas arauacas y caribes, como se atestigua en Dominica. Estos últimos son los denominados pueblos "caribes de las islas". Los pueblos caribes parecen ser que incluso llegaron al departamento de Loreto en Perú y en sureste el alto curso del río Xingú en el Mato Grosso de Brasil.
Manifestaciones culturales
Organización social
Los caribes se agrupaban en clanes familiares de linaje patrilineal llamados cacicazgos manteniéndose alianzas como pueblos federados.
No residían en poblados; sus bahareques eran apartados unos de otros y de cuidadosa construcción con materiales naturales como: pilotes estructurales de madera, con faldas protectoras a dos aguas, elaboradas con las hojas de la palmera de la región, divisiones y paredes interna en esterillas guadua, caña brava, algún tipo de cacto, recubiertas de una argamasa de origen vegetal que además utilizan en el inmobiliario interno, y una última capa para el lustre de algún tipo de cal.
Actividad económica
La pesca de grandes especies, tanto de océano como de río, era la fuente principal para su alimentación, la conservaban por largos períodos con técnicas de ahumado, secado y salado. Llamaban a su cocina barbacoa, era un mesón de madera cubierto por tierra donde asaban y cocinaban sus alimentos. Su agricultura cosechaba: papa, arracacha, uchuva, maíz, yuca o mandioca, coca, tabaco, algodón, cacao, ají, achira, aguacate, distintos tipos de frijoles, ahuyama, guayaba y mamey.
Pintura corporal
La costumbre general de estas etnias en las regiones tropicales era la de no cubrir sus genitales y el uso de tintes vegetales y minerales para la creación de pinturas cosméticas, que además de proporcionar protección contra insectos, eran principalmente un distintivo de familia y de reconocimiento delante otras etnias. Llevar el nombre familiar pintado en la cara, es una costumbre bien descrita por investigadores koriguages; estos utilizan diseños estilizados en tintes de color negro, donde representan el animal característico de su fama, el diseño más común en esta gente era: un murciélago contando con los de jaguar, araña y mono, muy similares a los usados por los emberá y karajá amazónicos y gran número de familias de etnia Caribe.
Uniones familiares
Para las uniones familiares estas etnias americanas practicaban poligamia masculina por endogamia y exogamia esta última con dimensiones antropológicas muy significativas, relacionada íntimamente con el carácter expansionista de esta etnia. Seguía la exogamia en casos de uniones consentidas, patrones matrilineales y patrilineales, de acuerdo con los arreglos pactados por las familias, un ejemplo de esto es: el linaje Tama. En las uniones no consentidas, se lograba con el sacrificio del total de los varones, dejando en condiciones aptas para la unión a las mujeres de la etnia sometida, asegurando de esta forma la trasmisión del material genético de manera patrilineal.
Antropofagia
Las crónicas mexicanas afirman que los caribes practicaban la antropofagia. Su expansionismo los llevó a tomar los poblados que no permitían la exogamia pacífica, en los que mataban a los varones (adultos y niños) para tomar en exogamia a sus mujeres viudas y solteras. Sin embargo, los antropólogos se muestran divididos en cuanto a la realidad de estos hechos.
Lengua
Los caribes del continente sudamericano hablaban alguna lengua de la familia que lleva su nombre, pero esta desapareció después del contacto con los europeos. En las Antillas Menores, por el contrario, los calinagos (caribes insulares) tenían como lengua materna una lengua arahuaca, igual que los taínos de las Grandes Antillas. Los varones de estas islas hablaban además una lengua criolla que incorporaba numerosas palabras de origen Caribe, fruto de intercambios o guerras con los caribes del continente. Los descendientes de los caribes y los esclavos negros que sobreviven en la isla Roatán hablan un idioma, el garífuna, que forma parte de la familia arahuaca.
La diferencia entre una "lengua femenina" y una "lengua masculina" en la sociedad calinago fue explicada por algunos historiadores suponiendo que los primeros caribes que invadieron las Antillas Menores habrían exterminado a la población masculina taína y esclavizado a las mujeres. La historiografía moderna considera infundado ese relato.
La entrada de los europeos
Los caribes de las Antillas Menores entraron rápidamente en conflicto con los españoles a partir de 1493, y posteriormente para evitar que los franceses e ingleses los mataran a ellos, pero en especial a sus niños, realizaban rituales mágicos sacrificando animales para tener protección de sus dioses en sus combates.
En 1559, las nuevas potencias coloniales firmaron con los caribes el tratado de Saint Charles, que estipuló la deportación de los indígenas de Antillas Menores excepto a los que habitaban en las islas de la Dominica y de San Vicente, que se les asignaron como reservas. Sin embargo, los ingleses violaron repetidamente este tratado y terminaron anexionándose ambas islas en 1763.
Del mestizaje entre los caribes y los africanos traídos a América por el esclavismo europeo nacieron los garífunas o "caribes negros" de San Vicente. Estos fueron deportados en 1795 por los británicos a la isla Roatán (actual Honduras) donde sus descendientes todavía viven hoy. En los rincones más remotos de la Guadalupe francesa quedaron algunos pequeños grupos de etnia caribe hasta finales del siglo xix. En Dominica la resistencia caribe retrasó el establecimiento de europeos, por lo que unos 3000 han llegado hasta nuestros días, concentrados en la Reserva Caribe (actualmente denominada Kalinago Territory) formada oficialmente en 1903.
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La infancia en la edad media
J.M.S
miércoles, enero 11, 2023
Edad Media
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Infancia
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Juegos
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Mortaldad
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Reto
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Sobrevivir
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Uno
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La infancia en la edad media: el reto de sobrevivir
Las diversiones y la instrucción eran el anverso de las vidas de los pequeños, siempre amenazados por enfermedades y accidentes.
En la Edad Media, la maternidad era la función primordial del género femenino. Esta exaltación de la concepción no implicaba, en cambio, la valoración positiva de la infancia. Los textos proporcionan numerosos ejemplos de abandono, abusos, palizas e infanticidio. Se veía a la prole como un seguro de vida para la vejez y una mano de obra barata.
Los calificativos con los que se describía a los niños eran más negativos que positivos: inútiles, indiscretos, olvidadizos, inconstantes, indignos de confianza, perezosos, mentirosos, sucios, llorones, caprichosos, volubles y traviesos. En cambio, se admitió que tenían alma, se condenó el maltrato físico y se crearon hospicios para las criaturas abandonadas, como el Pare d’òrfens («padre de los huérfanos»), creado en 1337 por Pedro IV de Aragón.
LA LLEGADA AL MUNDO
Cuando nacía una criatura se seguían las prescripciones del médico Bernardo Gordonio en su obra Lilio de la medicina: se le cortaba el cordón umbilical, se le abrían los orificios (la nariz, la boca, los ojos y el ano) y se lavaba. Una vez realizada la limpieza y la cura del cordón, se le colocaba una bola de plomo en el ombligo y se le envolvía en apretadas fajas para que no se le deformaran las extremidades y para evitar el llanto.
Los niños eran mejor acogidos que las niñas: sufrían menos abandonos, se les asignaban las mejores nodrizas y disfrutaban de más tiempo de lactancia. El nacimiento de más de un bebé en el mismo parto podía traer problemas para la madre, ya que existía la creencia de que los embarazos gemelares tenían su origen en el adulterio: un hijo sería del marido y el otro, del amante.
El bautizo era un rito esencial: con él se lavaba el pecado original y se daba la bienvenida a una nueva alma cristiana. Se solía celebrar el mismo día del nacimiento, pero sin la madre, ya que pervivía la tradición judía de alejar a las mujeres de lugares santos durante varias semanas después del parto.
A causa del elevado índice de mortalidad infantil, a los niños no se les registraba al nacer, sino al cabo de un año, e incluso a los dos años. Y es que el 50% de los bebés morían antes de cumplir el año. Las criaturas que fallecían antes de recibir el bautismo se convertían en seres inquietantes, sin alma, que vagaban sin descanso. Los padres que podían permitírselo peregrinaban a santuarios en busca del descanso eterno de sus infantes; los llevaban muertos, vestidos de blanco, color que simbolizaba la pureza de quienes lo portaban.
La mortalidad infantil fue muy acusada durante la Edad Media. El 85% de los niños morían de enfermedades, con fiebres muy altas. Otros muchos fallecieron por sofocamiento: los bebés dormían en la misma cama que la madre o la nodriza, y ésta los asfixiaba con el peso de su cuerpo. El infanticidio fue otra causa de mortalidad infantil. Los pequeños podían ser asesinados porque eran ilegítimos; por la pobreza extrema de unos padres que no los podían mantener; porque nacían con deformidades o defectos físicos; por intrigas palaciegas...
Se consideraba que los niños deformes eran fruto del pecado de sus padres, de ahí el afán por deshacerse de estas criaturas, con el fin de evitar la vergüenza pública. Muchos pequeños eran abandonados, lo que los abocaba a un futuro incierto del que dan cuenta cancioncillas tan desgarradoras como ésta: «Mi lecho y la cuna / es la dura tierra; / criome una perra, / mujer no ninguna. / Muriendo, mi madre, / con voz de tristura, / púsome por nombre / hijo sin ventura».
La alimentación del bebé descansaba en la lactancia, que podía ser dispensada por la madre o por una nodriza, contratada para este servicio. Durante los días que seguían al parto, la madre no solía alimentar a su bebé, pues se creía que la primera leche materna podía resultar nociva. El tiempo de lactancia variaba entre los dos años para las niñas y los dos años y medio, e incluso tres, para los niños. Entre los nobles y los burgueses existía la costumbre de enviar a los pequeños de la ciudad al campo para que los criaran otros, puesto que se creía que la tranquilidad y el aire puro eran beneficiosos para las criaturas, que regresaban a su hogar cuando ya andaban y hablaban. Esto suponía un doble desarraigo para los pequeños: primero debían partir de su hogar, y abandonar los brazos, la voz, el tacto y el olor de su madre; y después tenían que despedirse de la mujer que les había enseñado todo lo que sabían y lo que eran.
JUEGOS Y LETRAS
Aparte de con juegos y juguetes, los niños se divertían entonando y bailando canciones infantiles. Muchas de esas melodías medievales, recogidas después por los autores renacentistas, siguen escuchándose y cantándose hoy, como ésta: «Cucurucú cantaba la rana, / cucurucú debajo del agua; / cucurucú, mas ¡ay! Que cantaba, / cucurucú, debajo de agua» (Belmonte, entremés de Una rana hace ciento).
Los pequeños también leían, aunque no existían libros escritos especialmente para el disfrute de la infancia, y quienes sabían leer tenían que conformarse con literatura para adultos. Entre los libros más populares figuraban Las Fábulas de Esopo, una obra griega que cuenta historias de animales que hablan, terminadas con una moraleja, como la dedicada a la zorra que no puede alcanzar las uvas y, despechada, abandona su intento con la excusa de que están verdes. La finalidad de estos relatos era la de instruir deleitando, delectare et docere.
En cuanto a las escuelas, las había de diferentes tipos, como las asociadas a parroquias y monasterios, o las fundaciones señoriales; en otras ocasiones, los habitantes de una localidad contrataban a un maestro y, en este caso, las escuelas eran privadas. También se enseñaba en el propio hogar, de la mano de los padres o de preceptores. Se aprendían nociones de gramática, aritmética, geometría, música y teología. Los pequeños de diferentes clases sociales podían educarse juntos. Y en caso de que no lo hicieran, solían estar sometidos al mismo tipo de aprendizaje. Ello permitió que algunos niños de origen humilde llegaran bastante lejos, como Maurice de Sully, un hijo de mendigos que fue obispo de París y mandó construir la basílica de Notre-Dame.
Niños y niñas se educaban en espacios diferentes. Los vástagos de la nobleza pasaban de pajes (entre los siete y los 15 años) a escuderos, y luego, a los 21 años, se convertían en caballeros. Su formación se centraba en el arte militar: tiro con arco y ballesta, lucha cuerpo a cuerpo y con espadas. También se les instruía en la caza, las buenas maneras y la religión. A las niñas de familias acomodadas se las preparaba para ser perfectas esposas y madres. Aprendían a hablar, vestirse y moverse con compostura, y a hacer bellas labores. También se les enseñaba a leer y escribir con el fin de que pudieran leer libros de oraciones, administrar mejor sus bienes y enseñar a sus futuros hijos. La niña que quisiera aprender más tenía que ingresar en un convento; de ahí el axioma aut liberi aut libri, los hijos o los libros.
Pero otros muchos pequeños –niños pobres, huérfanos– no tuvieron oportunidad de instruirse ni de disfrutar de los juegos: su horizonte se limitó a largas jornadas de trabajo. Para ellos, la infancia simplemente no existió.
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Catarismo
J.M.S
miércoles, enero 04, 2023
Batalla de Muret
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Campo de los Quemados
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Carcasona
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Castillo de Montségur
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Catarismo
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Cataros
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Doctrina
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Catarismo
El catarismo es la doctrina de los cátaros (o albigenses), un movimiento religioso cristiano de carácter gnóstico que se propagó por la Europa Occidental a mediados del siglo xi y logró arraigar hacia el siglo xii entre los habitantes del Mediodía francés, especialmente en el Languedoc, donde contaba con la protección de algunos señores feudales vasallos de la Corona de Aragón.
Con influencias del maniqueísmo en sus etapas pauliciana y bogomila, el catarismo afirmaba una dualidad creadora (Dios y Satanás) y predicaba la salvación mediante el ascetismo y el estricto rechazo del mundo material, percibido por los cátaros como obra demoníaca.
En respuesta, la Iglesia católica consideró sus doctrinas heréticas. Tras una tentativa misionera, y frente a su creciente influencia y extensión, la Iglesia terminó por invocar el apoyo de la corona de Francia para lograr su erradicación violenta a partir de 1209 mediante la Cruzada albigense. A finales del siglo xiii el movimiento, debilitado tras la larga persecución, entró en la clandestinidad y se extinguió poco a poco.
Etimología
El nombre «cátaro» viene probablemente del griego καθαρός (katharós): ‘puro’. Una de las primeras referencias existentes es una cita de Eckbert von Schönau, el cual escribió acerca de los herejes de Colonia en 1181: «Hos nostra Germania cátharos appéllat».
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| Cruz cátara |
Los cátaros fueron denominados también «albigenses». Este nombre se origina a finales del siglo xii, usado por el cronista Geoffroy du Breuil en 1181, y se refiere a la ciudad occitana de Albi (la antigua Álbiga), pero esta denominación no parece muy exacta, puesto que el centro de la cultura cátara estaba en Toulouse y en los distritos vecinos. Tal vez, por considerarse puros, se autodenominaban albinos, que tendría su origen en la raíz alb, que significa blanco, de la que derivan nombres como Albania. También recibieron el nombre de «poblicantes», siendo este último término una degeneración del nombre de los paulicianos, con quienes se los confundía.
También se le llamó «la secta de los tejedores» por el hecho de que los tejedores y los vendedores de tejidos eran sus principales difusores en Europa occidental.
Creencias
Las raíces de la creencia cátara proceden del gnosticismo y del maniqueísmo. En consecuencia, su teología era dualista radical, basada en la creencia de que el universo estaba compuesto por dos mundos en absoluto conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material forjado por Satán.
Los cátaros creían que el mundo físico había sido creado por Satán, a semejanza de los gnósticos que hablaban del Demiurgo. Sin embargo, los gnósticos del siglo i no identificaban al Demiurgo con el Diablo, probablemente porque el concepto del Diablo no era popular en aquella época, en tanto que se fue haciendo más y más popular durante la Edad Media.
Según la comprensión cátara, el Reino de Dios no es de este mundo. Dios creó cielos y almas. El Diablo creó el mundo material, las guerras y la Iglesia católica. Esta, con su realidad terrena y la difusión de la fe en la Encarnación de Cristo, era según los cátaros una herramienta de corrupción.
Para los cátaros, los hombres son una realidad transitoria, una «vestidura» de la simiente angélica. Afirmaban que el pecado se produjo en el cielo y que se ha perpetuado en la carne. La doctrina católica tradicional, en cambio, considera que aquel vino dado por la carne y contagia en el presente al hombre interior, al espíritu, que estaría en un estado de caída como consecuencia del pecado original. Para los católicos, la fe en Dios redime, mientras que para los cátaros exigía un conocimiento (gnosis) del estado anterior del espíritu para purgar su existencia mundana. No existía para el catarismo aceptación de lo dado, de la materia, considerada un sofisma tenebroso que obstaculizaba la salvación.
Los cátaros también creían en la reencarnación. Las almas se reencarnarían hasta que fuesen capaces de un autoconocimiento que las llevaría a la visión de la divinidad y así poder escapar del mundo material y elevarse al paraíso inmaterial. La forma de escapar del ciclo era vivir una vida ascética, sin ser corrompido por el mundo. Aquellos que seguían estas normas eran conocidos como Perfectos. Los Perfectos se consideraban herederos de los apóstoles, con facultades para anular los pecados y los vínculos con el mundo material de las personas.
Negaban el bautismo por la implicación del agua, elemento material y por tanto impuro, y por ser una institución de Juan el Bautista y no de Cristo. Asimismo se oponían radicalmente al matrimonio con fines de procreación, ya que consideraban un error traer un alma pura al mundo material y aprisionarla en un cuerpo. Rechazaban comer alimentos procedentes de la generación, como los huevos, la carne y la leche (sí el pescado, ya que entonces era considerado un «fruto» espontáneo del mar).
Siguiendo estos preceptos, los cátaros practicaban una vida de férreo ascetismo, estricta castidad y vegetarianismo. Interpretaban la virginidad como la abstención de todo aquello capaz de «terrenalizar» el elemento espiritual.
Otra creencia cátara opuesta a la doctrina católica era su afirmación de que Jesús no se encarnó, sino que fue una aparición que se manifestó para mostrar el camino a Dios. Creían que no era posible que un Dios bueno se hubiese encarnado en forma material, ya que todos los objetos materiales estaban contaminados por el pecado. Esta creencia específica se denominaba docetismo. Más aún, creían que Dios, tal como se lo describe en el Antiguo Testamento, era realmente el Diablo que había creado el mundo; así lo señalaban también a sus cualidades («celoso», «vengativo», «de sangre») y sus actividades como «Dios de la Guerra». Los cátaros negaban por ello la veracidad del Antiguo Testamento.
El consolamentum era el único sacramento de la fe cátara, con excepción de una suerte de Eucaristía simbólica, el Melioramentum, sin transubstanciación (si Cristo era una entidad exclusivamente espiritual, no encarnada, el pan no podía convertirse en el cuerpo de Cristo).
Los cátaros consideraban igualmente que los juramentos eran un pecado, puesto que ligaban a las personas con el mundo material.
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| Vista del Castillo de Montségur, fortaleza-santuario del catarismo. |
El popular canto occitano Lo Boièr está asociado con el catarismo, hasta el punto de ser considerado su himno oficial.
Historia
Orígenes
El catarismo llegó a la Europa occidental desde la Europa oriental a través de las rutas comerciales, de la mano de religiones maniqueas desalojadas por Bizancio. Estas religiones se asentaron en Occidente y se propagaron por distintos países. Por ello, los albigenses recibían también el nombre de búlgaros (Bougres) y mantenían vínculos con los bogomilos de Tracia, con cuyas creencias tenían muchos puntos en común y aún más con la de sus predecesores, los paulicianos. Sin embargo, es difícil formarse una idea exacta de sus doctrinas, ya que existen pocos textos cátaros. Los pocos que aún existen (Rituel cathare de Lyon y Nouveau Testament en provençal) contienen escasa información acerca de sus creencias y prácticas.
Los primeros cátaros propiamente dichos aparecieron en Lemosín entre 1012 y 1020. Algunos fueron descubiertos y ejecutados en la ciudad languedociana de Toulouse en 1022. La creciente comunidad fue condenada en los sínodos de Charroux (1028) y Tolosa (1056). Se enviaron predicadores para combatir la propaganda cátara a principios del siglo xii. Sin embargo, los cátaros ganaron influencia en Occitania gracias a la protección dispensada por Guillermo, duque de Aquitania, y por una proporción significativa de la nobleza occitana. El pueblo estaba impresionado por los Perfectos y por la predicación antisacerdotal de Pedro de Bruys y Enrique de Lausanne en Périgord.
Castigo a los cátaros
En 1147, el papa Eugenio III envió un legado a los distritos afectados para detener el progreso de los cátaros. Los escasos y aislados éxitos de Bernardo de Claraval no pudieron ocultar los pobres resultados de la misión ni el poder de la comunidad cátara en la Occitania de la época. Las misiones del cardenal Pedro (de San Crisógono) a Tolosa y el Tolosado en 1178, y de Enrique, cardenal-obispo de Albano, en 1180-1181, obtuvieron éxitos momentáneos. La expedición armada de Enrique de Albano, que tomó la fortaleza de Lavaur, no extinguió el movimiento.
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| Santo Domingo y los albigenses de Pedro Berruguete |
Las persistentes decisiones de los concilios contra los cátaros en este periodo —en particular, las del Concilio de Tours (1163) y del Tercer Concilio de Letrán (1179)— apenas tuvieron mayor efecto. Cuando Inocencio III llegó al poder en 1198, resolvió suprimir el movimiento cátaro con la definición sobre la fe del IV Concilio de Letrán.
Combate de la doctrina cátara
A raíz de este hecho, la posibilidad cada vez más real de que Inocencio III decidiese resolver el problema cátaro mediante una cruzada provocó un cambio muy importante en la política occitana: la alianza de los condes de Tolosa con la Casa de Aragón. Así, si Raimundo V (1148-1194) y Alfonso II de Aragón (1162-1196) habían sido siempre rivales, en 1200 se concertó el matrimonio entre Ramón VI de Tolosa (1194-1222) y Leonor de Aragón, hermana de Pedro II el Católico, quien, en 1204, acabaría ampliando los dominios de la Corona de Aragón con el Languedoc al casarse con María, la única heredera de Guillermo VIII de Montpellier.
Al principio, el papa Inocencio III probó con la conversión pacífica, enviando legados a las zonas afectadas. Los legados tenían plenos poderes para excomulgar, pronunciar interdictos e incluso destituir a los prelados locales. Sin embargo, éstos no tuvieron que lidiar únicamente con los cátaros, con los nobles que los protegían, sino también con los obispos de la zona, que rechazaban la autoridad extraordinaria que el papa había conferido a los legados. Hasta tal punto que, en 1204, Inocencio III suspendió la autoridad de los obispos en Occitania. Sin embargo, no obtuvieron resultados, incluso después de haber participado en el coloquio entre sacerdotes católicos y predicadores cátaros, presidido en Béziers en 1204, por el rey Pedro II de Aragón.
El monje cisterciense Pedro de Castelnau, un legado papal conocido por excomulgar sin contemplaciones a los nobles que protegían a los cátaros, llegó a la cima excomulgando al conde de Tolosa, Raimundo VI (1207) como cómplice de la herejía. El legado fue asesinado cerca de la abadía de Saint Gilles, donde se había reunido con Raimundo VI, el 14 de enero de 1208, por un escudero de Raimundo de Tolosa. El escudero afirmó que no actuaba por orden de su señor, pero este hecho, poco creíble, fue el detonante que comenzó la cruzada contra los albigenses.
El papa convocó al rey Felipe II de Francia para dirigir una cruzada contra los cátaros, pero esa primera convocatoria fue desestimada por el monarca francés, al que le urgía más el conflicto con el rey inglés Juan Sin Tierra. Entonces Pedro el Católico, que se acababa de casar, acudió a Roma en donde Inocencio III le coronó solemnemente y, de esta manera, el rey de la Corona de Aragón se convertía en vasallo de la Santa Sede, con la cual se comprometía a pagar un tributo. Con este gesto, Pedro el Católico pretendía proteger sus dominios del ataque de una posible cruzada. El papa, por su parte, receloso de la actitud del rey aragonés hacia los príncipes occitanos sospechosos de tolerar la herejía (e incluso de practicarla), no quiso delegar nunca la dirección de la cruzada a Pedro el Católico. Posteriormente, el rey aragonés y su hermano Alfonso II de Provenza tomaron medidas contra los cátaros provenzales.
Cruzada contra la herejía
En 1207, al mismo tiempo que Inocencio III renovaba las llamadas a la cruzada contra los herejes, dirigidas ahora no solo al rey de Francia, sino también al duque de Borgoña y a los condes de Nevers, Bar y Dreux, entre otros, el legado papal Pedro de Castelnau dictó sentencia de excomunión contra Raimundo VI de Tolosa, ya que el conde de Tolosa no había aceptado las condiciones de paz propuestas por el legado, en las que se obligaba a los barones occitanos a no admitir judíos en la administración de sus dominios, a devolver los bienes expoliados a la Iglesia y, sobre todo, a perseguir a los herejes. A raíz de la excomunión, Raimundo VI tuvo una entrevista con Pedro de Castelnau en Sant Geli en enero de 1208, muy tempestuosa y conflictiva, de la que no salió ningún acuerdo.
Ante lo inútil de los esfuerzos diplomáticos, el papa decretó que toda la tierra poseída por los cátaros podía ser confiscada a voluntad y que todo aquel que combatiera durante cuarenta días contra los «herejes», sería liberado de sus pecados. La cruzada logró la adhesión de prácticamente toda la nobleza del norte de Francia. Por tanto, no es sorprendente que los nobles del norte viajaran en tropel al sur a luchar. Inocencio encomendó la dirección de la cruzada al rey Felipe II Augusto de Francia, el cual, aunque declina participar, sí permite a sus vasallos unirse a la expedición.
La llegada de los cruzados va a producir una situación de guerra civil en Occitania. Por un lado, debido a sus contenciosos con su sobrino, Ramón Roger Trencavel —vizconde de Albi, Béziers y Carcasona—, Raimundo VI de Tolosa dirige el ejército cruzado hacia los dominios del de Trencavel, junto con otros señores occitanos, tales como el conde de Valentines, el de Auvernia, el vizconde de Anduze y los obispos de Burdeos, Bazas, Cahors y Agen. Por otro lado, en Tolosa se produce un fuerte conflicto social entre la «compañía blanca», creada por el obispo Folquet para luchar contra los usureros y los herejes, y la «compañía negra». El obispo consigue la adhesión de los sectores populares, enfrentados con los ricos, muchos de los cuales eran cátaros.
La batalla de Béziers, que, según el cronista de la época Guillermo de Tudela, obedecía a un plan preconcebido de los cruzados de exterminar a los habitantes de las bastidas o villas fortificadas que se les resistieran, indujo al resto de las ciudades a rendirse sin combatir, excepto Carcasona, la cual, asediada, tendrá que rendirse por falta de agua. Aquí, sin embargo, los cruzados, tal como lo habían negociado con el rey Pedro el Católico (señor feudal de Ramón Roger Trencavel), no eliminaron a la población, sino que simplemente les obligaron a abandonar la ciudad. En Carcasona muere Ramón Roger Trencavel. Sus dominios son otorgados por el legado papal al noble francés Simón de Montfort, el cual conquista entre 1210 y 1211 los bastiones cátaros de Bram, Minerva, Termes, Cabaret y Lavaur (este último con la ayuda de la compañía blanca del obispo Folquet de Tolosa). A partir de entonces se comienza a actuar contra los cátaros, condenándoles a morir en la hoguera.
Batalla de Muret
La batalla de Béziers, en la que después de la toma de la ciudad, todos sus habitantes fueron pasados a cuchillo por las tropas de Simón de Montfort, va a avivar entre los poderes occitanos un sentimiento de rechazo hacia la cruzada. Así, en 1209, poco después de la caída de Carcasona, Raimundo VI y los cónsules de Tolosa se niegan a entregarle a Arnaldo Amalric los cátaros refugiados en la ciudad. Como consecuencia, el legado pronuncia una segunda sentencia de excomunión contra Raimundo VI y lanza un interdicto contra la ciudad de Tolosa.
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| Expulsión cátara de Carcasona |
Para conjurar la amenaza que la cruzada anticátara comportaba contra todos los poderes occitanos, Raimundo VI, después de haberse entrevistado con otros monarcas cristianos —el emperador del Sacro Imperio Otón IV, los reyes Felipe II Augusto de Francia y Pedro el Católico de Aragón—, intenta obtener de Inocencio III unas condiciones de reconciliación más favorables. El papa accede a resolver el problema religioso y político del catarismo en un concilio occitano. Sin embargo, en las reuniones conciliares de Saint Gilles (julio de 1210) y Montpellier (febrero de 1211), el conde de Tolosa rechaza la reconciliación cuando el legado Arnaldo Amalric le pide condiciones tales como la expulsión de los caballeros de la ciudad, y su partida a Tierra Santa.
Después del concilio de Montpellier, y con el apoyo de todos los poderes occitanos —príncipes, señores de castillos o comunas urbanas amenazadas por la cruzada—, Raimundo VI vuelve a Tolosa y expulsa al obispo Folquet. Acto seguido, Simón de Montfort comienza el asedio de Tolosa en junio de 1211, pero tiene que retirarse ante la resistencia de la ciudad.
Para poder enfrentarse a Simón de Montfort, visto en Occitania como un ocupante extranjero, los poderes occitanos necesitaban un aliado poderoso y de ortodoxia católica indudable, para evitar que el de Montfort pudiera demandar la predicación de una nueva cruzada. Así pues, Raimundo VI, los cónsules de Tolosa, el conde de Foix y el de Comenge se dirigieron al rey de Aragón, Pedro el Católico, vasallo de la Santa Sede tras su coronación en Roma en 1204 y uno de los artífices de la victoria cristiana contra los musulmanes en las Navas de Tolosa (julio de 1212). También, en 1198, Pedro el Católico había adoptado medidas contra los herejes de sus dominios.
En el conflicto político y religioso occitano, Pedro el Católico, nunca favorable ni tolerante con los cátaros, intervino para defender a sus vasallos amenazados por la rapiña de Simón de Montfort. El barón francés, incluso después de pactar el matrimonio de su hija Amicia con el hijo de Pedro el Católico, Jaime —el futuro Jaime I (1213-1276)—, continuó atacando a los vasallos occitanos del rey aragonés. Por su parte, Pedro el Católico buscaba medidas de reconciliación, y así, en 1211, ocupa el castillo de Foix con la promesa de cederlo a Simón de Montfort sólo si se demostraba que el conde no era hostil a la Iglesia.
A principios de 1213, Inocencio III, recibida la queja de Pedro el Católico contra Simón de Montfort por impedir la reconciliación, ordena a Arnaldo Amalric, entonces arzobispo de Narbona, negociar con Pedro el Católico e iniciar la pacificación del Languedoc. Sin embargo, en el sínodo de Lavaur, al cual acude el rey aragonés, Simón de Montfort rechaza la conciliación y se pronuncia por la deposición del conde de Tolosa, a pesar de la actitud de Raimundo VI, favorable a aceptar todas las condiciones de la Santa Sede. En respuesta a Simón, Pedro el Católico se declara protector de todos los barones occitanos amenazados y del municipio de Tolosa.
A pesar de todo, viendo que ese era el único medio seguro de erradicar la «herejía», el papa Inocencio III se pone de parte de Simón de Montfort, llegándose así a una situación de confrontación armada, resuelta en la batalla de Muret el 12 de septiembre de 1213, en la que el rey aragonés, defensor de Raimundo VI y de los poderes occitanos, es vencido y asesinado. Acto seguido, Simón de Montfort entra en Tolosa acompañado del nuevo legado papal, Pedro de Benevento, y de Luis, hijo de Felipe II Augusto de Francia. En noviembre de 1215, el Cuarto Concilio de Letrán reconocerá a Simón de Montfort como conde de Tolosa, desposeyendo a Raimundo VI, que se exilió en la Corte de Inglaterra.
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| La batalla de Muret |
En 1216, Simón de Montfort presta homenaje en la corte de París al rey Felipe II Augusto de Francia como duque de Narbona, conde de Tolosa y vizconde de Béziers y Carcasona. Fue, sin embargo, un dominio efímero. En 1217, estalla en Languedoc una revuelta dirigida por Raimundo el Joven —el futuro Ramón VII de Tolosa (1222-1249)—, que culmina con la muerte de Simón de Monfort durante un asedio en 1218 y con el retorno a Tolosa de Raimundo VI, padre de Raimundo el Joven.
Fin de la guerra
La guerra terminó definitivamente con el tratado de París (1229), por el cual el rey de Francia desposeyó a la Casa de Tolosa de la mayor parte de sus feudos y a la de Beziers (los Trencavel) de todos ellos. La independencia de los príncipes occitanos tocaba a su fin. Sin embargo, el catarismo no se extinguió.
La Inquisición se estableció en 1229 para extirpar totalmente la doctrina. Operando en el sur de Tolosa, Albi, Carcasona y otras ciudades durante todo el siglo xiii y gran parte del XIV, tuvo éxito en la erradicación del movimiento.
Desde mayo de 1243 hasta marzo de 1244, la ciudadela cátara de Montsegur fue asediada por las tropas del senescal de Carcasona y del arzobispo de Narbona, Pierre Amiel. El 16 de marzo de 1244 tuvo lugar un acto, en donde los líderes cátaros, así como más de doscientos seguidores, fueron arrojados a una enorme hoguera en el prat dels cremats (prado de los quemados) al pie del castillo. Más aún, el papa (mediante el Concilio de Narbona en 1235 y la bula Ad extirpanda en 1252) decretó severos castigos contra todos los laicos sospechosos de simpatía con los cátaros.
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| Estela situada en el Camp dels Cremats ('Campo de los Quemados') |
Perseguidos por la Inquisición y abandonados por los nobles, los cátaros se hicieron más y más escasos, escondiéndose en los bosques y montañas, y reuniéndose sólo clandestinamente. El pueblo hizo algunos intentos de liberarse del yugo francés y de la Inquisición, estallando revueltas al principio del siglo xiv. Pero en este punto la secta estaba exhausta y no pudo encontrar nuevos adeptos. Tras 1330, los registros de la Inquisición apenas contienen procedimientos contra los cátaros.
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