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las guerras husitas

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Las guerras husitas: los checos contra el imperio germánico

Tras la muerte de Juan Hus en la hoguera, en 1415, sus partidarios se alzaron en armas en toda Bohemia para lograr la reforma de la Iglesia y derrotaron a los cruzados enviados para rendirlos.

Afinales del siglo XIV, el reino de Bohemia (cuyo núcleo correspondía al territorio de la actual Chequia) era uno de los estados más prósperos del Sacro Imperio Romano Germánico. La Iglesia era la mayor autoridad feudal del país; sus enormes dominios le reportaban cuantiosos ingresos en forma de rentas y de cargas fiscales. Esta situación de privilegio propició la corrupción y los abusos por parte de las jerarquías eclesiásticas, circunstancias que despertaron las primeras críticas a una institución alejada, según se decía, de los valores de la primitiva Iglesia de Cristo. Los primeros reproches surgieron durante la segunda mitad del siglo XIV, cuando la Iglesia católica estaba dividida a raíz del Cisma de Occidente (1378-1417).

En ese contexto, Juan Hus, un sacerdote y teólogo, formuló abiertamente un programa radical de reforma de la Iglesia que en muchos aspectos anticipó la obra de Lutero y otros reformadores del siglo XVI. En 1402, siendo profesor de la Universidad de Praga (la capital de Bohemia), Hus empezó a predicar desde el púlpito de la capilla de Belén. Allí congregó a gran número de oyentes que acudían a escuchar sus duras críticas al clero, acusado de entregarse a las riquezas y los placeres, así como su llamada a una vida espiritual basada en la relación íntima entre el creyente y Dios.

La creciente popularidad de Hus y de sus ideas, debida en gran medida a su uso de la lengua checa, hizo que la aristocracia y el alto clero se distanciaran de él. Considerado un peligro social y excomulgado por el papa Juan XXIII, a quien había criticado duramente, dejó la capital para predicar en otros lugares de Bohemia, lo que hizo que sus ideales prendieran también en el campesinado.

MODERADOS Y RADICALES

La muerte del reformador sacó a la luz la profunda crisis social y política que atravesaba su país. Hus había sido cortejado por el rey Wenceslao IV de Bohemia, quien en el año 1400 fue depuesto como rey de Germania con el beneplácito de la Iglesia. Frente a él se alzaba su hermano Segismundo, soberano de Hungría, que en 1410 fue elegido rey de Germania y titular del Sacro Imperio. Segismundo había auspiciado la convocatoria del concilio de Constanza, el sínodo que debía poner fin al Cisma de Occidente: deseaba aparecer como el artífice de la restauración del orden en la Cristiandad. Y también pretendía utilizar el concilio para apoyar sus pretensiones a la corona de Bohemia, donde las tesis de Hus se extendían entre la población.

Sin embargo, el movimiento reformador no era unitario: reunía a grupos sociales muy distintos que alentaban convicciones más o menos radicales. Para todos ellos era irrenunciable que se permitiera a los seglares la comunión bajo las dos especies (sub utraque specie). Según el dogma cristiano, esas dos especies son el pan y el vino, que en la eucaristía se transustancian en el cuerpo y la sangre de Cristo. Hasta entonces, el vino estaba reservado a los sacerdotes; de ahí que el cáliz fuera el símbolo de los rebeldes. De ahí también el nombre de calicistas o utraquistas que recibieron los miembros de la facción husita moderada, formada por parte de la nobleza del reino y por el patriciado de Praga.

COMUNISMO CRISTIANO

Mientras, entre los grupos populares urbanos y, sobre todo, entre los campesinos habían prendido propuestas más radicales. Al parecer, en la región de Pilsen había quienes no creían en ritos que no estuvieran fundamentados en la Biblia; otros opinaban que los obispos no eran necesarios, e incluso que los seglares podían predicar y recibir confesión. El mayor radicalismo se dio en el sur de Bohemia, donde prosperaron ideas milenaristas, que incluían la creencia en una segunda venida de Cristo o en la inminencia del fin del mundo, y que incorporaban llamamientos a la igualdad de todos los hombres.

El 30 de julio de 1419, partidarios de esta última tendencia, liderados por el predicador milenarista Jan Zelivsky, ocuparon el ayuntamiento de Praga y arrojaron por una ventana a los miembros católicos del concejo municipal. La defenestración causó tal impresión al rey Wenceslao que murió de una apoplejía dos semanas después. Segismundo, su heredero, se dispuso a tomar posesión del reino, pero buena parte de la nobleza lo rechazaba. Una dieta o parlamento de mayoría husita le exigió el reconocimiento tanto de las libertades políticas de Bohemia como de la libertad de predicación y la comunión bajo las dos especies. Se abría la puerta a la guerra contra el emperador, mientras la revolución emprendía el vuelo.

En efecto, millares de campesinos se unieron a los rebeldes praguenses, y en febrero de 1420 se dirigieron al castillo de Hradiste, junto al río Luznice. Allí ocuparon la pequeña ciudad que se levantaba sobre la colina y la llamaron Tábor, en alusión al monte Tábor de la Biblia, donde tuvo lugar la transfiguración de Jesús. Sus habitantes vivirían bajo el espíritu del cristianismo primitivo, sin una jerarquía eclesiástica, e incluso abolieron la propiedad privada. Semejante proceder no sólo suscitó la condena de la Iglesia, sino que despertó el recelo de los husitas moderados, alarmados por la tendencia de los taboritas a imponer la igualdad social y económica. Pero unos y otros se necesitaban mutuamente: sólo unidos lograrían detener a los ejércitos de Segismundo.

LA DERROTA DE LA CRUZADA

El incontenible avance de la reforma determinó al papa Martín V a predicar la cruzada contra los husitas, en mayo de 1420, y Segismundo respondió con el envío de un ejército que, además, debía permitirle tomar posesión de su reino. Sus tropas marcharon sobre Praga, pero entonces intervino Jan Zizka, un soldado husita. Aunque se inclinaba hacia el bando moderado, Zizka había creado en Tábor una poderosa maquinaria militar que el 14 de julio aplastó a los ejércitos imperiales en el monte Vítkov.

Praga y la reforma se habían salvado. Los husitas moderados aprobaron los Cuatro Artículos de Praga, un documento que contenía las convicciones que eran comunes a todos ellos: la libre predicación, el utraquismo, la secularización de los bienes de la Iglesia y el castigo de quien cometiera pecado mortal (clérigos incluidos). Imbatibles, las tropas de los reformadores derrotaron uno tras otro a los ejércitos de Segismundo en los varios enfrentamientos que se produjeron entre 1421 y 1427.

Los ejércitos de la última cruzada, dirigida por el cardenal Giuliano Cesarini, fueron vencidos de forma humillante en el año 1431. Cesarini, que presidía el concilio de Basilea, reunido aquel mismo año, se percató finalmente de que sólo la negociación podía devolver a los husitas –o a parte de ellos– al redil de la Iglesia. De esta forma se llegó, en 1433, a los Compactata de Praga, un pacto entre husitas moderados y representantes del Concilio por el que se permitía a los primeros la comunión bajo las dos especies. Los taboritas lo rechazaron, pero la nobleza checa los aniquiló al año siguiente, en la batalla de Lipany. La revolución quedó así aplastada, pero la reforma de Juan Hus sobrevivió. En las décadas siguientes los utraquistas pugnarían hasta lograr su pleno reconocimiento; muchos de ellos no dudarían en unirse a la reforma de Martín Lutero, de la que habían uno de los principales precursores.

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La infancia en la edad media

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La infancia en la edad media: el reto de sobrevivir


Las diversiones y la instrucción eran el anverso de las vidas de los pequeños, siempre amenazados por enfermedades y accidentes.

En la Edad Media, la maternidad era la función primordial del género femenino. Esta exaltación de la concepción no implicaba, en cambio, la valoración positiva de la infancia. Los textos proporcionan numerosos ejemplos de abandono, abusos, palizas e infanticidio. Se veía a la prole como un seguro de vida para la vejez y una mano de obra barata.

Los calificativos con los que se describía a los niños eran más negativos que positivos: inútiles, indiscretos, olvidadizos, inconstantes, indignos de confianza, perezosos, mentirosos, sucios, llorones, caprichosos, volubles y traviesos. En cambio, se admitió que tenían alma, se condenó el maltrato físico y se crearon hospicios para las criaturas abandonadas, como el Pare d’òrfens («padre de los huérfanos»), creado en 1337 por Pedro IV de Aragón.

LA LLEGADA AL MUNDO

Cuando nacía una criatura se seguían las prescripciones del médico Bernardo Gordonio en su obra Lilio de la medicina: se le cortaba el cordón umbilical, se le abrían los orificios (la nariz, la boca, los ojos y el ano) y se lavaba. Una vez realizada la limpieza y la cura del cordón, se le colocaba una bola de plomo en el ombligo y se le envolvía en apretadas fajas para que no se le deformaran las extremidades y para evitar el llanto.

Los niños eran mejor acogidos que las niñas: sufrían menos abandonos, se les asignaban las mejores nodrizas y disfrutaban de más tiempo de lactancia. El nacimiento de más de un bebé en el mismo parto podía traer problemas para la madre, ya que existía la creencia de que los embarazos gemelares tenían su origen en el adulterio: un hijo sería del marido y el otro, del amante.

El bautizo era un rito esencial: con él se lavaba el pecado original y se daba la bienvenida a una nueva alma cristiana. Se solía celebrar el mismo día del nacimiento, pero sin la madre, ya que pervivía la tradición judía de alejar a las mujeres de lugares santos durante varias semanas después del parto.

A causa del elevado índice de mortalidad infantil, a los niños no se les registraba al nacer, sino al cabo de un año, e incluso a los dos años. Y es que el 50% de los bebés morían antes de cumplir el año. Las criaturas que fallecían antes de recibir el bautismo se convertían en seres inquietantes, sin alma, que vagaban sin descanso. Los padres que podían permitírselo peregrinaban a santuarios en busca del descanso eterno de sus infantes; los llevaban muertos, vestidos de blanco, color que simbolizaba la pureza de quienes lo portaban.

La mortalidad infantil fue muy acusada durante la Edad Media. El 85% de los niños morían de enfermedades, con fiebres muy altas. Otros muchos fallecieron por sofocamiento: los bebés dormían en la misma cama que la madre o la nodriza, y ésta los asfixiaba con el peso de su cuerpo. El infanticidio fue otra causa de mortalidad infantil. Los pequeños podían ser asesinados porque eran ilegítimos; por la pobreza extrema de unos padres que no los podían mantener; porque nacían con deformidades o defectos físicos; por intrigas palaciegas...

Se consideraba que los niños deformes eran fruto del pecado de sus padres, de ahí el afán por deshacerse de estas criaturas, con el fin de evitar la vergüenza pública. Muchos pequeños eran abandonados, lo que los abocaba a un futuro incierto del que dan cuenta cancioncillas tan desgarradoras como ésta: «Mi lecho y la cuna / es la dura tierra; / criome una perra, / mujer no ninguna. / Muriendo, mi madre, / con voz de tristura, / púsome por nombre / hijo sin ventura».

La alimentación del bebé descansaba en la lactancia, que podía ser dispensada por la madre o por una nodriza, contratada para este servicio. Durante los días que seguían al parto, la madre no solía alimentar a su bebé, pues se creía que la primera leche materna podía resultar nociva. El tiempo de lactancia variaba entre los dos años para las niñas y los dos años y medio, e incluso tres, para los niños. Entre los nobles y los burgueses existía la costumbre de enviar a los pequeños de la ciudad al campo para que los criaran otros, puesto que se creía que la tranquilidad y el aire puro eran beneficiosos para las criaturas, que regresaban a su hogar cuando ya andaban y hablaban. Esto suponía un doble desarraigo para los pequeños: primero debían partir de su hogar, y abandonar los brazos, la voz, el tacto y el olor de su madre; y después tenían que despedirse de la mujer que les había enseñado todo lo que sabían y lo que eran.

JUEGOS Y LETRAS

Aparte de con juegos y juguetes, los niños se divertían entonando y bailando canciones infantiles. Muchas de esas melodías medievales, recogidas después por los autores renacentistas, siguen escuchándose y cantándose hoy, como ésta: «Cucurucú cantaba la rana, / cucurucú debajo del agua; / cucurucú, mas ¡ay! Que cantaba, / cucurucú, debajo de agua» (Belmonte, entremés de Una rana hace ciento).

Los pequeños también leían, aunque no existían libros escritos especialmente para el disfrute de la infancia, y quienes sabían leer tenían que conformarse con literatura para adultos. Entre los libros más populares figuraban Las Fábulas de Esopo, una obra griega que cuenta historias de animales que hablan, terminadas con una moraleja, como la dedicada a la zorra que no puede alcanzar las uvas y, despechada, abandona su intento con la excusa de que están verdes. La finalidad de estos relatos era la de instruir deleitando, delectare et docere.

En cuanto a las escuelas, las había de diferentes tipos, como las asociadas a parroquias y monasterios, o las fundaciones señoriales; en otras ocasiones, los habitantes de una localidad contrataban a un maestro y, en este caso, las escuelas eran privadas. También se enseñaba en el propio hogar, de la mano de los padres o de preceptores. Se aprendían nociones de gramática, aritmética, geometría, música y teología. Los pequeños de diferentes clases sociales podían educarse juntos. Y en caso de que no lo hicieran, solían estar sometidos al mismo tipo de aprendizaje. Ello permitió que algunos niños de origen humilde llegaran bastante lejos, como Maurice de Sully, un hijo de mendigos que fue obispo de París y mandó construir la basílica de Notre-Dame.

Niños y niñas se educaban en espacios diferentes. Los vástagos de la nobleza pasaban de pajes (entre los siete y los 15 años) a escuderos, y luego, a los 21 años, se convertían en caballeros. Su formación se centraba en el arte militar: tiro con arco y ballesta, lucha cuerpo a cuerpo y con espadas. También se les instruía en la caza, las buenas maneras y la religión. A las niñas de familias acomodadas se las preparaba para ser perfectas esposas y madres. Aprendían a hablar, vestirse y moverse con compostura, y a hacer bellas labores. También se les enseñaba a leer y escribir con el fin de que pudieran leer libros de oraciones, administrar mejor sus bienes y enseñar a sus futuros hijos. La niña que quisiera aprender más tenía que ingresar en un convento; de ahí el axioma aut liberi aut libri, los hijos o los libros.


Pero otros muchos pequeños –niños pobres, huérfanos– no tuvieron oportunidad de instruirse ni de disfrutar de los juegos: su horizonte se limitó a largas jornadas de trabajo. Para ellos, la infancia simplemente no existió.

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Los banquetes de los nobles en la Edad Media

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Los banquetes de los nobles en la Edad Media


Comer con las manos tenía su propio código de conducta. La música y el teatro formaban parte de un espectáculo que no dejaba escapar oportunos mensajes políticos.

A finales de la Edad Media, los nobles y reyes de Europa celebraban suntuosos banquetes a lo largo del año en los que el protocolo y los espectáculos no eran menos importante que la calidad de la comida y el servicio. ¿Qué comían en la Edad Media? ¿Cómo eran estas celebraciones de la clase alta? Asistimos a festines en los que el anfitrión expresaba su posición social y económica.

Los preparativos y el protocolo

Los banquetes organizados por los nobles durante la Edad Media nos pueden recordar en ciertos aspectos a los de las bodas actuales. Sobre todo, en cuanto a estructura y la intención de no solo ofrecer una comilona, sino un espectáculo. Sin embargo, la mesa y la manera de comer los productos difieren considerablemente de nuestras formas de hoy día, cuando ya no está bien visto comer con las manos o que varios comensales compartan una misma copa para beber, entre otros aspectos medievales.

Tampoco han variado mucho los motivos para celebrar un banquete, básicamente cualquiera. Desde cualquier acontecimiento político a un funeral, sin pasar por alto, obviamente, bodas, bautizos, y las fiestas importantes del calendario cristiano como Semana Santa y Navidad.

El anfitrión ponía a trabajar a un equipo de servidores dirigidos por el mayordomo, encargado de que se cumpliera a la perfección todo el protocolo. En los banquetes medievales, la jerarquía quedaba patente incluso en lo que se comía. Los mejores bocados estaban reservados al anfitrión y, conforme bajaba el estatus social, es posible que comieran carnes de menos nivel. Por la misma premisa, la mesa del anfitrión se situaba a parte, elevada sobre una tarima y cubierta por un dosel. El resto de mesas se colocaban formando una “U” en torno a la del noble. Los invitados, que procuraban vestirse con sus mejores galas, se sentaban únicamente por el lado exterior de la mesa, dejando el interior libre para facilitar el trabajo del servicio. Además, el estatus social de cada uno marcaba su sitio: cuanto más alto en la sociedad, más próximo al anfitrión.

Las mesas se cubrían con varias capas de manteles, algunos de ellos servían para limpiarse la boca y las manos, y se iban retirando según avanzaba el servicio, aunque sabemos que la corte aragonesa ya utilizaba servilletas en el siglo XIV. En otras ocasiones, los comensales disponían de recipientes con agua para lavarse las manos entre plato y plato. La razón de este constante aseo es porque los platos principales se comían con las manos.

No había tenedores

La cubertería estaba formada por platos lujosos, copas, cucharas y cuchillos, pero el tenedor no se extendió como una herramienta de uso cotidiano hasta el Renacimiento. Por tanto, se comía con las manos. Eso sí, no eran unos salvajes, había maneras elegantes de comer con las manos. De hecho, las “Partidas”, el código legal redactado durante el reinado de Alfonso X, apuntaba que los trozos de carne debían cogerse con dos o tres dedos como mucho.

Además de los platos y bandejas de reluciente oro y plata, también eran lujosos los recipientes destinados a contener sal y especias, productos muy caros por entonces. Tener en la mesa especias de origen exótico como el azafrán o la pimienta era toda una distinción social. No en vano, el descubrimiento de América y la Primera Vuelta al Mundo fueron procesos que tuvieron lugar por un único objetivo: encontrar el camino a las islas de las preciadas especias. También había copas y vasos finamente ornamentados, pero no solían ser individuales, sino que se compartían. Claro, luego se sorprendían con las epidemias.

¿Qué comían en la Edad Media?

El “Llibre del coc” es uno de los recetarios medievales más destacados. Fue el primer libro de cocina impreso en la península Ibérica. Escrito en 1520, tiene por autor al Mestre Robert, considerado el cocinero del rey Fernando I de Nápoles. En él podemos encontrar toda la variedad de productos que se consumían, así como entender el concepto del momento sobre las comidas.

Los banquetes solían abrirse con fruta y otros productos de temporada, seguido del “potaje”, que podía ir desde un caldo a un estofado. A continuación, venían los platos principales, normalmente a base de carne, el producto por excelencia de los adinerados, más valorada que el pescado. La carne de ciervo, jabalí, perdices y otros animales de caza era la más codiciada, seguida por la de aves de corral y la de ternera o carnero. Todo regado con vino, cerveza, hidromiel, sidra y acompañado de pan.

La alta cocina medieval


Tan importante como comer era la presentación de la comida y el espectáculo que amenizaba el festín. Al igual que la alta cocina de nuestros días, en la Edad Media se buscaba sorprender con experiencias distintas. Claro que según la estética y preceptos del momento.

Existía cierta moda en presentar los animales asados conservando su forma natural y revestidos con decoraciones llamativas. Hubo pavos reales asados a los que volvieron a cubrir con el plumaje de su cola abierta. Se recreaban castillos a base de carne y en la coronación de Fernando I de Aragón se sirvieron pasteles de aves dentro de jaulas de las que salieron volando aves de verdad.

El espectáculo continuaba con teatros y números musicales interpretados en intermedios. Las obras representadas solían contener algún mensaje político que también jugaban un papel importante en el banquete. En estos instantes se servían gelatinas de carne, pasteles, buñuelos o cerezas, siempre pequeños bocados para que los comensales no tuvieran que dejar de presenciar el espectáculo. Tanto se unificaron ambos conceptos que la pequeña obra teatral y el bocado comparten hoy día una misma voz: el entremés.

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¡Deus Vult!

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El discurso papal que dio comienzo a las Cruzadas


Durante el Concilio de Clermont, el papa Urbano II hizo un llamamiento a toda la cristiandad para luchar contra el islam y recuperar Tierra Santa
 
 
El 27 de noviembre del año 1095, el papa Urbano II pronunció un discurso que marcó la historia medieval y cambió el panorama político y económico en Europa y Oriente Próximo durante dos siglos. Aquel día, ante más de tres centenares de nobles y miembros de la curia, el sucesor de san Pedro habló de la amenaza sarracena y llamó a las armas a todos los buenos cristianos para que partieran, espada en mano, a luchar en Tierra Santa y recuperar los lugares que creían ser suyos por derecho divino. Aquel 27 de noviembre comenzó la Primera Cruzada. 

En marzo de ese mismo año, durante el Concilio de Piacenza, Urbano II había recibido una carta del emperador bizantino Alejo I Comneno en la que le pedía ayuda para luchar contra los selyúcidas, que estaban tomando la delantera en el campo de batalla. El papa recibió la noticia con entusiasmo ya que veía en ella una oportunidad única para reparar el Cisma de Oriente y Occidente reunificando a la religión cristiana bajo un único estandarte (el suyo) y aumentar su influencia. Urbano II convocó un nuevo concilio para noviembre, esa vez en Clermont (Francia), y pidió a los religiosos que iban a asistir que invitaran a los nobles más destacados y poderosos de Europa.
 
Llegada la fecha señalada, el concilio se desarrolló como otro cualquiera. Se trataron y discutieron asuntos teológicos y la anécdota más destacable es que el papa confirmó la excomunión del rey Felipe I de Francia por haber tomado nupcias por segunda vez. El día 27, refiriéndose a la carta que había recibido de Alejo I Comneno, Urbano II subió al estrado y dio un largo discurso (del que se conservan hasta cinco versiones distintas) en el que declaraba la guerra santa (bellum sacrum) contra los musulmanes y animaba a los reyes, nobles y caballeros del continente a marchar hacia Tierra Santa y recuperar Jerusalén y los demás lugares de la cristiandad. El papa Urbano II terminó su perorata con la exclamación ‘¡DeusVult!’, que significa ‘Dios lo quiere’ y que casi forzaba a todo señor que se considerara un buen cristiano a cumplir aquella voluntad divina.
 
Por supuesto, no todos quedaron convencidos y el tema se trató durante varios días. Para animar la cosa y sumar adeptos a su campaña, Urbano II aseguró que la conquista de aquellos lejanos lugares supondría una nueva ‘tierra de la que mana leche y miel’ en la que nobles y campesinos europeos podrían instalarse. También se aseguró que todo aquel que muriese durante la guerra santa lo haría libre de pecado y por lo tanto podría disfrutar del Paraíso y que, para los que sobrevivieran, su paso por las Cruzadas sería considerado como una peregrinación completa y por lo tanto le serían perdonados todos los pecados. Además se propuso un concepto muy interesante: la Paz y Tregua de Dios, por la cual los reinos cristianos solo podían combatir entre ellos los lunes, los martes y los miércoles. Al limitar la posibilidad de guerrear contra sus vecinos o contra otros señores, la nobleza europea perdía una de las vías por las que ganaban poder, influencia y riqueza, teniendo que buscar un sustituto que le pareciera bien a la Santa Madre Iglesia.

El discurso de Urbano II consiguió lo que quería: inflamar los sentimientos religiosos y presentar un enemigo común contra el que todos los cristianos podrían combatir. Las movilizaciones de soldados (tanto profesionales como campesinos y siervos) fueron masivas y la Primera Cruzada comenzaría con entre 60 000 y 100 000 guerreros con la cruz al pecho marchando hacia Tierra Santa. Esa ‘voluntad de Dios’ de la que hablaba Urbano II daría lugar a ocho cruzadas repartidas entre los años 1095 y 1291, dos siglos de sangre y luchas religiosas que terminaron con la victoria de los cristianos.