Mostrando entradas con la etiqueta Peninsula Iberica. Mostrar todas las entradas

Tartessos

1 comentario

Tartessos: el enigma del reino perdido de la península ibérica


El origen de la enigmática cultura orientalizante del sur de la Península Ibérica ha dado pie a un sinfín de hipótesis, ¿eran fenicios o tal vez sean la Atlántida perdida de Platón? Lo más probable es que se trate de una cultura local.

Tartessos en la península ibérica

La mayoría de historiadores lo tiene claro: el primer autor que mencionó a Tarsis se estaba refiriendo a las relaciones comerciales que los israelitas mantenían con Tartessos, el reino situado más allá de las columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar), en el Bajo Guadalquivir, que rigió el mítico rey Argantonio. Desde esta primera mención, el aura enigmática en torno a Tartessos no se ha desvanecido. Viajeros, filólogos y arqueólogos se han lanzado durante decenios a la búsqueda de los restos de aquella civilización que floreció entre los años 1000 y 500 a.C., para desaparecer luego y caer en un olvido silencioso que ha durado hasta hace poco, inmersa en una nebulosa de incertidumbres y conjeturas.

Tartessos y la Atlántida

El interés por la misteriosa Tartessos se remonta a la Antigüedad. Diversos historiadores y viajeros griegos de los siglos VI al IV a.C. dejaron constancia de lo que se sabía, o creía saberse, sobre aquella civilización. Tal fue el caso de Hecateo de Mileto, de Heródoto y, sobre todo, de Avieno, que en su Ora marítima hablaba de un río llamado Tartessos que ceñía la isla en la que se encontraba la ciudad, también denominada Tartessos. Otro autor del siglo IV a.C., Eforo, se refería igualmente a "un mercado muy próspero, la llamada Tartessos, ciudad ilustre, regada por un río que lleva gran cantidad de estaño, oro y cobre de Céltica".

A todos ellos se sumó una referencia aún más intrigante, la de la Atlántida cantada por Platón en sus Diálogos, particularmente en el Timeo, y que muchos no dudaron en identificar con Tartessos. ¿A qué, si no, podría aludir Platón cuando describe la Atlántida como "una gran isla, más allá de las columnas de Heracles, rica en recursos mineros y fauna animal"?

Incluso arqueólogos contemporáneos han creído hallar los restos de la Atlántida en la región tartesia. Pero, de momento, se trata de una conexión imposible, basada más en las fabulaciones que en las certezas. Tal es caso de la tesis del francés Jacques Collina-Girard, que ubicó en 2001 la Atlántida en la isla Espartel, a medio camino entre Cádiz y Tánger; y de los avistamientos de Rainer Kuehne, quien en 2004 dijo haber localizado con imágenes aéreas los vestigios del templo de "plata" consagrado a Poseidón y el templo "dorado" levantado en honor a Cleito en la Marisma de Hinojos, cerca de Cádiz.

Al margen de la cuestión de la Atlántida, el primer autor que intentó localizar con exactitud Tartessos fue un filólogo, Antonio de Nebrija, responsable de la primera gramática castellana. En 1492, Nebrija identificó Tartessos con el río Betis (Guadalquivir) y con el paisaje de brazos marinos que formaba el río en su desembocadura. Pero las conjeturas de Nebrija, emitidas desde la intuición, no contaban con ningún tipo de respaldo arqueológico.

Tras las riquezas de Argantonio

La investigación arqueológica se hizo esperar hasta el siglo XIX. El primero que removió las entrañas andaluzas en busca de Tartessos fue George Bonsor, un pintor anglofrancés que quedó fascinado por los paisajes de Andalucía y que, desde la década de 1880, cambió lienzo y acuarela por pico y pala en cuanto comprobó el potencial arqueológico que se extendía bajo sus pies. Nadie le había enseñado a excavar, pero su ilusión pudo más que su bisoñez. Bonsor recuperó un alijo de piezas tartésicas en diversas necrópolis sevillanas como las de Cruz del Negro, Carmona, Setefilla y Cerro del Trigo.

Bronce tartésico conocido como «Bronce Carriazo»

A Bonsor lo siguió el alemán Adolf Schulten, gran impulsor de la investigación en el yacimiento de Numancia, de donde salió enemistado con las autoridades culturales españolas. Schulten quería seguir el ejemplo de su compatriota Schliemann, que había desenterrado Troya gracias a su fe en las fuentes clásicas. La Ora marítima de Avieno sería para Schulten lo que la Ilíada había sido para Schliemann; y el Coto de Doñana haría las veces de colina de Hissarlik, en Turquía, donde Schliemann encontró, en 1873, la Troya cantada por Homero.

Schulten pretendía demostrar que Tartessos yacía en las Marismas de Doñana y pasó a la acción con la ayuda de Bonsor. Se hizo con las herramientas necesarias y dirigió la ambiciosa aventura de localizar allí Tartessos. Pero al final lo único que encontró fueron unas ruinas de época romana en el llamado Cerro del Trigo. Schulten fracasó, pero su contribución no dejó por ello de ser importante. Su obra Tartessos, publicada en 1924, sirvió para ordenar todos los conocimientos que se tenían sobre la antigua civilización del Guadalquivir y constituyó el punto de partida de investigaciones posteriores.

El tesoro del Carambolo

Todos los testimonios legados por las fuentes se refieren a Tarsis o Tartessos como una civilización de alma metalúrgica: "El más elegante de los mercados, la ciudad del oro y la plata...". Tanto es así que Argantonio, el rey tartesio por antonomasia, lleva la plata (Arg-) incorporada a su nombre.

Pero la literatura se elevó a certeza arqueológica el 30 de septiembre de 1958, el día en que una cuadrilla de obreros que trabajaban en un terreno de un club de cazadores de Sevilla –la Real Sociedad de Tiro al Pichón–, en la localidad de Camas, cuatro kilómetros al oeste de Sevilla, hizo un sensacional descubrimiento: un recipiente de barro en cuyo interior aparecieron 16 placas, dos brazaletes, dos pectorales y un collar. Todas las piezas eran de oro macizo y pesaban casi tres kilos. Después de analizarlas, el arqueólogo Juan de Mata Carriazo concluyó que era "un tesoro digno de Argantonio".

El hallazgo del tesoro de El Carambolo (se lo llamó así por el cerro de 91 metros de altura, de este nombre, en el que se encontró) alborotó los foros científicos cuando muchos se resignaban ya a una Tartessos virtual. El Carambolo se convirtió en la imagen de cabecera de la cultura tartesia y Juan de Mata Carriazo, en el padrino del descubrimiento. Durante tres años, Mata Carriazo excavó el yacimiento que representaba a la Tartessos tangible. Desenterró muros, estudió cerámicas, cotejó niveles estratigráficos y demostró, por fin, que Tartessos no era una alucinación de los autores de la Antigüedad.

Tesoro de El Carambolo, Museo Arqueológico de Sevilla

De este modo, los estudiosos pudieron definir un mapa de la civilización tartesia, que se extendía por la mitad sur de la Península. Diversos yacimientos quedaban, así, asociados con Tartessos: en la provincia de Huelva, los de La Joya y el Cabezo de San Pedro; en la de Sevilla, El Gandul y Carmona; en Córdoba, La Colina de los Quemados; en Bajadoz, Medellín y Cancho Roano, e incluso en Portugal se considera tartesio el yacimiento de Alcácer do Sal. También cabe incluir en el área tartesia la localidad gaditana de Mesas de Asta, la Asta Regia romana. El término Regia es una interesante pista sobre el tipo de organización política del mundo tartésico; investigadores como Manuel Bendala sospechan que alguna élite tartésica gobernó estas tierras antes de que Roma le pusiera nombre.

En años recientes, la cuestión que más debate ha suscitado en torno a la cultura de Tartessos es la de su relación con el mundo fenicio. A partir del siglo VIII a.C., navegantes y comerciantes fenicios fundaron ciudades y factorías en el sur peninsular, especialmente en las provincias de Málaga, Granada, Cádiz, Almería y Alicante; un territorio, pues, muy próximo al de los tartesios, con quienes sin duda los fenicios mantuvieron contactos de todo tipo, tanto económicos como culturales y artísticos.

¿Tartesios o fenicios?

Tradicionalmente, se ha pensado que ambas áreas, pese a la cercanía geográfica y a las relaciones que se establecieron entre ellas, permanecieron sustancialmente independientes una de otra. El territorio nuclear tartesio se ha ubicado tradicionalmente lejos de la costa, mientras que lo fenicio se asocia al litoral andaluz y alicantino. Sin embargo, algunos estudiosos plantean hoy en día que entre tartesios y fenicios se dio una auténtica fusión cultural, hasta el punto de que en términos arqueológicos se hace muy difícil distinguir en muchas ocasiones qué elementos son tartesios y cuáles fenicios.

Ésta es justamente la teoría que mantienen dos arqueólogos sevillanos, Álvaro Fernández Flores y Araceli Rodríguez Azogue, que entre 2002 y 2005 excavaron en el yacimiento de El Carambolo, ampliando la investigación que había llevado a cabo Mata Carriazo décadas atrás. En su opinión, El Carambolo no sería un asentamiento indígena, producto de la civilización tartesia, sino un santuario fenicio, dedicado a la diosa Astarté, que alcanzó su máximo esplendor en el siglo VII a.C. y se abandonó en el siguiente. Una sentencia que reduce Tartessos a atrezzo imaginario y cuya onda expansiva ha sacudido a la comunidad científica.

Ambos autores mantienen que el área de expansión colonial de los fenicios se extendió incluso a Extremadura. Creen que los objetos bautizados como tartésicos (entre ellos, el propio tesoro de El Carambolo) son la expresión colonial de un pueblo semita que se asentó en Cádiz allá por el siglo X a.C. para luego expandirse por la costa y el interior peninsular. De esta forma, El Carambolo sería un santuario fenicio, resultado de un cierto "mestizaje" entre lo semita y lo local. Se podría comparar con la colonización española de América tras la llegada de Cristóbal Colón. Si uno contempla la huella dejada por los españoles en catedrales o iglesias de América Latina, ¿las catalogaría como obras españolas o locales?

Reproducción de la Estela de Bensafrim

Tartesoescépticos


Un congreso celebrado en Huelva en 2011, dio resonancia a las posiciones de los "tartesoescépticos", aquellos que dudan de que Tartessos pueda ser considerada como una cultura diferenciada. El debate se ha trasladado incluso a las vitrinas del Museo Arqueológico de Sevilla. Allí se exponen, también desde diciembre de 2011, las piezas del tesoro de El Carambolo, que durante décadas habían permanecido a buen recaudo en la caja fuerte de un banco. Pero ahora los visitantes leen una nueva denominación de origen: fenicia.

Sin embargo, para la mayoría de especialistas el dictamen de Fernández Flores y Rodríguez Azogue peca de atrevido. Creen, por el contrario, que en El Carambolo sí se advierten rasgos específicamente tartesios. Una evidencia de ello se encontraría en el altar con forma de piel de toro que ha aparecido en el epicentro del recinto sagrado, la misma forma de los pectorales del tesoro de El Carambolo. En ningún santuario fenicio se encuentran altares con este perfil; únicamente en territorio hispano.

Maqueta de Cancho Roano

Otros altares del área tartesia tienen la misma forma que el hallado en el Carambolo, como los de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) y Cerro de San Juan (Coria del Río, Sevilla). Cuenta el mito griego que Hércules, después de matar al gigante Gerión –el primer rey de Tartessos, según la leyenda–, se apropió de su rebaño de toros rojos, en el que fue el décimo de los doce trabajos atribuidos al héroe griego. Así, pues, el toro es el salvoconducto de Tartessos para no arder en la pira de las invenciones históricas.

El primer autor que intentó localizar con exactitud Tartessos fue un filólogo, Antonio de Nebrija, responsable de la primera gramática castellana
Algunos arqueólogos contemporáneos han creído hallar los restos de la Atlántida en la región tartesia.

Pectoral de oro en forma de piel de toro, procedente de El Carambolo
La obra de Schulten sirvió para ordenar todos los conocimientos que se tenían sobre la antigua civilización del Guadalquivir


Enlace invitación a mi canal de Telegram >>>>> https://t.me/JoseMSBlog 

Batalla de Guadalete

No hay comentarios

Batalla de Guadalete

No confundir con Batalla de Guadalete (745)
 
La batalla de Guadalete (en árabe clásico: معركة وادي لكة) es el nombre con el que se conoce una batalla que, según la historiografía tradicionalmente admitida, basada en crónicas árabes de los siglos X y XI, tuvo lugar en la península ibérica entre el 19 y el 26 de julio de 711 (aunque algunas fuentes señalan 712​) cerca del río Guadalete (Bética) y cuyas consecuencias fueron decisivas para el futuro de la península. En ella el rey godo Rodrigo fue derrotado y probablemente perdió la vida a manos de las fuerzas del Califato Omeya comandadas por Táriq ibn Ziyad. La derrota fue tan completa que supuso el final del Estado visigodo en la península ibérica. Una de las causas del éxito de la invasión musulmana en la península fue la inestabilidad de la monarquía visigoda y que su rey, Rodrigo, se encontraba luchando en el norte contra los vascones y tardó dos semanas en recibir la noticia del ataque, llegando tarde al sur, al Guadalete para luchar contra el bereber Tariq, partiendo ya desde una desventaja, unida además a la posterior traición de los partidarios de Witiza, que abandonaron el ejército visigodo pasándose con sus tropas al bando musulmán. 

Algunos estudiosos contemporáneos negaron la ubicación tradicional de la batalla y sostuvieron que tuvo lugar entre Medina Sidonia y la laguna de La Janda, lo que hizo que en tiempos más recientes se haya conocido también como batalla de la laguna de La Janda o del río Barbate. Sin embargo, Sánchez Albornoz, que reconstruyó los hechos a partir de los archivos cristianos y las crónicas árabes, aportó nuevos datos y testimonios que respaldaban que Wadi Lakka era efectivamente el río Guadalete, y que sería cerca de la despoblada ciudad hispanorromana de Lacca (acaso el Castrum Caesaris Salutariensis), junto a la fuente termal del Cortijo de Casablanca, a 7 km al sur de Arcos de la Frontera, en la Junta de los Ríos Guadalete y Majaceite, precisamente donde los antiguos habían situado el encuentro bélico.
 

Antecedentes 

De acuerdo con las fuentes disponibles, el caudill Táriq estaba bajo las órdenes de Musa ibn Nusair, gobernador del norte de África, el cual en connivencia con el conde de Ceuta don Julián, gobernador y vasallo de don Rodrigo pero con lazos de fidelidad con el anterior rey Witiza (tras la muerte de Witiza comenzó una guerra de sucesión y los Omeyas llegaron a la península en apoyo a los hijos de Witiza), habría planeado la invasión de península ibérica, facilitándole el cruce del estrecho de Gibraltar en la noche del 27 al 28 de abril de 711.

Aunque esto puede no ser más que una adaptación a la realidad de un poema medieval posterior que esgrimía la violación de Florinda la Cava, la hija de Don Julián, por parte de Rodrigo, lo cual habría incitado la traición de este. En todo caso, está claro que las fuerzas omeyas fueron llamadas por los hijos de Witiza. 
 
Las antiguas crónicas sobrevaloran el número de efectivos de ambos bandos que participaron en la batalla, llegando a contar 100 000 soldados en el lado visigodo.​ Es muy probable que el general omeya Táriq desembarcase en Tarifa unos 7000 soldados de a pie bereberes, tomando Carteia y posteriormente Algeciras, donde rechazó el ataque de Bancho o Sancho, sobrino de Rodrigo que había salido a su encuentro.  

Poco después recibía 5000 refuerzos enviados por el califato. Sumaban 10 000 bereberes, 2000 árabes.
 
Mientras todo esto acontecía, el rey visigodo se encontraba en el norte de la península ibérica combatiendo a los vascones en Pamplona. La noticia le tarda en llegar dos o tres semanas. La crisis que padecía el reino visigodo en aquellos fatídicos momentos, con continuas confabulaciones y guerras fratricidas entre la nobleza para hacerse con el trono, limitaron considerablemente el margen de maniobra de Rodrigo a la hora de reclutar un ejército con el que hacer frente a la invasión, viéndose obligado a aceptar la interesada ayuda de los witizanos, cuya traición desconocía. Tal como fuere, pudo organizar precipitadamente en Córdoba un ejército de 40 000 hombres y partir al encuentro de Táriq. 
 
Estimaciones modernas dicen que solo 2000 musulmanes y 2500 visigodos participaron en la batalla.
 

La batalla

De acuerdo a las crónicas, el choque tuvo lugar en Wadi Lakka, sitio que según algunos historiadores podría situarse en Barbate o en la propia Medina Sidonia o, según otros, que coinciden con la historiografía clásica, en el río Guadalete. Durante dos días ambos bandos se tantean en sangrientas escaramuzas.  

Una vez empezada la batalla, los hijos de Witiza, que comandaban los flancos, se separaron del ejército visigodo, dejando a Rodrigo en inferioridad numérica y técnica contra los musulmanes.​ Al parecer, los bereberes, con su caballería ligera y sus ataques rápidos y letales, diezmaron a las rodeadas fuerzas leales al monarca godo tras un duro combate. El caballo de Rodrigo fue encontrado asaetado a orillas del río,​ con lo que se especuló con que el monarca pudo haber escapado, aunque también que su cadáver fue arrastrado por la corriente. Nunca se volvió a saber de él. 

La destrucción de la fuerza visigoda ante el engaño de los witizianos, el desconocimiento total del modo de combatir bereber y la probable muerte de Rodrigo dejó la puerta abierta a Táriq para apoderarse de Toledo a finales del mismo año 711. Desprotegida al llevarse consigo Rodrigo su comitatus y a los spatarios de su guardia real, la ciudad no opuso resistencia. 
 

Consecuencias 

El fulminante avance del ejército musulmán vino motivado por el posterior desconcierto en las filas godas tras la aplastante derrota del ejército real y la muerte del monarca, aumentado por la rápida caída de la capital que evitó la elección de un nuevo rey y el establecimiento de una línea de resistencia. Lejos podían suponer los conjurados que su petición de ayuda para recuperar el trono a cambio de tributos les iba a costar tan caro y cuáles eran las verdaderas intenciones de conquista de los árabes. 

En el devenir que tomaron los hechos hubo factores importantes que lo propiciaron, como los numerosos descontentos que se unieron a las fuerzas invasoras, encontrando la colaboración de la población iberorromana, que no tenía derecho a participar en el gobierno (salvo en el de la Iglesia) y que veía en el nuevo invasor un posible aliado contra los germanos. También se habla de la ayuda de la población judía, la cual venía siendo perseguida por la monarquía católica visigoda, y de gran parte del resto de la población que no opuso resistencia, exasperada por las continuas hambrunas y epidemias y deseosa de una estabilidad política.
 
Musa, receloso de los éxitos de Tariq, decidió intervenir personalmente en el 712, al mando de un ejército de 18 000 hombres, en su mayoría árabe. Su objetivo era restablecer la legítima autoridad que solo le competía a él en su calidad de gobernador de Ifriquiya-Magreb. La expedición, que tenía como meta Toledo, arranca en Algeciras y continúa por Carmona, Sevilla y Mérida hasta que, en la comarca toledana, Tariq y Musa unen sus fuerzas y continúan la ocupación del valle del Ebro, Asturias y Galicia sin encontrar apenas resistencia. 

El hijo de Musa, Abd al-Aziz, entretanto ocupaba el cuadrante sureste, Málaga, Granada y Murcia; firmando el 5 de abril de 713 un pacto con el godo Teodomiro en el que se le sometía a cambio de total autonomía, respetándose a sus súbditos libertades, posesiones y religión. En menos de tres años desde Guadalete, casi la totalidad de la Península está en poder del Islam y se intenta invadir el resto de Europa a través del reino francomerovingio. 
 
Musa y Tariq fueron llamados para rendir cuentas a Damasco por el califa, y Musa, sin tener facultad para ello, nombró a su hijo gobernador (walí) de al-Ándalus, cuyo gobierno estuvo orientado al afianzamiento del dominio musulmán.  

Se ha discutido por parte de algunos historiadores tanto la veracidad como la trascendencia de esta batalla,​ que bien podría no haber sido más que un enfrentamiento de pocos centenares de hombres. Es considerado, sin embargo, como desencadenante de la conquista musulmana de la península ibérica, que supondría la desaparición del reino visigodo peninsular. 

Tradicionalmente se ha considerado que entre las huestes derrotadas que huían hacia el norte del campo de batalla y de la caída de Toledo se encontraría muy probablemente don Pelayo, legendario precursor de la Reconquista tras la batalla de Covadonga, donde contó con el apoyo de los Astures, y parte de la población visigoda que allí buscó refugio. 
 

 

La Conquista Romana de la Península Ibérica

No hay comentarios

La Conquista Romana de la Península Ibérica

El período histórico en cuestión se desarrolla desde el año 218 a 19 a.C., y en él e produce la conquista y asentamiento de los romanos en la Península Ibérica. La lucha se desarrolla contra los cartagineses y el resto de los pueblos indígenas habitantes de la misma.

Conquista romana del levante y sur español

La conquista se inicia con el desembarco de un ejército romano, al mando de Cneo Escipión, durante el mes de agosto del año 218 a.C., en Emporión, hoy llamado San Martín de Ampurias, en el golfo de Rosas.

Desde esta antigua colonia griega, Escipión inicia la conquista de la zona costera, con el objetivo de cortar el suministro que desde la península se podía mandar a los ejércitos cartagineses de Aníbal en Italia. Cneo Escipión derrota, ese mismo año, por vez primera, al ejército cartaginés mandado por Hannon y auxiliado por las tropas indígenas de Indíbil, en la batalla de Cesse, en las cercanías de Tarraco, y se convirtió esta ciudad indígena en la principal base de operaciones romanas por la zona del Ebro.

La llegada a la Península de Publio Escipión, hermano de Cneo, como procónsul al mando de nuevos refuerzos, posibilitó que los hermanos Escipión después de derrotar, durante el año 216 a.C., a Asdrúbal Barca en Hibera, cerca de Tortosa, en la desembocadura del Ebro, cruzasen por primera vez este río y se encaminaran por las tierras del sur hasta Sagunto. Ciudad que fue conquistada en el año siguiente, y tomada como punto de apoyo para proseguir la campaña por Levante y tierras del Guadalquivir.

El dominio de los romanos sobre las tierras cartaginesas, se mantiene hasta que Asdrúbal Barca, tras regresar con refuerzos desde el norte de África, con la ayuda del ilergete Indíbil y del númida Masinisa, derrotó a los ejércitos romanos en Cástulo en el año 212 a.C. En esta confrontación mueren los dos jefes romanos. En la propia Cástulo muere Publio Escipión, y en Ilori (Lorca) sucumbe su hermano Cneo.

En el año 210 a.C. llega un nuevo comandante para el ejército romano: Publio Cornelio Escipión, posteriormente llamado el Africano, que consigue reorganizar las fuerzas romanas, que por entonces contaban con más de 35.000 hombres, y emprende nuevas ofensivas contra los ejércitos cartagineses. Con los indígenas establece alianzas pacíficas. A principios del año 209 a.C. Publio Cornelio Escipión tras una marcha rapidísima, ataca por mar y por tierra la capital cartaginesa de Cartago Nova, la cual caía en poder de los ejércitos romanos el uno de abril de ese mismo año. Tal conquista le permitió atraerse la confianza de las comarcas vecinas y asegurar el control sobre el levante. Estas ventajas le animaron a intentar por segunda vez la conquista del valle del Guadalquivir.

Poco después de la toma de Cartagena, en la primavera del año 208 a.C., Asdrúbal Barca es derrotado en la batalla de Baecula, posiblemente Bailén, a la entrada de Andalucía. El ejercito romano actuó con la participación de tribus aliadas de ilergetes, edetanos e ilercavones. A partir de entonces Asdrúbal se traslada a Italia en auxilio de su hermano Aníbal. A finales de este mismo año, Publio Cornelio Escipión ordena a su hermano Lucio que ocupe la región de la Bastetania, es decir, las tierras montuosas de las actuales provincias de Almería, Jaén, Granada y Murcia, y se libra una operación militar de relativa importancia en Auringuis (Jaén).

En el año 207 a.C. se libró la gran batalla de Ilipa, hoy Alcalá del Río, a la derecha del Betis o Guadalquivir, entre romanos y cartagineses, dirigidos por los generales Magón y Giscón. En este combate Escipión contó con la ayuda de fuerzas auxiliares de la Turdetania (Andalucía), mandadas por los príncipes turdetanos Culcas y Attenes. Siguiendo los planes de conquista del valle del Betis, el general romano Silano, durante este mismo año, sitia y rinde la ciudad de Cástulo, el más importante centro minero argentífero de la comarca del alto Betis, se corresponden con Linares y La Carolina actuales, y poco más tarde llegan hasta Carteia (Algeciras) después de sitiar la localidad de Estapa (Estepa).

Escipión funda, cerca de Sevilla (Santiponce), a finales del verano del año 206 a.C., la primera colonia romana a la que, en honor de Italia, dio el nombre de Itálica, para establecer en ella a los legionarios veterano, dotada de un marcado carácter fronterizo y defensivo, dada la posición estratégica de su emplazamiento (a la orilla derecha del Betis y en su confluencia con el río Cala). Derrotados y desmoralizados, los ejércitos cartagineses no pueden evitar que en el otoño del año 206 a.C. los romanos entren en Gadir, el último baluarte del imperio cartaginés en la Península Ibérica, forzando la retirada del general cartaginés Magón, con lo que termina el dominio púnico en la Península. A partir de este momento se desarrollan las luchas con el resto de los pueblos indígenas asentados en la misma.

A mediados del año 206 a.C. se produce una oleada de levantamientos y sublevaciones de ilergetes y jacetanos encabezados por Indíbil y Mandonio, que afectó a las tierras actuales de Jaca, Huesca y Lérida, y que llega incluso hasta Salduie (Salduba, luego Caesar-Augusta, Zaragoza). Escipión sale de Cartagena y en una rápida campaña consigue vencer y dispersar momentáneamente a los sublevados. Durante el verano del año siguiente se levantaron nuevamente contra Léntulo y Acidino, los sucesores de Escipión, protestando por el duro impuesto establecido por la anterior sublevación. La nueva rebelión fue rápidamente vencida y sus cabecillas, Indíbil y Mandonio, muertos en combate o ajusticiados. Los pueblos sublevados tuvieron que sufrir duras represalias e impuestos.

En el año 197 a.C. legalmente se establecen dos provincias en Hispania: la Citerior que comprendía las tierras del valle del Ebro y costas orientales hasta el norte de Baria (Vera, provincia de Almería), y la provincia Ulterior, en la que se incluían todas las tierras béticas y el valle del Guadalquivir. La frontera entre ambas provincias se extendía entre Saltus Castulenensis (sierra de Cazorla en Sierra Morena) y la desembocadura del río Almanzora.

Ante la gravedad de la situación creada en la provincia Citerior por la sublevación general de las tribus ibéricas, el Senado romano decidió nombrar cónsul a Marco Poncio Catón y enviarle con un gran contingente de soldados con el fin de restablecer el orden. En el año 195 a.C. desembarcó en Ampurias y dominó con cierta facilidad a los sublevados del área catalana, no tanto por la acción de las armas, como por sus actuaciones políticas y administrativas. Posteriormente apaciguó a los ilergetes, al entregarse voluntariamente su caudillo Bilistages, sucesor de Indíbil. A comienzos del año siguiente Catón, tras derrotar y someter a los jacetanos, entró triunfalmente en la localidad pirenaica de Jaca. Después de apaciguar a los turdetanos de la Bética, regresó a Tarragona por el interior de la Meseta, siguiendo el curso del río Henares, con el propósito de controlar los levantamientos surgidos entre los arévacos de Segontia (Sigüenza) y Numancia y sobre todo, para amedrentar a los celtíberos e impedir que siguieran socorriendo con trigo a las ciudades de la provincia Ulterior. Es éste el primer contacto bélico con los arévacos, que junto con los lusitanos habrían de ser sus más irreductibles adversarios.

Fulvio Nobilior, pretor de la provincia Ulterior, intervino militarmente en la Citerior. Guerreando contra los oretanos y carpetanos consiguió en el año 192 a.C. ocupar la ciudad de Toletum (Toledo) y apresar a Hilermo, caudillo indígena que la defendía.

A fin de sofocar los continuos levantamientos de celtíberos y lusitanos, el Senado designa como pretores del año 180 a.C,. respectivamente a Tiberio Sempronio Graco para la Citerior, y a Lucio Postumio Albino para la Ulterior. Fue Graco el primero en dominar la revuelta celtibérica el mismo año de su llegada. Tras liberar a la ciudad aliada de Carabis (cercana a la Borja de Zaragoza) del sitio a la que estaba sometida por los celtíberos y derrotarles al pie del Moncayo, firma pactos con ellos poniendo así fin a esta guerra. Gracias a su política de pactos y reparto de tierras entre los celtíberos, se desarrolla un período de paz general, salpicada, no obstante, de abusos e injusticias por parte de los pretores gobernantes que lo sucedieron.

Sempronio Graco, para conmemorar sus triunfos sobre los celtíberos, fundó en la orilla derecha del Ebro la ciudad de Gracchurris. La fundación en el año 178 a.C. de esta nueva ciudad, que hoy se conoce con el nombre de Alfaro, responde a una clara finalidad política: la de asegurar la frontera entre las nuevas tierras conquistadas frente a los vascones.

Guerras de la Lusitania y Celtiberia

En el año 155 a.C. se inician las primeras hostilidades de los lusitanos y celtíberos en contra de los romanos, rompiéndose así cerca de 34 años de relativa paz y tranquilidad que había reinado en la Hispania romana. En la Ulterior, la guerra contra los lusitanos realmente comienza a mediados de este año, cuando el caudillo Púnico vence repetidamente a los pretores de esta provincia hispana y llega hasta Sexi (Almuñécar) con un ejército formado por lusitanos y vettones capitaneados por Césaro.

Guerra de Lusitania

Después de haber sido derrotado Galba, pretor de la provincia Ulterior, en los primeros enfrentamientos con los lusitanos, éste les promete repartos de tierras de cultivo, por lo que confiados fueron concentrados más de 30.000 lusitanos en tres campamentos, desarmados en señal de buena voluntad, para recibir los lotes correspondientes. Entonces Galba mandó rodear estos campos de concentración y ordenó la más cruel matanza de la Antigüedad. Más de 9.000 lusitanos fueron pasados a cuchillo y 20.000 fueron vendidos como esclavos en las Galias. Algunos pudieron salvarse, entre ellos, Viriato, quien será elegido más tarde como caudillo que dirija el levantamiento general del pueblo lusitano contra Roma durante algo más de 10 años.

Después de ser elegido Viriato por sus compañeros de armas, como jefe para dirigir la guerra que los lusitanos mantenían contra los romanos, consiguió durante el año 147 a.C. notables éxitos. En Tríbola, Serranía de Ronda, derrotó al pretor Vitelio, que sucumbió en el propio combate junto a más de 4.000 legionarios. Esta victoria puso en manos de Viriato toda la Hispania Ulterior. Poco después Viriato abandonó la Bética y se dirigió a la Carpetania, seguido por el pretor Plaucio, quien lo atacó en la Sierra de San Vicente. El romano de nuevo fue derrotado y se vio obligado a retirarse de la zona. Viriato aprovecha la ocasión y penetra en la ciudad de Segóbriga, ciudad aliada de los romanos, que Plinio calificaba como Cabeza de la Celtiberia y que estaba situada en las proximidades de Saelices, junto al río Cigüela.

Acosado Viriato por las campañas del año 144 a.C. del nuevo cónsul de la provincia Ulterior, Fabio, que le obligó a replegarse en Baecula, Bailén, decidió pedir ayuda a los celtíberos. Éstos, especialmente los arévacos, dirigidos por Olónico, deciden dársela, rompiendo así los 10 años de paz que los pueblos de la submeseta norte habían mantenido con los romanos gracias al respeto a los acuerdos firmados con Marcelo.

Primera guerra de Celtiberia

Estalló la primera Guerra con la Celtiberia en el año 153 a.C. a causa de que los belos, una de las tribus celtíberas, se negó a suspender un nuevo amurallamiento que estaban levantando en la ciudad de Segeda, situada en el valle del Jalón junto al río Perejiles, cerca de la actual Belmonte de Gracián. Los romanos tomaron este hecho como un violación de los acuerdos establecidos con Sempronio Graco y el cónsul Fulvio Nobilior entró en la Celtiberia con una gran ejército. Los segedanos obtuvieron apoyo entre los arévacos.

Con el fin de someter a los belos y arévacos el cónsul Quinto Fulvio Nobilior estableció un campamento en Ocilis, hoy llamado Medinaceli, desde donde dominaba los valle del Jalón y del Henares hasta casi las inmediaciones del Duero. El día 23 de agosto del año 153 a.C., y cuando el ejército del cónsul Fulvio Nobilior se dirigía a Numancia, fue sorprendido por combatientes arévacos y belos mandados por el caudillo Caros. En el enfrentamiento hubo numerosas bajas en los dos bandos, particularmente entre los romanos. Los celtíberos sobrevivientes, después de que sucumbiera su jefe, se agruparon en Numancia.

A los tres días del primer enfrentamiento con los arévacos, el cónsul Fulvio Nobilior reorganizó su ejército e inició la marcha hacia Numancia, donde estableció un fortificado campamento militar en sus cercanías, en la Gran Atalaya, cerca de la aldea de Renieblas. Nobilior tras recibir refuerzos (300 jinetes y 10 elefantes) decidió atacar la ciudad de Numancia. Los numantinos, tal como había supuesto el cónsul, se asustaron al ver a los elefantes, animales desconocidos para ellos, por lo que se replegaron en la ciudad. Nobilior ordenó el asalto, pero uno de los paquidermos se espantó al sufrir una pedrada en la cabeza, y arrastró en su huida a los demás elefantes, circunstancia que aprovecharon los numantinos para salir de las murallas y causar una gran derrota entre los soldados romanos, ocasionándoles más de 16.000 bajas. Los ejércitos en la provincia Citerior quedaron reducidos en pocos días a la mitad por las sucesivas derrotas sufridas ante los celtíberos.

La rendición de Ocilis y Nertóbriga conllevó la pacificación con los numantinos, los cuales se sometieron, en nombre de todos los celtíberos, a los planes pacificadores del cónsul Claudio Marcelo por los que se reconocía a los arévacos plena autonomía. El Senado romano ratificó esta paz de principios del año 151 a.C., asegurando para la Celtiberia un largo período de tranquilidad que habría de durar hasta el año 143 a.C.

El cónsul de la provincia Citerior, Lúculo, violando la paz firmada por su predecesor Marcelo, y sin motivo aparente, atacó a los vacceos, vecinos de los arévacos. El primer ataque lo sufrió Cauca, la actual Coca, en la provincia de Segovia, cuyos habitantes, después de sufrir una derrota en campo abierto mandaron a los ancianos del lugar como emisarios, pidiendo la paz. Lúculo aceptó imponiendo la condición de que Cauca acogiese entre sus murallas a 2.000 soldados romanos. Los de Coca aceptaron y el ejército romano entró en la ciudad. Entonces Lúculo ordenó una matanza general de los indefensos habitantes de la ciudad. Poco después de masacrar a los habitantes de Coca, puso sitio a la localidad de Intercatia (posiblemente la ciudad zamorana de Villalpando), la cual, tras una valiente resistencia, capituló al salir fiadora de ella el joven general Escipión Emiliano.

Guerra de Numancia

Al reiniciarse las hostilidades, al prestar su ayuda a los lusitanos, Olónico desencadenó la llamada Guerra de Numancia que habría de durar algo más de un lustro.

Tropas mandadas por Cecilio Metelo y provenientes del campamento de Gracurris (Alfaro) asediaron y tomaron Contrevia Leukade en el año 142 a.C. Contrevia, situada en las cercanías de la actual localidad de Aguilar, era una ciudad arévaca aliada de Numancia que guardaba el acceso a ésta, siguiendo el cauce del río Alhama hasta la meseta en Matalebreras y Suellacabras.

La romanización de la ciudad se manifestó en la reconstrucción de las murallas mas próximas al río y en los cambios operados en sus construcciones civiles.

Durante el año 140 a.C. el cónsul de la Citerior, Pompeyo Rufo, en un intento de tomar por asalto la ciudad arévaca de Numancia, rodeó ésta con campamentos que situó en el cerro de Castillejos. Fracasado en su intento, el cónsul arremetió contra los arévacos de Termancia (Tiermes) donde nuevamente fracasó. Finalmente, centró sus esfuerzos en Numancia e intentó negociar la paz, si los numantinos pagaban 30 talentos por cada ciudadano.

Después de que Viriato firmara un tratado de paz con Roma durante la legislatura del cónsul Serviliano, y pese a que poco después fuera ratificado por el Senado, su sucesor Cepión consiguió que Roma anulase dicho tratado de paz, por lo que Viriato, después de ser derrotado en Azuaga, se vio obligado a mediados del año 139 a.C. a negociar la paz con el cónsul romano Cepión, sin ninguna ventaja para el caudillo lusitano. Viriato utilizó para estas negociaciones de paz con Cepión a tres jefes de su ejército, Audas, Ditalkón y Minuros, naturales de Urso (Osuna), que hacía tiempo habían desertado de las filas romanas pasándose a las lusas. El cónsul Cepión consiguió ganarse con grandes dádivas y presentes la voluntad de los representantes de Viriato en las negociaciones de paz, y los indujo a asesinarlo. Viriato fue asesinado durante ese año por sus antiguos camaradas Audas, Ditalkón y Minuros, mientras dormía. La muerte del caudillo, además de causar un hondo pesar en el pueblo lusitano, supuso el fin de la guerra lusitana, aunque todavía fue continuada por poco tiempo, bajo la dirección de Tántalo, hasta su definitiva rendición frente al cónsul Décimo Junio Bruto a finales del año 139 a.C.

A mediados del año 134 a de C. llegó a Tarragona el prestigioso cónsul Publio Escipión Emiliano, conquistador de Cartago, con el firme mandato del pueblo romano de acabar honrosamente con la resistencia y el poder de Numancia. Este emplazamiento arévaco durante más de dos años había resistido los asaltos romanos de Lenate, cónsul en el año 139 a.C., y había derrotado en repetidas ocasiones a Mancino, cónsul durante el año 137 a.C., que se vio obligado a retirarse al valle del Ebro, y a rendirse a los celtíberos con más de 20.000 hombres. Los numantinos habían adquirido tal poder que habían abierto un proceso de negociación de paz y exigían la libertad de los legionarios apresados a cambio de la plena autonomía de la Celtiberia. Después de someter a un duro entrenamiento a los legionarios romanos y reclutar tropas entre las tribus aliadas, Escipión formó un ejército de más de 60.000 soldados con los que sometió las tierras leridanas y controló la Tierra de Campos, a través del desfiladero de Pancorvo (Burgos), con el fin de abastecerse de los cereales de los vacceos y de paso, evitar los continuos saqueos que sobre estas tierras ejercían los numantinos. Avanzó por el valle del Duero, llegó hasta Numancia a principios del otoño del año 134 a.C., e inmediatamente ordenó la construcción de fortificaciones y campamentos para rodear a la pequeña Numancia (4.000 defensores). La circunvalación que la cercaba estaba formada por un conjunto de zanjas y empalizadas que defendían una poderosa muralla de más de 9 kilómetros de perímetro, con torres defensivas cada 300 metros. La fortaleza exterior estaba defendida por siete campamentos, entre los que destacaban: el de Castillejos, cuartel general de Escipión, y el Peña Redonda, situado al sur de la ciudad cercada.

A principios del año 133 a.C. y después de más de tres meses de cerco, Numancia, al ver insostenible su situación, envió a Escipión emisarios, al mando de Avaros, con la misión de encontrar las condiciones más favorables para una capitulación. El pueblo numantino no quiso aceptar las condiciones impuestas por Escipión, y se dispuso a resistir al asedio hasta el final, para lo que tuvieron incluso que recurrir a reglamentar el uso de la carne humana como el único alimento disponible. Debilitados por el hambre, a principios del verano, los arévacos decidieron capitular, pero muchos de ellos, el día anterior al acordado para efectuar la entrega de las armas a Escipión, se suicidaron para no presenciar la caída de su patria. Al día siguiente del holocausto numantino (finales de julio o principios de agosto del año 133 a.C.) y después de nueve meses de asedio, los supervivientes entregaron las armas y se rindieron a los vencedores. Escipión seleccionó a 50 prisioneros para que Roma fuera testigo se su éxito y el resto fueron vendidos como esclavos. La pequeña ciudad celtíbera de Numancia había sido todo un símbolo de resistencia al poder romano y como a tal se le impuso el supremo castigo de ser destruida y reducida a cenizas por propia decisión de Escipión, el cual además prohibió su reconstrucción como si fuera una ciudad maldita. La ciudad de Termancia fue vencida y destruida en el año 93 a.C. por el cónsul Tito Didio en el transcurso de la segunda guerra general desencadenada por los romanos cinco años antes contra la Celtiberia. Sus habitantes tuvieron que establecerse en una nueva ciudad abierta construida en la llanura, abandonando la fortaleza excavada en la roca.

La localidad vaccea de Colenda (Cuéllar), que había sido fundada por Mario diez años antes para asentar a los celtíberos aliados de Roma, y que había resistido un asedio durante nueve meses en el desarrollo de las segundas guerras celtíberas (98 a 93 a.C.), fue duramente castigada. La derrota final de los habitantes de la zona de Colenda (Cuéllar) fue trágicamente diseñada por el cónsul Didio en el año 93 a. de C., imitando la masacre protagonizada por Galba, al inicio de la guerra, contra los lusitanos. Con el señuelo de repartir las tierras de la deshabitada Colenda, el cónsul atrajo a numerosos celtíberos de la comarca, y cuando estaban confiados y desarmados, mandó degollarlos traidoramente. Los sobrevivientes fueron vendidos como esclavos y sus tierras se ofrecieron a los moradores de otros pueblos de la comarca.

Conquista de las Baleares

El Senado encomendó a Quinto Cecilio Metelo la empresa de ocupar las islas de Mallorca y Menorca que por entonces, 123 a.C., estaban dominadas por piratas que atacaban a los barcos romanos y asolaban las costas levantinas. Durante el año siguiente Metelo dominó las dos mayores islas baleáricas a las que llevó 3.000 colonos peninsulares con los que comenzó la organización del país en torno a dos ciudades mallorquinas: Palma y Pollentia.




J.M.S

Hispania visigoda

No hay comentarios

Hispania visigoda

La Hispania visigoda es la denominación del período histórico que abarca el asentamiento del pueblo visigodo en la península ibérica, entre mediados del siglo V y comienzos del siglo VIII.

Historia

Las invasiones germánicas en Hispania

Desde el siglo III al V, dos pueblos germánicos habían cruzado la península ibérica, los suevos y los vándalos, así como un pueblo iranio los alanos, que existe todavía en Osetia, en las montañas del Cáucaso. Hacia el 409 o 410, se tienen noticias de la entrada por los Pirineos de un número no determinado de suevos (unos 30.000 aunque no hay consenso entre los historiadores), el pueblo germánico de mayor complejidad cultural, ocupando el noroeste de la península, lo que es Gallaecia, con capital en Braccara Augusta, la actual Braga (Portugal).

Fíbula aquiliforme visigótica de Alovera
 hecha en bronce y pasta vítrea del siglo VI,
 procedente de Alovera (Guadalajara)
El cronista Hidacio, hablando sobre todo de la ocupación de la Gallaecia por los suevos, habla de todo tipo de atropellos y brutalidades:

Los bárbaros que habían penetrado en las Españas las devastan en lucha sangrienta [...] Desparramándose furiosos los bárbaros por las Españas, y encrueleciéndose al igual el azote de la peste, el tiránico exactor roba y el soldado saquea las riquezas y los mantenimientos guardados en las ciudades; reina un hambre espantosa, y las fieras destrozan hasta a los hombres más fuertes.
(C. Sánchez Albornoz y A. Viñas: Lecturas históricas españolas.)
No obstante, los historiadores actualmente consideran que las fuentes de la época deben ser miradas con prudencia, analizando no sólo lo que se escribe sino también la finalidad que perseguía el autor en su época con dicha obra, debiendo someterlas a un enjuiciamiento crítico.

Galicia fue ocupada no sólo por los suevos, sino también por vándalos asdingos. Los alanos se desplazaron hacia la Lusitania y la Carthaginense. Con los vándalos silingos en la zona de la Bética, solo quedaba en poder del Imperio romano la provincia de la Tarraconense. Precisamente para poder recuperar el dominio perdido en la península ibérica, el imperio pacta con el rey godo Valia para que sean ellos quienes defiendan los derechos de Roma frente a estas tribus germanas. Así pues, en el 416 los visigodos penetran como aliados de Roma, a través de un foedus, derrotando a los alanos y a parte de los vándalos, con lo que el Imperio recupera el control de las regiones más romanizadas (la Bética y el sur de la Tarraconense).

El emperador Honorio en el 418 los aleja del rico Mediterráneo, recolocándolos en la Aquitania. Los suevos ocuparon entonces buena parte de la península, con capital en Emérita Augusta, la actual Mérida. Los vándalos los derrotaron en Mérida pero, hacia 429, pasaron a África. Los alanos ocuparon el centro y el este de la Península, y acabaron siendo absorbidos por la población hispanorromana.

En esta situación el Imperio romano de Occidente había recuperado el dominio al menos nominal de la Península, excepto la zona dominada por los suevos, que afianzaban su reino en el occidente. Hacia el año 438 el rey suevo Requila emprende una decidida actividad de conquista del resto de Hispania, adueñándose de la Lusitania, la Carthaginense y la Bética. Su sucesor, Requiario, aprovechará las perturbaciones del movimiento bagauda para avanzar hacia la zona de Zaragoza y Lérida. Tal acción impulsó al Imperio romano a pedir nuevamente a los visigodos, a través de su rey Teodorico II, la ayuda precisa para controlar Hispania. Las tropas visigodas cruzan los Pirineos y en el 456 capturan al rey Requiario, quedando el resto de los suevos en el territorio comprendido de la Gallaecia en las actuales Galicia, parte de Asturias y León y mitad norte de Portugal. El reino suevo se mantuvo independiente hasta finales del siglo VI. El resto de la península queda en manos visigodas, pasando a formar parte del Reino visigodo de Tolosa, con capitalidad en Tolosa (Toulouse, actual Francia). Las oleadas de conquista se sucederán con posterioridad, pero ahora para ocupar espacios donde domina todavía el Imperio romano.

En el año 476, los visigodos ya se habían asentado en la península ibérica y en el 490 termina el grueso de las migraciones desde el norte.

El convulso siglo VI

Los visigodos no controlaban toda la península ibérica. En la parte noroeste estaba el reino de los suevos. Toda la cornisa cantábrica desde la cordillera hasta el mar, zona poco romanizada, estaba dominada por astures, cántabros y vascones. La monarquía visigoda conoció un momento de debilidad durante el siglo VI. Al menos dos reyes son asesinados sucesivamente, Teudiselo y Agila I, y en distintas zonas de la península se producen sublevaciones de terratenientes contra la autoridad real (Córdoba, Sevilla y Mérida, estas dos últimas capitales del reino).

Extensión del Reino Visigodo hacia principios del siglo VI
A finales de 552 el emperador Justiniano I ya había finalizado la campaña de conquista del reino ostrogodo, accediendo ese mismo año a la petición de ayuda formulada en el 551 por el rebelde visigodo Atanagildo a cambio de una franja costera desde Alicante hasta la costa sur-atlántica portuguesa, incluyendo el norte de África y las Islas Baleares. El nuevo territorio conquistado se denominó Provincia de Spania, y se estableció su capital en Carthago Spartaria, la actual Cartagena, controlando buena parte del Mediterráneo hispano y el estrecho de Gibraltar, y con ello el comercio. La colaboración oriental fue decisiva para decantar la guerra civil en el reino peninsular hispano a favor de aquel candidato frente a Agila. Pero la compensación territorial nunca fue plataforma para la conquista de la antigua Hispania. De hecho, las zonas concedidas en 552 comenzaron a menguar en las décadas siguientes, especialmente durante el reino de Leovigildo, hasta su desaparición hacia el 624 ya en época del rey Suintila.

Al final del reinado de Teudis se trasladó la capital a Toledo y con Atanagildo se consolidó dicho traslado. Gracias a la decidida acción política de Leovigildo (573-586) se produjo en la segunda mitad del siglo VI un fortalecimiento de la monarquía, con logros en diversos campos. Consiguió cierto nivel de estabilidad de la monarquía con reformas monetarias, restableciendo el control soberano sobre territorios que se habían declarado independientes en la segunda mitad del siglo VI, la conquista del reino suevo, así como contra las instalaciones bizantinas, muchas de las cuales pasaron de nuevo a manos visigodas.

No obstante, la pretensión de Leovigildo de unificar sus reinos religiosamente, con base en el arrianismo, fracasó. Vivió sus peores horas con la sublevación de su hijo Hermenegildo en el sur, convertido al catolicismo. Hasta el 584 no se restaurará la paz con la derrota del hijo a manos del padre. Su hijo y sucesor Recaredo (586-601), hermano de Hermenegildo, logró esa unidad religiosa, pero tomando como base el catolicismo. En el trascendental III Concilio de Toledo el rey y Baddo, su esposa manifestaron su conversión. Se considera que, tras esta conversión, la cultura visigótica en Hispania alcanza su cénit.

Los oscuros años del siglo VII

La relativa paz que se respiraba con Leovigildo y Recaredo, se ve truncada nuevamente. Se suceden Liuva II, Witerico, Gundemaro y Recaredo II y de ellos, el que no es asesinado, incluso siendo menor de edad, muere en extrañas circunstancias. Únicamente Suintila (621-631), gran general, termina por expulsar a los bizantinos en el 620.

Reino visigodo durante Leovigildo, año 586
Recesvinto (649-672) será reconocido por su labor legislativa de corta duración (Liber Iudiciorum), mejorada por Wamba, pero que influirá de manera notable en los fueros locales a partir del siglo X.

La caída del Reino visigodo

En una carta al rey Etelredo de Mercia, fechada en el 746-747, san Bonifacio atribuía el derrumbamiento del reino visigodo a «la degeneración moral de los godos». Para E. A. Thompson, que es quien comenta esto en el prólogo de Los godos en Hispania (1969), «no es en absoluto evidente que la moderna investigación, en el punto en que se encuentra, haya profundizado mucho más».

En cualquier caso, según la historia clásica, hacia el 710 se suceden los enfrentamientos por el trono tras la muerte de Witiza. Los pretendientes a la corona, Roderico (conocido como don Rodrigo) y Agila II, el primero en el sur y el segundo en el norte de la península, se sitúan en posiciones extremas. Se conviene en que Witiza había pactado antes de su muerte la conquista musulmana de la península ibérica para el control del reino. Otros sostienen que fue Agila II, pero mantienen que las fuerzas del Califato Omeya, tras haber conquistado el norte de África, cruzan el estrecho de Gibraltar y conquistan Toledo, venciendo y matando a Rodrigo en la batalla de Guadalete (o de la Laguna de la Janda). Su entrada es imparable y dos años más tarde sitian Zaragoza.

Por medio de una serie de capitulaciones, un noble visigodo perteneciente a los círculos palatinos, Teodomiro, consiguió mantener durante unas décadas más, una considerable autonomía en el Reino de Tudmir, un vasto territorio en torno a la ciudad de Orihuela, en las actuales provincias de Murcia y Alicante.

La historiografía clásica da por cierto que varios nobles visigodos, entre ellos Don Pelayo así como una parte de la población visigoda que huía de los musulmanes, escaparon hacia el norte de la península, concretamente a Asturias, poblada por los Astures de origen celta, fuera del control musulmán, aunque podría haber habido un gobernador en la zona de costa ( actual Gijón), Munuza, pero nunca llegaron los musulmanes a dominar las montañas, que sí sirvieron de refugio a los resistentes cristianos, y uno de ellos, un oficial de Roderico, que estuvo en la batalla de Guadalete en el año 711 llamado Pelayo, consiguió derrotar el 722 a una expedición de conquista musulmana en la batalla de Covadonga. Don Pelayo que ahora tenía la colaboración de los Astures, antiguos enemigos de los visigodos, que intentaron someterlos, fue elegido príncipe de los astures y así se convirtió en el primer rey de Asturias, y se conseguirá la creación de un pequeño pero férreo núcleo de resistencia que dará lugar a la Reconquista y a la formación de los primeros reinos cristianos. Por otro lado sobre la batalla otros historiadores dudan y desconocen la localización exacta del lugar de la escaramuza, tampoco han logrado averiguar la fecha concreta, que abarca un período incluido entre los años 718 y 722. La Reconquista.estuvo presente por escrito a partir de la Crónica albeldense (Chronicon Albeldense o Codex Conciliorum Albeldensis seu Vigilanus) (año 833), supone una de las escasas fuentes conservadas de estudio del periodo final de la monarquía hispanovisigoda, la invasión y asentamiento del poder Omeya en la península, y la génesis del Reino de Asturias, la historiadora franco-belga Adeline Rucquoi, dice: La Reconquista es una realidad y tiene su historia.

Para el siglo IX toda la península, a excepción del mencionado norte peninsular, quedaría bajo el dominio musulmán. Existen otras teorías minoritarias para explicar el fin del reino visigodo sustituido por el predominio musulmán.

Hispania visigótica hacia el año 700, 

antes de la conquista musulmana de la península ibérica.

La sociedad de la Hispania Visigoda

E. A. Thompson afirma en su obra fundamental Los godos en Hispania (1969) que «la única fuente continua de información sobre los reinados de los reyes de la península ibérica desde Gesaleico a Liuva I (507-568) es la Historia de los reyes de los godos, vándalos y suevos de San Isidoro de Sevilla».

Aspectos demográficos

En cualquier caso, los godos debieron formar una minoría que se supone que empezaría a estar integrada en la sociedad hispanorromana. Su número no ha sido precisado con exactitud por historiador alguno, pero los cálculos más fiables hablan de entre 150 000 y 200 000 visigodos instalados en la península, sobre una población que no llegaba a los nueve millones, según San Isidoro de Sevilla. Otras fuentes hablan de 80 000-100 000 visigodos sobre una población de seis millones de hispanorromanos.

Recientemente se ha realizado un estudio arqueológico del poblamiento visigodo estimando una cifra para la población visigoda entre 130 000 y 150 000 personas, lo que representaría entre el 3 % y el 4 % de la población total hispana.

Los visigodos se asentaron sobre todo por la zona de la Meseta Norte, especialmente en el centro de la cuenca del río Duero, zona poco poblada y con escasa urbanización.

Este es el tiempo en el que se produce la reutilización de los materiales de construcción romanos para basílicas, iglesias y otras construcciones civiles (véase Arte visigodo).

Se trata de una sociedad que se ha considerado prefeudal o de transición al feudalismo, por concurrir en la misma una serie de características que serían propias de etapas posteriores de la Edad Media y que la diferencian de la Hispania romana. En primer lugar, se produce una paulatina ruralización social, abandonándose las grandes ciudades en algunos puntos y creándose en torno a las villas romanas núcleos de población más reducidos. Por otro lado, se tiende al autoconsumo y se desarrollan lazos de dependencia personal que anticipan el feudalismo. Así, de los reyes dependían como clientes los gardingos. Los nobles, a su vez, tenían a los bucelarios. Y de los grandes propietarios de la tierra dependían los colonos.  

Se produjo en esta época una sustitución de la esclavitud por el colonato, como forma de relación en cuanto a la explotación de la tierra, lo cual se había iniciado ya en el Bajo Imperio. Los colonos formaban la amplia masa social. Los humildes, pequeños propietarios libres, eran una clase social en decadencia. La clase alta estaba formada por los potentados, los grandes terratenientes nobles, tanto godos como hispanorromanos. La dureza de las condiciones de vida de las clases bajas acabaron produciendo en alguna ocasión revueltas campesinas, las cuales a veces eran confundidas con herejías como el priscilianismo. 

Se diferencia dentro de la sociedad entre los visigodos y los hispanorromanos, cada uno de ellos regido por sus propias leyes. No obstante, con el paso de los siglos se tendió a la fusión de ambos grupos sociales, permitiéndose los matrimonios mixtos. Un intento de acabar con la diversidad jurídica fue el Liber Iudiciorum (publicado en 654), en el que se trata de recoger el derecho romano junto a las prácticas, ya señoriales, que se habían ido imponiendo en la península en torno al derecho de propiedad.  

Arrianos, católicos y judíos

En cuanto a la religión, los visigodos seguían el arrianismo que se había extendido en el Imperio romano en el siglo IV, aunque no existían enfrentamientos significativos con los católicos, que constituían la mayoría de la población hispanorromana. En los Concilios de Toledo, en especial durante el tercero celebrado en el 589, se solventó la división provocada por el arrianismo gracias a la conversión de Recaredo. Este proceso, no sin altibajos, llevó a una unificación de ambas confesiones. La situación favoreció la plena integración entre las comunidades godas y las hispanorromanas y la aparición de figuras fundamentales de la nueva cultura como Isidoro de Sevilla, obispo, y cuyas Etimologías son consideradas por algunos como la primera gran obra de la Edad Media. La iglesia ganó gran influencia social, legitima a los reyes a partir del 672 y el obispado de Toledo se convertiría en el más importante de todos los peninsulares.

Corona de Recesvinto
La relación con los judíos fue siempre tensa. Aunque al inicio del periodo visigodo los problemas eran menores, la conversión al catolicismo llevaría a una mayor discriminación contra los judíos, por lo que muchos de ellos se convirtieron falsamente. Especialmente estrictos fueron Sisebuto y Égica, que confiscaron sus propiedades acusándoles de conspirar contra la corona. Las medidas más comunes fueron la prohibición de los matrimonios mixtos, aun en caso de judíos conversos; la prohibición de que los judíos tuvieran esclavos cristianos y las constantes reparaciones económicas a que eran sometidos sin motivo alguno.

Economía

La sociedad visigoda estaba dominada por las actividades de carácter agrícola y ganadero. En este punto continuaron la misma actividad económica de la Hispania romana, con los mismos cultivos, introduciendo alguno nuevo, como el de las espinacas o la alcachofa. La explotación de la tierra seguía organizada en torno a grandes villae. Una villa estaba dividida en reserva y mansos. No obstante, la mano de obra no era ya esclava, sino que se trataba de colonos, lo cual se había iniciado en la época del Bajo Imperio.

Sin embargo, otros rasgos de la época romana cambiaron. Así, desaparece la importancia de las grandes ciudades, del comercio o la minería. La circulación de moneda era escasa. El único comercio de cierta importancia era el de productos de lujo que provenían del Mediterráneo, y que era gestionado por mercaderes internacionales.

Instituciones políticas

La monarquía

El rey era el jefe supremo de la comunidad. La institución monárquica llevaba largo tiempo afianzada en el pueblo visigodo cuando este llegó a la Península. Los reyes debían ser de condición noble y accedían al trono mediante un sistema electivo en el que intervenían los obispos y los magnates palatinos. Pero con ese sistema sólo fueron entronizados tres reyes (Chintila, Wamba y Rodrigo). La asociación al trono era, en la práctica, la forma más común, junto con las usurpaciones, de tomar el poder. El monarca estaba ungido por Dios y a este debía su legitimidad; la realeza poseía así un carácter sagrado, que se supone debía de disuadir cualquier intento de atentar contra el rey. Pero eso no bastaba y los asesinatos de monarcas, rebeliones, conjuras y usurpaciones eran moneda de cambio en el reino visigodo.

Junto al rey estaba el Aula Regia, consejo asesor que estaba formado por nobles.

La administración territorial

Los visigodos aceptaron la división provincial de la Hispania Romana. Al frente de las provincias pusieron a los duces (singular, dux; en español, «duques») y al frente de las ciudades a los comites (comes, «condes»).

Las instituciones municipales, en cambio, entraron en decadencia. Los curiales municipales, encargados de recaudar los impuestos en las ciudades, continúan y acentúan su caída. Son despojados de su poder tributario y este recae en manos de los duces y los comes. Estos asumirán gran parte de la labor administrativa del reino y gobernarán provincias o regiones con plenas competencias en la administración y justicia. Iniciándose un proceso de protofeudalización.  


La hacienda pública

Estaba formada por el Tesoro Regio, el patrimonio de la corona y los ingresos por impuestos.  

Tremís de oro de Ervigio emitido en Bracara Augusta entre 680 y 687
El Tesoro Regio lo constituían las grandes cantidades de oro, plata y joyas que los visigodos habían conseguido con los saqueos a lo largo de su historia. El encargado de su custodia era el comes thesauri y pasó por diversas vicisitudes. Tras la derrota de Alarico II en la batalla de Vouillé en el 507, el tesoro pasó a Rávena bajo custodia de los ostrogodos y fue reinstaurado en el 526 tras la muerte del rey ostrogodo Teodorico el Grande. 

Estaba dividido en dos grupos claramente diferenciados (distintas ubicaciones):  



  • Tesoro nuevo: monedas de oro y plata con las que pagaban al ejército, administración, etc.

  • Tesoro antiguo: con las joyas almacenadas de los saqueos. Entre estas piezas estaba con seguridad la «Mesa de Salomón» y se especula con que también estuviese el «Candelabro de los Siete Brazos», ambos objetos capturados en el saqueo a Roma por Alarico.
El Tesoro Regio constituía una reserva muy importante para el reino visigodo y sus monarcas no dudaron en utilizarlo para pagar aliados en sus luchas internas. 

El patrimonio de la corona era inmenso y lo componía sobre todo la gran cantidad de tierras que los monarcas amasaban. Estas provenían de varias fuentes: las expropiadas por las constantes purgas que se realizaban en la nobleza, las tierras desiertas o deshabitadas y las tierras provenientes del fisco romano. Estas tierras se arrendaban a siervos que las cultivaban y pagaban una renta. Todas eran administradas por el conde del patrimonio. En el VIII Concilio de Toledo bajo reinado de Recesvinto se establece una separación entre el patrimonio del monarca y el del Estado.

Los impuestos en el reino visigodo no es una cuestión clara. Se sabe que los pequeños propietarios y los siervos que cultivaban las tierras reales pagaban un tributo. Parece que también existió un impuesto al clero, pero no tuvo continuidad en el tiempo. Los judíos fueron sometidos a un impuesto especial. Obispos y numerarii establecían el cambio de dinero a especie y funcionarios de la administración central se encargaban de su recaudación; al frente de la organización fiscal se encontraba el conde del patrimonio.

Los Concilios de Toledo

Entre los años 400 y 702 se celebraron en Toledo dieciocho concilios en los que, reunidos en asamblea, los obispos de todas las diócesis de Hispania sometían a consideración asuntos de naturaleza tanto política como religiosa, con independencia del poder al que estuvieran sometidos (suevo, visigodo o bizantino). 

Entre estas cuestiones no estrictamente religiosas estuvieron las normas para la elección de los reyes, la aprobación de los destronamientos o la condena a los rebeldes. Era en los concilios, además, donde se decidía sobre la persecución de los judíos.  

División eclesiástica

Para conocimiento de la geografía eclesiástica visigótica pueden utilizarse varias fuentes como la Hitación de Wamba​ de finales del siglo VII, las signaturas de prelados en las actas de los Concilios de Toledo, las obras de Idacio o de Isidoro de Sevilla y las llamadas Nomina sedium episcoplaium estudiadas por Claudio Sánchez Albornoz.

Legisladores de la época goda
Las provincias coincidieron en sus límites con las antiguas provincias romanas, con la excepción del reino de los suevos cuyo territorio fue dividido en dos provincias eclesiásticas, cuyas capitales fueron Braga y Lugo. La archidiócesis de Braga comprendía cuatro diócesis que antaño pertenecían a Lusitania: Lamecum, Viseum, Conimbrica y Egitania. A mediados del siglo VII pasaron a depender de Mérida.

En esta época la Narbonense era una región perteneciente al estado visigótico que contaba con seis sedes metropolitanas:  


  • Gallaecia, capital Braga.
  • Lusitania, capital Mérida.
  • Bética, capital Sevilla.
  • Cartaginense, capital Toledo.
  • Tarraconense, capital Tarragona.
  • Narbonense, capital Narbona.

La influencia lingüística de los visigodos sobre la lengua española

Para los visigodos en la península ibérica la lengua no era un factor distintivo entre ellos y los hispanorromanos (que vivían en el territorio antes de su llegada); ambos grupos hablaban la misma lengua, el latín vulgar. A pesar de eso, la lengua gótica original y otros aspectos de la cultura de los visigodos tuvieron un impacto lingüístico sobre algunos aspectos del castellano en la actualidad. En otras palabras, hay reflejos lingüísticos del contacto social entre los romanos y los visigodos en la lengua española hoy en día.  


En cuanto a la fonética, no hay huellas de los visigodos. No obstante, hay rastros de su lengua en la morfología y lexicología del español. Por ejemplo, ciertas palabras conservan el sufijo gótico -ing, que se convertiría en -engo. Podemos ver ejemplos de eso en las palabras «abolengo» y «realengo». 

Ciertos tipos de palabras reflejan las dos culturas y sus propias lenguas; podemos ver influencia lingüística de los visigodos en el español en palabras relacionadas con el comercio, la agricultura, la industria, la vivienda, y el derecho. En principio, es probable que las palabras fuesen palabras prestadas de la lengua gótica, pero gradualmente se desarrollaron para ser más parecidas al español y más fáciles de pronunciar para un hablante de latín vernáculo y, posteriormente, para un hispanohablante.

Más ejemplos de palabras españolas con orígenes góticos
También los hispanorromanos tomaron palabras de los góticos para conceptos que ya conocían y los adaptaban a su lengua vernácula; por ejemplo, la palabra jabón se deriva de una palabra gótico: saiposapone → jabón. Los visigodos introducían un concepto para los hispanorromanos (en este caso, el concepto nuevo de jabón) y adaptaban la palabra gótica original (de saipo) para que fuera más fácil de pronunciar y más parecido a una lengua romance. 

Otras palabras en la lengua castellana reflejan palabras góticas relacionadas con lo militar o diplomático. La palabra «guerra» reemplazó la palabra latina bellum. «Guerra» se deriva de la lengua gótica como sigue: werraguerre → guerra. Además, la palabra «tregua» se deriva de triggwa, de la lengua gótica.  


De interés particular es el impacto de los visigodos en la antroponimia, que es una rama de la onomástica que estudia los nombres propios. De hecho, muchos nombres españoles comunes tienen sus orígenes en la lengua gótica a causa de la ocupación de los visigodos en la península ibérica. Por ejemplo, el nombre «Fernando» se deriva de una combinación de dos palabras góticas: frithu ('paz') y nanth ('atrevido'). Gradualmente los hispanorromanos los adaptaban hasta formar un nombre nuevo, Fridenandus, y finalmente se convertían en «Fernando». También podemos ver este proceso en el nombre «Álvaro», que deriva de las palabras all y wars, que significan respectivamente 'todo' y 'prevenido'. «Alfonso» está compuesto de una combinación de all y funs ('preparado'). Más antropónimos de origen gótico son Rodrigo, Rosendo, Argimiro, Elvira, Gonzalo y Alberto. 



J. M. S.