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Los pueblos autóctonos de la península Ibérica antes de la llegada de los romanos
Los pueblos autóctonos de la península Ibérica antes de la llegada de los romanos
Antes de su conquista por parte de Roma, en la península Ibérica existían diversas culturas autóctonas que florecieron y entraron en contacto con otros pueblos mediterráneos
Mucho antes de que el primer soldado romano pusiera un pie en la tierra que llamarían Hispania, y antes de que la primera nave griega arribara a las costas del lugar que conocían como Hesperia o Iberia, en la península más occidental del continente europeo existía una desarrollada red de culturas autóctonas.
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| Ciudad de Numancia (Soria) |
Su origen y evolución antes del primer milenio a.C. es compleja de estudiar ya que fueron pueblos extranjeros, como los fenicios y los griegos, quienes dejaron constancia escrita de ellos por primera vez; por aquel entonces, ya habían recibido influencia de otras culturas, como la celta, haciendo difícil marcar la línea entre lo que era propiamente autóctono y lo que no.
Un crisol de culturas
El criterio tradicional para clasificar las culturas ibéricas es el lingüístico, en base al cual se han diferenciado cinco grandes grupos: los íberos, que ocupaban el levante de la península; los turdetanos y tartésicos, en el suroeste; los pueblos de influencia celta, que ocupaban la mayoría de la zona interior de la península, así como áreas del norte y del oeste; los protoceltas, al oeste y noroeste; y los aquitanos o protovascos, en la zona oeste de los Pirineos y el este de la cordillera Cantábrica. Estos a su vez se dividen en dos macrogrupos: los indoeuropeos (de influencia celta) y los que no lo son.
Esta clasificación genérica no refleja toda la complejidad que se daba en la realidad, ya que cada grupo constaba de diversas tribus, algunas de las cuales presentan influencias de varios grupos, especialmente las que se encontraban en tierras de frontera entre una cultura y otra, que podían tener más en común entre ellas que con sus tribus “hermanas” pero más lejanas. La única fuente disponible para el estudio de estos pueblos antes del primer milenio a.C. es la arqueología, por lo que también es difícil establecer si existía un corpus común de tradiciones o fue el contacto entre las diversas culturas lo que creó estas zonas de encuentro.
Los habitantes de la península Ibérica compartían ciertas costumbres que se pueden identificar en la misma época en otras partes de la Europa mediterránea
En general, se acepta que se produjo al menos una migración importante de origen indoeuropeo previa al contacto con pueblos del Mediterráneo oriental. Prueba de ello es que estos pueblos dejan constancia escrita de que los habitantes de la península Ibérica compartían ciertas costumbres que se pueden identificar en la misma época en otras partes de la Europa mediterránea, como la obligación moral de dar hospitalidad a los visitantes, los regalos diplomáticos y la acumulación por parte de la élite de bienes de prestigio sin utilidad práctica, como armas de lujo y enseres ceremoniales.
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| Este mapa muestra los principales pueblos prerromanos de la península Ibérica, clasificados a su vez en grupos lingüísticos |
Esta migración probablemente se produjo a través de los Pirineos y se asentó en las tierras de la Meseta Central, que son las que presentan una mayor influencia celta; al contrario que el litoral mediterráneo, de influencia no indoeuropea.
Nuevos llegados
A partir del primer milenio a.C., un factor clave en la evolución de estas tribus fue el grado de contacto que tenían con otros pueblos de la cuenca mediterránea, en especial griegos y fenicios. Los pueblos ibéricos comerciaban con ellos y, además de importar productos -mayoritariamente objetos de prestigio para las élites-, absorbían influencias culturales como el alfabeto y los dioses orientales. A la vez, los productos que estos demandaban influían en el desarrollo de la economía de los pueblos autóctonos: algunos proporcionaban grano y otros alimentos, mientras que otros comerciaban con los recursos naturales que poseían, en particular metales como el oro, la plata y el cobre.
Los primeros en establecer contacto fueron los fenicios, que se dirigieron al sur de la península en busca de recursos naturales y entraron en contacto con la cultura tartésica. Esta floreció en el tramo final del Guadalquivir, que entonces era una ensenada y proporcionaba un magnífico puerto natural. La riqueza metalúrgica de la región propició un comercio basado en las materias primeras a cambio de bienes de lujo y una fuerte influencia de la cultura fenicia en el pueblo tartessos. Con la caída de las grandes ciudades fenicias a manos de los babilonios en el siglo VI a.C., los fenicios se retiraron y su puesto fue ocupado por los cartagineses, originalmente una colonia de Tiro, que gradualmente pasaron de ser socios comerciales a amos.
Por su parte, los griegos entablaron contacto principalmente con las tribus íberas del levante peninsular. Su motivación era distinta a la de fenicios y cartagineses: los helenos buscaban principalmente una fuente de abastecimiento de alimentos, ya que su patria no era tan productiva para la agricultura y la ganadería. No obstante, aquella nueva tierra les permitió solucionar uno de sus problemas más graves, la sobrepoblación, fundando colonias permanentes dedicadas al comercio. A medida que estas se iban emancipando de sus metrópolis, la sociedad íbera y la griega tendían a fundirse en una sola, como relata el geógrafo Estrabón.
El contacto con los romanos fue muy posterior (finales del siglo III a.C.) y, en buena medida, fruto del conflicto militar con los cartagineses. La conquista romana de Hispania duró hasta la época imperial y supuso el contacto con los pueblos del interior y el noroeste, que hasta entonces habían permanecido bastante al margen de los nuevos llegados. Hispania, como así llamaron a la península, fue una de las conquistas más importantes para el imperio puesto que proporcionaba productos muy demandados en Roma como el vino y el aceite, además de cereales. Muchas familias nobles se trasladaron a las provincias hispanas para prosperar y dieron a Roma algunos de sus emperadores más célebres, como Trajano y Adriano.
El despertar de Al-Ándalus: detalles clave de la conquista árabe en la Península Ibérica
J.M.S
miércoles, febrero 07, 2024
Al-Ándalus
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El despertar de Al-Ándalus: detalles clave de la conquista árabe en la Península Ibérica
La conquista árabe de Hispania, un capítulo que redefinió la Historia de España. Desde estrategias militares ingeniosas hasta la formación de Al-Ándalus, exploraremos los eventos y personajes que dieron forma a este impactante periodo.
¡Oh, gentes! ¿Hacia dónde vais a huir si el mar está detrás de vosotros y el enemigo frente a vosotros? No os queda más que, por Allah, la firmeza y la perseverancia; en verdad yo seré quien se enfrente a su tirano por mí mismo y no abandonaré hasta que me encuentre con él o caiga antes muerto en el intento» (Ibn Habib, m. 853).
Con estas legendarias palabras, cargadas de tópicos retóricos y literarios, Tariq b. Ziyad habría arengado a sus tropas tras desembarcar en Gibraltar (Yabal Tariq, la «montaña de Tariq») en el año 711, y antes de enfrentarse a un ejército visigodo presuntamente muy superior en número.
Las tropas islámicas tenían, según el caíd bereber, pocas opciones: o regresar al mar, donde perecerían ahogados, o confiar en Dios y luchar hasta conseguir la victoria o el martirio, dos botines, ambos, muy preciados. El desenlace de esta historia es de sobra conocido: la conquista islámica de la península ibérica, que desde entonces pasaría a llamarse al-Ándalus.
Este acontecimiento, ocurrido como consecuencia de la expansión árabe-musulmana iniciada tras la muerte del profeta Mahoma en el año 632, daría lugar a la desaparición del reino visigodo de Toledo, y al nacimiento de una formación política islámica en el sur de Europa, realidad que se prolongaría durante ocho siglos. Por otro lado, esta pequeña anécdota protagonizada por Tariq y su arenga pone de relieve una serie de interrogantes a los que intentaremos responder en este texto: ¿cómo se produjo la entrada de las huestes islámicas en Hispania? ¿Cómo se desmoronó el reino visigodo? ¿Qué papel desempeñaron la guerra y la violencia en este proceso? ¿Cuál era la identidad de los conquistadores? ¿Cuáles eran sus motivaciones?
Antecedentes: la expansión Omeya en el Norte de África
Tras la constitución del califato omeya de Damasco en el año 661, esta dinastía árabe recuperó el impulso expansivo del islam.
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| Medina Sidonia fue capital de provincia del Reino visigodo |
Uno de los objetivos de este programa de conquistas fue el Magreb, empresa compleja no tanto por la resistencia de las autoridades bizantinas que controlaban una región que correspondía, aproximadamente, a la actual Túnez, sino por la tenacidad de las poblaciones locales, más o menos romanizadas, que poblaban el Magreb central y occidental, y que las fuentes árabes llamarán, de manera homogeneizadora, bereberes.
Así, en el año 670, ‘Uqba b. Nafi (m. 683), general del ejército islámico, fundaba la ciudad de al-Qayrawan, y casi tres décadas más tarde, en el 698, uno de sus sucesores, Hassan b. al-Nu’man (m. 705), conquistaba y destruía Cartago, procediendo a la fundación de Túnez con el objetivo de que alojase unas atarazanas. Hasta ahora, las huestes musulmanas se habían enfrentado, en diversas batallas campales, a ejércitos bien fueran bizantinos o persas cuya derrota había supuesto el desmoronamiento de los diferentes poderes regionales.
Sin embargo, en la expansión por el norte de África combatieron a un enemigo fragmentado pero versátil y flexible, que frenó la fulgurante expansión árabe. De este modo, los musulmanes necesitaron más de medio siglo para avanzar desde el Nilo al Atlántico, y tuvieron que ir, poco a poco, integrando a esos grupos tribales bereberes dentro de los ejércitos de un imperio que funcionaba de forma centralizada desde Damasco.
La conquista de al-Ándalus no fue sino consecuencia de este proceso, al igual que las huestes que la llevaron a cabo. En el año 705, Musa b. Nusayr (m. c. 716) fue enviado por el califa al-Walid I (r. 705-715), quien acababa de acceder al poder, como gobernador de la nueva provincia de Ifriqiya, que abarcaba, por aquel entonces, desde la Tripolitania libia hasta el actual Marruecos.
Este mawla, cliente de la aristocracia árabe, tenía como objetivo organizar una provincia recientemente sometida, consolidar el dominio islámico y continuar, si era posible, con la expansión hacia el oeste. La integración de los grupos locales a la estructura militar omeya financiada por un sistema regular de estipendios en moneda otorgó a Musa un potencial bélico importante, por lo que no es de extrañar que, tras la anexión de Ceuta y Tánger, comenzase a planear una incursión al otro lado del Estrecho.
El salto del estrecho y la conquista de Hispania
Tras una primera razia de pillaje y, probablemente, de reconocimiento dirigida en el año 710 por un personaje al que las fuentes llaman Tarif (de donde procede el topónimo Tarifa), en el 711 se produjo la expedición, a la postre decisiva, liderada por Tariq b. Ziyad (m. c. 720), un liberto bereber al que Musa había confiado el mando de Tánger.
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| Mezquita de los Omeyas, construida por el califa omeya al-Walid I en el año 705 |
El ejército a cargo de Tariq estaba formado casi en exclusiva por bereberes recién islamizados. Esta ausencia de árabes entre las tropas expedicionarias fue algo novedoso en el contexto del califato omeya, circunstancia que probablemente ocurrió debido a una política deliberada de Musa quien, además de contar con un insuficiente número de soldados árabes para continuar la empresa de expansión, utilizó la integración del elemento norteafricano en las huestes islámicas como medio de pacificación de Ifriqiya.
Por las mismas fechas, la situación en el reino visigodo era turbulenta. En las dos décadas previas a la llegada de los árabes se documentan, al menos, dos rebeliones contra los monarcas Egica (687-702) y Witiza (702-710). Aunque ambas se saldaron en fracaso, dejan constancia de uno de los fenómenos que marcaron todo el periodo visigodo, como eran las luchas de distintas facciones por controlar el poder que emanaba de la corte toledana.
En el mismo año en el que Tarif exploraba las costas ibéricas, la muerte del rey Witiza precipitó los acontecimientos. Sus hijos fueron desplazados de la sucesión al trono por parte de Rodrigo, quien se aseguró la corona merced al apoyo de una parte de la élite de poder. Este, a su vez, se vio contrarrestado por los núcleos de resistencia «witizianos», quienes, según algunas fuentes, habrían llegado a pedir ayuda a los nuevos señores del Magreb.
Las fuentes literarias presentan la conquista de al-Ándalus como un proceso relativamente rápido. Asimismo, algunos cronistas se hacen eco de la colaboración de destacadas figuras del reino visigodo con los conquistadores. El primero fue un tal Yuliyan, más conocido en su forma romanceada como Julián.
Los textos no coinciden en la naturaleza de este personaje, al que atribuyen el rango de conde o la condición de hombre destacado, pero concuerdan en que era un personaje de alto rango afincado en Ceuta. Motivado por un presunto deseo de venganza contra el rey Rodrigo, habría sugerido a Tariq la conquista de Hispania.
Para ello, llegó a poner a su disposición sus propios barcos. Otros autores, como Ibn al-Qutiyya (m. 977) musulmán de antepasados visigodos, algo que podría explicar su visión de los hechos, atribuyen un papel decisivo a los hijos de Witiza, quienes, convocados por Rodrigo para luchar contra el ejército musulmán, llegaron a un acuerdo oculto con Tariq y combatieron a su lado.
El desembarco del ejército islámico, constituido, según parece, por entre 12 000 y 18 000 hombres transportados en embarcaciones de comercio de la zona, tuvo lugar en los alrededores de Gibraltar a finales de la primavera del 711. Rodrigo, que combatía a los vascones en el norte del reino, volvió a toda prisa a hacer frente a esta agresión, y sufrió una derrota completa a finales del mes julio, favorecida, si seguimos la interpretación de algunos textos, por esa deserción de los hijos de Witiza de la que hablaba Ibn al-Qutiyya.
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| Restos de las Termas de Antonino en Cartago (Túnez) |
Esta batalla, donde es probable que el rey cristiano perdiera la vida, tuvo lugar en Wadi Lakko, Guadalete, cerca de Algeciras, y produjo el derrumbamiento en cadena de las estructuras políticas visigodas.
A este choque campal le siguieron una serie de expediciones contra los principales núcleos urbanos que articulaban la administración del reino, y que fueron cayendo, uno tras otro, en manos de los conquistadores. Córdoba y Toledo, por ejemplo, cayeron en esa primera expedición de Tariq, mientras que otras ciudades como Mérida que ofreció una importante resistencia o Sevilla caerían poco tiempo después, cuando el propio Musa, a principios del verano del 712, cruzó el Estrecho con un nuevo ejército para hacerse cargo de las operaciones.
Así, entre el 711 y el 714, las tropas musulmanas ocuparon metódicamente la región, aparentemente sin grandes dificultades. En el año 713, en medio del proceso de conquista, Musa llegaba a Toledo para reunirse con Tariq, quien, después de sus victorias en el sur, se había dedicado a someter el norte de la península.
El gobernador de Ifriqiya habría colmado de reproches a su subordinado, quizá por no haberle esperado para proseguir con la conquista, privándole así de un importante botín. En este contexto se sitúa el legendario episodio de la llamada «Mesa de Salomón», símbolo de todos los tesoros que aguardaban en Hispania a sus nuevos señores. Poco después Musa sería convocado en Damasco y castigado por el califa Sulayman (r. 715-717), debido también a cuestiones relacionadas con el botín.
Aunque en el cuadrante nororiental hubo algunos focos de resistencia de los que tenemos noticia debido a la evidencia numismática dado que conocemos monedas acuñadas por un tal Agila en Zaragoza, Gerona y Narbona, en el año 718 los conquistadores habían completado su dominio sobre toda la península, proyectándolo incluso más allá de los Pirineos durante varias décadas.
En el 716 la capital se había ya establecido en Córdoba, y habían comenzado a acuñarse una serie de monedas de oro (dinares) bilingües en latín y árabe donde por primera vez aparecía el nombre de al-Ándalus. Cuatro años antes, en el 712, habían aparecido ya unos sólidos áureos con el credo islámico escrito en latín (non deus nisi Deus) y fechadas por la era islámica (hégira).
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| Nave central de la sala de oración de la mezquita de Uqba |
Como toda conquista, la de al-Ándalus tuvo un importante carácter violento, aunque este se manifestase en muchas ocasiones a través del importante factor coercitivo que la presencia militar impone. No obstante, esto no fue obstáculo para que los pactos entre conquistadores y miembros de la aristocracia indígena estuvieran muy extendidos.
De hecho, esta fue la regla más que la excepción. Por ejemplo, buena parte de los territorios del sudeste peninsular pasaron a ser conocidos en época andalusí con el nombre de Tudmir, como consecuencia del pacto firmado por un noble visigodo llamado Teodomiro con ‘Abd al-Aziz, hijo de Musa b. Nusayr. A cambio del pago de unos determinados impuestos, este aristócrata pudo mantener sus dominios.
Asimismo, parece que una hija de este Teodomiro se habría casado con un miembro del ejército árabe, dando origen a un linaje que habría de mantener una fuerte presencia en la región. Sin duda, la frecuencia de matrimonios mixtos y la creación de estos linajes con una potente implantación territorial es una de las claves que explican la conquista.
En este sentido, uno de los episodios más célebres pero también dudosos de la formación de al-Ándalus es el presunto matrimonio de ‘Abd al-Aziz b. Musa con la viuda del rey Rodrigo algunas fuentes dicen que con su hija, lo que le habría hecho apropiarse de símbolos de la realeza ajenos a la tradición islámica como la corona. En consecuencia, habría sido asesinado, en marzo del 716, por algunos jefes del ejército conquistador.
¿Una empresa fortuita o planificada?
A pesar de que la primera expedición, capitaneada por Tariq, se llevó a cabo con los medios marítimos disponibles, probablemente comerciales, esto no quiere decir que no existiese la intención de conquistar Hispania ni que esta empresa se produjese de forma fortuita.
De hecho, la llegada de Musa con un segundo ejército en apoyo de su subordinado parece que contó con una minuciosa planificación, e incluso hay fuentes que nos hablan de la utilización de una flota tunecina que, en principio, había sido fletada para combatir a los bizantinos en el Mediterráneo central. No es casualidad que, entre los años 710 y 720, se suspendieran las razias efectuadas desde Ifriqiya a Sicilia. Parece que todos los esfuerzos estaban puestos en la ocupación de al-Ándalus.
La emisión durante los años 709-711, en Tánger, de monedas de bronce (feluses) con leyendas relacionadas con el yihad, y que parecen acuñadas para pagar la soldada de las tropas que iban a tomar parte en la conquista de Hispania, es otro interesante indicio del carácter relativamente planificado de este proyecto, que sin duda hay que encuadrar en el marco imperial de la expansión del califato omeya.
Estas monedas, además del nombre de Mahoma, el enviado de Dios, llevaban inscritas la siguiente frase: «contribución en el camino de Dios». Esta sentencia puede vincularse a la idea de la lucha en la senda de Alá, lo que daría una pátina religiosa a la ocupación de al-Ándalus.
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| Derrota de las tropas de don Rodrigo en la batalla de Guadalete (711) |
Las motivaciones de los conquistadores, no solo de Hispania sino de todo el territorio ganado para el islam, tendrían, sin duda, mucho que ver con cuestiones pragmáticas como el incremento de poder y de riquezas, pero es más que probable que el sentimiento religioso y el deseo de expansión de la fe entendida como verdadera desempeñasen un importante papel.
Por ejemplo, recientemente se han encontrado en la península arábiga grafitis, a caballo entre el siglo VII y VIII, que ya contenían claras referencias tanto a un yihad bélico como a la idea de martirio.
La conquista de al-Ándalus debe, por tanto, inscribirse en la fase de recuperación de la política de expansión del califato omeya de Damasco, contexto en el que también se produjo la expansión hacia Oriente. En el año 713, por ejemplo, se alcanzaría el delta del Indo.
Esta fase del Imperio omeya, llamada marwaní, se caracterizó por una centralización del poder y una alta eficacia de su administración, rasgos que se pueden observar en la ocupación de Hispania a través de elementos como las acuñaciones monetarias, y que se estaban produciendo, de manera similar, en todo el califato. Por otro lado, y al igual que en gran parte del orbe islámico, la conquista se produjo de manera rápida, y los pactos con las élites indígenas fueron más habituales que la aplicación de la fuerza.
Tartessos
J.M.S
miércoles, diciembre 21, 2022
Arqueologia
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Tartessos: el enigma del reino perdido de la península ibérica
El origen de la enigmática cultura orientalizante del sur de la Península Ibérica ha dado pie a un sinfín de hipótesis, ¿eran fenicios o tal vez sean la Atlántida perdida de Platón? Lo más probable es que se trate de una cultura local.
La mayoría de historiadores lo tiene claro: el primer autor que mencionó a Tarsis se estaba refiriendo a las relaciones comerciales que los israelitas mantenían con Tartessos, el reino situado más allá de las columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar), en el Bajo Guadalquivir, que rigió el mítico rey Argantonio. Desde esta primera mención, el aura enigmática en torno a Tartessos no se ha desvanecido. Viajeros, filólogos y arqueólogos se han lanzado durante decenios a la búsqueda de los restos de aquella civilización que floreció entre los años 1000 y 500 a.C., para desaparecer luego y caer en un olvido silencioso que ha durado hasta hace poco, inmersa en una nebulosa de incertidumbres y conjeturas.
Tartessos y la Atlántida
El interés por la misteriosa Tartessos se remonta a la Antigüedad. Diversos historiadores y viajeros griegos de los siglos VI al IV a.C. dejaron constancia de lo que se sabía, o creía saberse, sobre aquella civilización. Tal fue el caso de Hecateo de Mileto, de Heródoto y, sobre todo, de Avieno, que en su Ora marítima hablaba de un río llamado Tartessos que ceñía la isla en la que se encontraba la ciudad, también denominada Tartessos. Otro autor del siglo IV a.C., Eforo, se refería igualmente a "un mercado muy próspero, la llamada Tartessos, ciudad ilustre, regada por un río que lleva gran cantidad de estaño, oro y cobre de Céltica".
A todos ellos se sumó una referencia aún más intrigante, la de la Atlántida cantada por Platón en sus Diálogos, particularmente en el Timeo, y que muchos no dudaron en identificar con Tartessos. ¿A qué, si no, podría aludir Platón cuando describe la Atlántida como "una gran isla, más allá de las columnas de Heracles, rica en recursos mineros y fauna animal"?
Incluso arqueólogos contemporáneos han creído hallar los restos de la Atlántida en la región tartesia. Pero, de momento, se trata de una conexión imposible, basada más en las fabulaciones que en las certezas. Tal es caso de la tesis del francés Jacques Collina-Girard, que ubicó en 2001 la Atlántida en la isla Espartel, a medio camino entre Cádiz y Tánger; y de los avistamientos de Rainer Kuehne, quien en 2004 dijo haber localizado con imágenes aéreas los vestigios del templo de "plata" consagrado a Poseidón y el templo "dorado" levantado en honor a Cleito en la Marisma de Hinojos, cerca de Cádiz.
Al margen de la cuestión de la Atlántida, el primer autor que intentó localizar con exactitud Tartessos fue un filólogo, Antonio de Nebrija, responsable de la primera gramática castellana. En 1492, Nebrija identificó Tartessos con el río Betis (Guadalquivir) y con el paisaje de brazos marinos que formaba el río en su desembocadura. Pero las conjeturas de Nebrija, emitidas desde la intuición, no contaban con ningún tipo de respaldo arqueológico.
Tras las riquezas de Argantonio
La investigación arqueológica se hizo esperar hasta el siglo XIX. El primero que removió las entrañas andaluzas en busca de Tartessos fue George Bonsor, un pintor anglofrancés que quedó fascinado por los paisajes de Andalucía y que, desde la década de 1880, cambió lienzo y acuarela por pico y pala en cuanto comprobó el potencial arqueológico que se extendía bajo sus pies. Nadie le había enseñado a excavar, pero su ilusión pudo más que su bisoñez. Bonsor recuperó un alijo de piezas tartésicas en diversas necrópolis sevillanas como las de Cruz del Negro, Carmona, Setefilla y Cerro del Trigo.
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| Bronce tartésico conocido como «Bronce Carriazo» |
A Bonsor lo siguió el alemán Adolf Schulten, gran impulsor de la investigación en el yacimiento de Numancia, de donde salió enemistado con las autoridades culturales españolas. Schulten quería seguir el ejemplo de su compatriota Schliemann, que había desenterrado Troya gracias a su fe en las fuentes clásicas. La Ora marítima de Avieno sería para Schulten lo que la Ilíada había sido para Schliemann; y el Coto de Doñana haría las veces de colina de Hissarlik, en Turquía, donde Schliemann encontró, en 1873, la Troya cantada por Homero.
Schulten pretendía demostrar que Tartessos yacía en las Marismas de Doñana y pasó a la acción con la ayuda de Bonsor. Se hizo con las herramientas necesarias y dirigió la ambiciosa aventura de localizar allí Tartessos. Pero al final lo único que encontró fueron unas ruinas de época romana en el llamado Cerro del Trigo. Schulten fracasó, pero su contribución no dejó por ello de ser importante. Su obra Tartessos, publicada en 1924, sirvió para ordenar todos los conocimientos que se tenían sobre la antigua civilización del Guadalquivir y constituyó el punto de partida de investigaciones posteriores.
El tesoro del Carambolo
Todos los testimonios legados por las fuentes se refieren a Tarsis o Tartessos como una civilización de alma metalúrgica: "El más elegante de los mercados, la ciudad del oro y la plata...". Tanto es así que Argantonio, el rey tartesio por antonomasia, lleva la plata (Arg-) incorporada a su nombre.
Pero la literatura se elevó a certeza arqueológica el 30 de septiembre de 1958, el día en que una cuadrilla de obreros que trabajaban en un terreno de un club de cazadores de Sevilla –la Real Sociedad de Tiro al Pichón–, en la localidad de Camas, cuatro kilómetros al oeste de Sevilla, hizo un sensacional descubrimiento: un recipiente de barro en cuyo interior aparecieron 16 placas, dos brazaletes, dos pectorales y un collar. Todas las piezas eran de oro macizo y pesaban casi tres kilos. Después de analizarlas, el arqueólogo Juan de Mata Carriazo concluyó que era "un tesoro digno de Argantonio".
El hallazgo del tesoro de El Carambolo (se lo llamó así por el cerro de 91 metros de altura, de este nombre, en el que se encontró) alborotó los foros científicos cuando muchos se resignaban ya a una Tartessos virtual. El Carambolo se convirtió en la imagen de cabecera de la cultura tartesia y Juan de Mata Carriazo, en el padrino del descubrimiento. Durante tres años, Mata Carriazo excavó el yacimiento que representaba a la Tartessos tangible. Desenterró muros, estudió cerámicas, cotejó niveles estratigráficos y demostró, por fin, que Tartessos no era una alucinación de los autores de la Antigüedad.
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| Tesoro de El Carambolo, Museo Arqueológico de Sevilla |
De este modo, los estudiosos pudieron definir un mapa de la civilización tartesia, que se extendía por la mitad sur de la Península. Diversos yacimientos quedaban, así, asociados con Tartessos: en la provincia de Huelva, los de La Joya y el Cabezo de San Pedro; en la de Sevilla, El Gandul y Carmona; en Córdoba, La Colina de los Quemados; en Bajadoz, Medellín y Cancho Roano, e incluso en Portugal se considera tartesio el yacimiento de Alcácer do Sal. También cabe incluir en el área tartesia la localidad gaditana de Mesas de Asta, la Asta Regia romana. El término Regia es una interesante pista sobre el tipo de organización política del mundo tartésico; investigadores como Manuel Bendala sospechan que alguna élite tartésica gobernó estas tierras antes de que Roma le pusiera nombre.
En años recientes, la cuestión que más debate ha suscitado en torno a la cultura de Tartessos es la de su relación con el mundo fenicio. A partir del siglo VIII a.C., navegantes y comerciantes fenicios fundaron ciudades y factorías en el sur peninsular, especialmente en las provincias de Málaga, Granada, Cádiz, Almería y Alicante; un territorio, pues, muy próximo al de los tartesios, con quienes sin duda los fenicios mantuvieron contactos de todo tipo, tanto económicos como culturales y artísticos.
¿Tartesios o fenicios?
Tradicionalmente, se ha pensado que ambas áreas, pese a la cercanía geográfica y a las relaciones que se establecieron entre ellas, permanecieron sustancialmente independientes una de otra. El territorio nuclear tartesio se ha ubicado tradicionalmente lejos de la costa, mientras que lo fenicio se asocia al litoral andaluz y alicantino. Sin embargo, algunos estudiosos plantean hoy en día que entre tartesios y fenicios se dio una auténtica fusión cultural, hasta el punto de que en términos arqueológicos se hace muy difícil distinguir en muchas ocasiones qué elementos son tartesios y cuáles fenicios.
Ésta es justamente la teoría que mantienen dos arqueólogos sevillanos, Álvaro Fernández Flores y Araceli Rodríguez Azogue, que entre 2002 y 2005 excavaron en el yacimiento de El Carambolo, ampliando la investigación que había llevado a cabo Mata Carriazo décadas atrás. En su opinión, El Carambolo no sería un asentamiento indígena, producto de la civilización tartesia, sino un santuario fenicio, dedicado a la diosa Astarté, que alcanzó su máximo esplendor en el siglo VII a.C. y se abandonó en el siguiente. Una sentencia que reduce Tartessos a atrezzo imaginario y cuya onda expansiva ha sacudido a la comunidad científica.
Ambos autores mantienen que el área de expansión colonial de los fenicios se extendió incluso a Extremadura. Creen que los objetos bautizados como tartésicos (entre ellos, el propio tesoro de El Carambolo) son la expresión colonial de un pueblo semita que se asentó en Cádiz allá por el siglo X a.C. para luego expandirse por la costa y el interior peninsular. De esta forma, El Carambolo sería un santuario fenicio, resultado de un cierto "mestizaje" entre lo semita y lo local. Se podría comparar con la colonización española de América tras la llegada de Cristóbal Colón. Si uno contempla la huella dejada por los españoles en catedrales o iglesias de América Latina, ¿las catalogaría como obras españolas o locales?
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| Reproducción de la Estela de Bensafrim |
Tartesoescépticos
Un congreso celebrado en Huelva en 2011, dio resonancia a las posiciones de los "tartesoescépticos", aquellos que dudan de que Tartessos pueda ser considerada como una cultura diferenciada. El debate se ha trasladado incluso a las vitrinas del Museo Arqueológico de Sevilla. Allí se exponen, también desde diciembre de 2011, las piezas del tesoro de El Carambolo, que durante décadas habían permanecido a buen recaudo en la caja fuerte de un banco. Pero ahora los visitantes leen una nueva denominación de origen: fenicia.
Sin embargo, para la mayoría de especialistas el dictamen de Fernández Flores y Rodríguez Azogue peca de atrevido. Creen, por el contrario, que en El Carambolo sí se advierten rasgos específicamente tartesios. Una evidencia de ello se encontraría en el altar con forma de piel de toro que ha aparecido en el epicentro del recinto sagrado, la misma forma de los pectorales del tesoro de El Carambolo. En ningún santuario fenicio se encuentran altares con este perfil; únicamente en territorio hispano.
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| Maqueta de Cancho Roano |
Otros altares del área tartesia tienen la misma forma que el hallado en el Carambolo, como los de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) y Cerro de San Juan (Coria del Río, Sevilla). Cuenta el mito griego que Hércules, después de matar al gigante Gerión –el primer rey de Tartessos, según la leyenda–, se apropió de su rebaño de toros rojos, en el que fue el décimo de los doce trabajos atribuidos al héroe griego. Así, pues, el toro es el salvoconducto de Tartessos para no arder en la pira de las invenciones históricas.
El primer autor que intentó localizar con exactitud Tartessos fue un filólogo, Antonio de Nebrija, responsable de la primera gramática castellana
Algunos arqueólogos contemporáneos han creído hallar los restos de la Atlántida en la región tartesia.
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Pectoral de oro en forma de piel de toro, procedente de El Carambolo |
La obra de Schulten sirvió para ordenar todos los conocimientos que se tenían sobre la antigua civilización del Guadalquivir
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La invasión bárbara en Hispania
La invasión bárbara en Hispania
Alanos, suevos y vándalos fueron las primeras tribus en atravesar los Pirineos. A finales del siglo V, Roma ya había perdido Hispania.
Todo había empezado el día de Nochevieja del año 406, cuando una horda de hombres y mujeres cruzó el Rin. Lo habían intentado varias veces sin conseguirlo y esta vez sí lo lograron, muy probablemente gracias a que las aguas estaban heladas.
Fue fácil para el nutrido contingente, del que se desconoce su número puede estimarse en torno al cuarto de millón de personas entre guerreros, hombres de las más diversas actividades y edades (desde herreros a artesanos), mujeres y muchos niños, derrotar a los escasos y desmoralizados mercenarios francos que custodiaban el limes y que llevaban años sin cobrar la soldada del Imperio.
A continuación, el grupo se desbordó sobre la Galia romana. Se trataba en realidad de tres pueblos: los suevos, en su mayoría agricultores y cuya procedencia geográfica pudiera haber sido el entorno costero del Báltico, pero que ya se habían asentado en la parte alta del Danubio empujados por la presión de otros pueblos; los vándalos, guerreros muy belicosos procedentes de las actuales Alemania y Polonia, movidos por el hostigamiento continuo de los godos, y los misteriosos alanos.
Aunque los otros dos eran de origen germánico, este último pueblo procedía de las tierras cercanas al mar de Azov, en la actual Ucrania, y se autodenominaban en su lengua 'alanos', es decir, 'arios', como al parecer demostraban sus características físicas: altos y rubios.
Tribus nómadas de costumbres guerreras, ya habían constituido una amenaza para el Imperio parto, en la actual Irán, cuando eran conocidos como escitas, y su habilidad guerrera los había llevado a derrotar a medos y armenios.
Aunque su origen étnico era similar al de los aún más belicosos hunos, en el siglo IV los alanos se vieron obligados a desplazarse hacia el Cáucaso y la actual Polonia, donde parece que se fusionaron con algunos pueblos eslavos.
Separados luego en dos grupos, los alanos occidentales se unieron a otros pueblos bárbaros germánicos, como suevos y vándalos, para invadir la Galia romana en el año 406, sembrando a su paso destrucción y muerte.
Asentados, pero nunca pacíficos
Detenidos en los Pirineos gracias a la firmeza del ejército reclutado por los hermanos hispanorromanos Dídimo, Veridiano, Lagodio y Teodosio (parientes del emperador Teodosio), lograrían atravesar la cordillera tres años más tarde, en el otoño de 409, a través de la calzada romana de Roncesvalles.
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| Sólido de oro de Constantino III |
Siguieron dos años de caos y anarquía hasta que, en 411, el poder romano aceptó a los invasores de Hispania como federados del Imperio, articulados en un foedus o tratado de federación por el que se les concedieron la Lusitania y la Cartaginense.
Pero, así como los suevos buscaban tierra y al obtenerla se quedaban inicialmente tranquilos, para vándalos y alanos la posesión de un territorio no significaba la paz, y continuaron con sus costumbres de nomadismo y saqueo, dedicados en sus 'ratos libres' a la caza y a la crianza de perros de presa o de guerra –hoy llamados alanos españoles– que usaban para el combate o para cazar osos.
Prosigue el obispo Hidacio: "Asoladas las provincias de España, los bárbaros, resueltos por la misericordia de Dios a hacer la paz, se reparten a suertes las regiones de las provincias para establecerse en ellas: los suevos ocupan la Galicia, situada en la extremidad del mar Océano; los alanos la Lusitania y la Cartaginense, y los vándalos llamados silingos, la Bética.
Los hispanos que sobrevivieron a las plagas en las ciudades y castillos se someten a la dominación de los bárbaros, que se enseñoreaban de las provincias". La situación de Hispania no podía ser más caótica.
👉👉👉 J.M.S
Historia de al-Ándalus
Historia de al-Ándalus
En el siglo VII, los musulmanes habían comenzado una rápida conquista en la que ocuparon Oriente Medio y el norte de África, llegando a la península ibérica a principios del siglo siguiente, en el marco del último proceso expansionista del Califato Omeya de Damasco.
Emirato dependiente (718-756)
En el año 711, el Reino Visigodo fue dividido entre dos candidatos luchando por el título de Rey de los Visigodos después la muerte de Witiza en 710: Roderigo, nieto de Chindasvinto y dux de Betica quién fue elegido por la nobleza visigoda en Toledo, y Agilla II del Ducado de Tarraconense. En este mismo año, tropas del Califato Omeya, compuestas por árabes y bereberes, cruzaron el estrecho de Gibraltar dirigidos por Tariq, lugarteniente del gobernador del Norte de África, Musa ibn Nusayr. En principio Tariq se atrincheró en el peñón que recibiría después su nombre Chabal Tariq, (Gibraltar), a la espera de la llegada del grueso de sus tropas. Sólo entonces inició su ofensiva con la toma de Carteia (Cádiz), después de lo cual se dirigió al Oeste e instaló su base de operaciones en Al-Yazirat Al-Hadra, (en árabe: الجزيرة الخضراء) lo que hoy es Algeciras.
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| Invasión de la península ibérica por los ejércitos musulmanes. |
En ese mismo año Tariq vence a los visigodos en la trascendental batalla de Guadalete, y tras dar remate a lo que quedaba del ejército rival en Écija emprende una rápida conquista, primero en dirección a Toletum (Toledo), y posteriormente hacia Caesar Augusta (Zaragoza). Hacia el 718 la península ibérica, salvo las zonas montañosas del norte habitadas por vascones, cántabros y astures, estaba en manos del Califato Omeya.
Desde 716 la Península fue dirigida desde Qurtuba, Córdoba, por un gobernador (wali) nombrado por el califa de Damasco. Los primeros gobernadores aparte de organizar el estado islámico y asentar a inmigrantes árabes, sirios y sobre todo bereberes, llevaron a cabo expediciones contra el reino franco hasta que después de la batalla de Poitiers en el 732, los francos emprendieron diversas campañas que expulsaron a los musulmanes de las tierras situadas al norte de los Pirineos hacia el 759.
En el territorio de al-Ándalus, los musulmanes respetaron a la población cristiana y judía a cambio de un tributo, por pertenecer a una de las religiones abrahámicas, que los dotaba de un estatus determinado, la dhimma. En el caso de los cristianos si no pagaban tributo eran condenados a muerte1. Este establecía que, aunque no formaran parte de la umma, comunidad islámica, quedarían protegidos, tendrían sus jueces y conservarían sus ritos. Estas circunstancias motivaron una política de pactos de capitulación donde muchos aristócratas visigodos pudieron conservar propiedades e incluso cierto grado de poder mediante nuevas fórmulas, como es el caso de Teodomiro (en árabe: تدمير Tūdmir), gobernador de la Provincia Carthaginense, que tras un acuerdo gobernó a título de rey un territorio cristiano visigodo autónomo dentro de al-Ándalus, denominado kora de Tudmir.
Este hecho, unido a que una parte de la población, cristianos unitarios y hebreos sobre todo, vieran con buenos ojos el nuevo poder musulmán que los libraba de la dura opresión que los visigodos habían ejercido contra ellos, podría explicar la rapidez de los moros.
La composición social de al-Ándalus fue muy compleja y varió a lo largo de su historia; por un lado se encuentran los que pertenecían a la comunidad islámica, Umma, que se dividían en libres y esclavos y étnicamente en árabes, sirios, bereberes, muladíes (cristianos conversos al Islam y sus descendientes) saqalibas (de origen eslavo y que podían ser esclavos o libres), y también esclavos provenientes de África, aunque estos nunca llegaron a constituirse como un grupo social diferenciado. Entre los que no pertenecían a la Umma estaban los judíos y los mozárabes (cristianos de al-Ándalus).
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| Dinar omeya de 716-717. |
Musulmanes
- árabes
- bereberes
- sirios
- saqalibas
- muladíes
No musulmanes
- judíos
- mozárabes
En el año 750, en Damasco, la familia de los abasídas desplaza a los omeyas del poder, matando a todos sus miembros excepto a Abderramán I, y trasladan el poder a Bagdad.
Emirato de Córdoba (-929)
En 756 Abderramán I huye a la península ibérica y consigue que ésta se separe del poder de Bagdad, haciendo que Córdoba se convirtiera en un emirato independiente. En la segunda mitad del siglo IX se erige la alcazaba de Madrid como defensa de Toledo.
La creación de los reinos de Asturias y de Pamplona, y de diversos condados en la zona pirenaica por parte de los francos conocidos como la Marca Hispánica (Aragón, Ribargoza, Girona, Barcelona, Osona, Ampurias, etc.), a finales del siglo VIII y primeros años del IX representó la primera reducción del territorio de al-Ándalus. Hasta el siglo XI, las fronteras entre al-Ándalus y los estados cristianos del norte experimentaron pocas variaciones, aunque la lucha entre ellos fue frecuente.
El estado andalusí estaba dirigido por visires (ministros) bajo la dirección del hagib el de más rango de ellos. También se formó un ejército profesional compuesto por mercenarios.
Califato de Córdoba
A comienzos del año 929 (final del año 316 de la hégira), el emir Abd al-Rahman III proclama el califato de Córdoba, y se nombra a sí mismo Emir al-Muminin (príncipe de los creyentes), lo cual le otorga, además del poder terrenal, el poder espiritual sobre la umma (comunidad de creyentes), de este modo se convirtió en el primer califa independiente de la Península. Por otra parte, la naturaleza misma del poder dinástico cambió a causa de este acontecimiento, y el alcance histórico, reconocimiento y adhesión del pueblo a los califas de al-Ándalus fue inmenso.
Este importante acontecimiento histórico encuentra sus fundamentos en la victoria definitiva que el poder cordobés había logrado unos meses antes sobre la interminable revuelta de Omar Ben Hafsún con la toma de Bobastro en enero del 928. Así mismo, se logró el restablecimiento de la autoridad del poder central de Córdoba sobre la mayor parte del territorio y la rendición de las últimas disidencias como la de Badajoz y de Toledo.
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| Interior de la Mezquita de Córdoba. |
Dentro del contexto general del mundo musulmán en los primeros decenios del siglo X, hay otra causa del acontecimiento que es la creación del califato fatimí proclamado en 910 en Qairawan, norte de África, opuesto al abbassí; sin duda ésta fue una justificación implícita de la instauración del título califal en al-Ándalus.
La relación con los reinos vecinos fue tensa; por una parte se encontraba el califato fatimí en las fronteras cordobesas del norte de África; en el año 931, las tropas andalusíes entraron en Ceuta, donde se levantaron fortificaciones importantes. Desde entonces se establecieron tanto en Ceuta como en Melilla guarniciones andalusíes con carácter permanente. El califato omeya desplegó grandes esfuerzos para contener lo mejor posible el avance fatimí, siguiendo en su política de alianzas con las tribus Magrawa-Zanata del Magreb occidental, hostiles a los Sanhaya del centro que sostenían el poder fatimí.
Por el norte se encontraban los reinos cristianos que seguían con sus incursiones en territorio andalusí aprovechando cualquier debilidad del emirato cordobés. En el 932 Ramiro II atacó Madrid y derrotó a un ejército musulmán en Osma en el 933. Aliándose con el poderoso gobernador tuyibí de Zaragoza. Abd al-Rahman III intentó restablecer la situación del lado cristiano organizando una campaña contra el reino de León para restablecer la supremacía musulmana sobre la frontera del Duero. Abd-el-Rahman no alcanzó su objetivo y sufrió una derrota en la batalla de Simancas, seguida de otra en el barranco de Alhándega, aunque estas derrotas no tuvieron, de hecho, graves consecuencias territoriales porque igualmente se consiguieron otras victorias de importancia, los problemas internos paralizaron León y porque el poder cordobés, con su tenacidad, logró mantener una presión lo suficientemente fuerte sobre la frontera, y desplegó un gran esfuerzo para protegerla, edificando nuevas defensas y fortificando las ya existentes.
Abd al-Rahman III mandó edificar en el año 936 la ciudad palatina de Medina Azahara donde se trasladó con su gobierno y la corte.
Cuando llega al poder Al-Hakam II el Califato cordobés se encuentra consolidado tanto en el norte de la Península, con los reinos cristianos bajo vasallaje, como en el Magreb occidental, controlado por el Califato cordobés, bien mediante sus propias tropas, bien por medio de tribus aliadas o sometidas.
A su muerte, Al-Hakam II dejó el trono cordobés a un muchacho de once años sin ninguna experiencia política llamado Hisham, este joven califa contaba con el apoyo de su madre la concubina Subh de Navarra y el ministro Al-Musafi, además de la de un hombre llamado Abi Amir Muhammad, futuro al-Mansur (Almanzor para los cristianos), que mediante intrigas y movimientos políticos va ascendiendo en el poder hasta hacerse con el poder absoluto. Al-Mansur puso en marcha un programa de reformas en la administración civil y militar y supo atraerse a las clases populares con una política de intensa actividad militar contra los cristianos del norte.
Al-Mansur inició una serie de campañas o algaradas que se adentraron en territorio cristiano, llegando hasta Santiago, Pamplona, etc. Esta política provocó que los reinos cristianos crearan una coalición contra al-Ándalus.
Taifas e imperios
- Primeros reinos de taifas
- Almorávide
- Segundos reinos de taifas
- Almohades
- Terceros reinos de taifas
Las taifas (palabra que en árabe significa "bando" o "facción") fueron hasta treinta y nueve pequeños reinos en que se dividió el califato de Córdoba después del derrocamiento del califa Hisham III (de la dinastía omeya) y la abolición del califato en 1031, como consecuencia de la guerra civil.
Finalmente en 1031, se produce la división del califato en reinos de Taifas.
Entre los años 718 y 1230 se forman los principales núcleos cristianos en la península en los reinos de Castilla, Portugal, Navarra y la Corona de Aragón.
En el siglo XIII, se produce un gran avance cristiano gracias a la victoria en la Batalla de las Navas de Tolosa (1212) que provoca que el poderoso imperio almohade entre en decadencia, aprovechando las monarquías cristianas para conquistar grandes territorios y arrasar las principales ciudades.
Reino nazarí de Granada
Queda sólo el Reino nazarí de Granada como último reducto musulmán en la Península, mientras la corona de Aragón inicia una política de expansión por el Mediterráneo y se confirma la unión de Castilla con León.
La Reconquista finaliza en 1492 con la toma de Granada por parte de los Reyes Católicos que lo anexionan a la Corona de Castilla. En este mismo año se produce la expulsión de los judíos y el descubrimiento de América, en nombre de Castilla, por Cristóbal Colón.
| Predecesor: Hispania visigoda | Periodos de la Historia de España Historia de al-Ándalus | Sucesor: Reconquista |
J. M. S.
Guerra de Hispania (416-418)
Guerra de Hispania (416-418)
La guerra de Hispania entre los años 416 y 418 fue un conflicto bélico que enfrentó al Imperio romano de Occidente con los vándalos silingos y los alanos asentados en las provincias hispanas de Bética, Lusitania y Cartaginense. El Imperio no luchó con sus propias tropas sino que utilizó a los visigodos y a los vándalos asdingos quienes combatieron en su nombre como foederati.
Antecedentes
La pérdida de las provincias hispanas
El 31 de diciembre del año 406 una coalición de pueblos bárbaros (alanos, vándalos asdingos, vándalos silingos y suevos) rompieron las defensas fronterizas romanas en el Rin e invadieron la Galia. Tras dos años y medio de saqueos, decidieron cruzar los Pirineos en el otoño de 409 y entraron en la diócesis de Hispania. Aprovecharon para ello que las tropas romanas existentes en ella se encontraban concentradas en la provincia Tarraconense para ser utilizadas en la guerra que enfrentaba a Geroncio con Constantino de Britania.
Durante dos años, los invasores extendieron la destrucción por el resto de las provincias hispanas en la península hasta que, en 411, decidieron repartírselas entre ellos. Los alanos eran el grupo más importante y se quedaron con dos: Lusitania y Cartaginense. A los vándalos silingos, por su parte, les correspondió la Bética mientras que los vándalos asdingos y los suevos se tuvieron que repartir la provincia más pequeña de todas: la Gallaecia.
Tras el reparto, tanto vándalos como alanos intentaron llegar a un acuerdo con el gobierno imperial que legitimase, de algún modo, su asentamiento. Con este objetivo enviaron embajadores a Rávena y solicitaron ser reconocidos como foederati para lo que ofrecieron rehenes y luchar como aliados del Imperio. Solo los vándalos asdingos, los más débiles, tuvieron éxito en ello mientras que los vándalos silingos y los alanos vieron rechazadas sus propuestas.
La guerra gótica y las usurpaciones
Cuando la coalición invasora saqueó Hispania, el gobierno de Honorio no pudo hacer nada para evitarlo ya que solo controlaba la prefectura de Italia y parte del ejército imperial. Además, estaba inmerso en una guerra contra los visigodos y en su propia defensa frente a las usurpaciones de Constantino de Britania, Jovino y Heracliano. Solo tras acabar con ellas pudo reunir a lo que quedaba de tropas en el verano de 413 y concentrar su esfuerzo en acabar con los invasores. Con todo, su capacidad seguía siendo limitada ya que las luchas desde 406 habían reducido los efectivos comitatenses a la mitad.
El primer objetivo fueron los visigodos que, para entonces, controlaban el sureste de la Galia. Flavio Constancio, el general al mando, evitó el enfrentamiento directo y confió en que la falta de suministros los doblegaría. Tuvo éxito en su estrategia porque, con los puertos bloqueados y el interior devastado, Walia se avino a negociar un acuerdo de paz. En él, los visigodos obtuvieron lo que llevaban buscando desde su entrada en Italia varios años antes: un asentamiento legal dentro de las fronteras del Imperio, en el valle del río Garona. A cambio, debían luchar en nombre de Roma contra los invasores que ocupaban Hispania.
Desarrollo
Reconquista de la Cartaginense
| Campañas entre 416 y 418 de los visigodos y vándalos asdingos para recuperar, en nombre del Imperio romano, las provincias de Bética, Lusitania y Cartaginense. |
Los alanos habían recibido dos provincias y se estima que estaban divididos en dos grupos diferentes: el que se asentó en la Cartaginense siguiendo a Respendial y los que lo hicieron en Lusitania bajo el mando de Ataces. Parece ser que la reconquista de la provincia Cartaginense no fue obra de los visigodos sino de los vándalos asdingos. Estos, al mando de su rey Gunderico, se dirigieron al interior peninsular y consiguieron derrotar a los alanos de Respendial cuyos supervivientes se pusieron a las órdenes de su rey y volvieron con ellos a Gallaecia.
Reconquista de Bética y Lusitania
Los visigodos partieron de Barcino (Barcelona) a mediados del año 416. Tenían un particular resentimiento contra los vándalos silingos ya que, durante los años anteriores, estos se habían aprovechado de su escasez de suministros para venderles el trigo a precios desorbitados. Se dirigieron a la provincia de Bética aunque no se sabe con certeza por que medio. Se especula que fue por tierra o bien transportados por mar en barcos de la armada imperial.
Una vez en el sur, comenzaron a hostigar a los silingos y Walia consiguió capturar a su rey Fridibaldo, sin lucha, mediante una estratagema. La batalla entre ambos ejércitos se produjo junto a Calpe occidental (Carteia) donde los visigodos infringieron una severa derrota a los vándalos que sufrieron una gran cantidad de bajas. Los vencedores pasaron el año 417 expulsando de la provincia a los invasores que quedaban quienes huyeron hacia el norte con sus familias para refugiarse dentro del territorio de los asdingos.
El siguiente objetivo fueron los alanos de Ataces. Los visigodos avanzaron hacia el norte y entraron en su territorio. En el 418 se produjo el choque contra el ejército alano y su rey murió durante el combate. Al igual que habían hecho el otro grupo de alanos y los silingos, los supervivientes optaron por no elegir a un nuevo líder y huyeron hacia el territorio asdingo para unirse a ellos.
Final de la guerra y consecuencias
Tras la derrota de los alanos, Flavio Constancio ordenó a los visigodos detener la campaña ese año 418 y dirigirse a la Galia donde se les concedió un asentamiento en la provincia de Aquitania Segunda y en el valle del río Garona. La guerra no continuó contra los invasores asentados en Gallaecia: el Imperio mantuvo el acuerdo de alianza con los asdingos mientras que los suevos, finalmente, tampoco fueron molestados.
El Imperio consiguió recuperar las provincias perdidas y restablecer su administración en ellas. Para el año 420 ya se tiene constancia de la existencia de un vicario para Hispania llamado Maurocelo. Sin embargo, la paz duraría poco. Los asdingos vieron aumentada considerablemente su fuerza militar de tal manera que, al siguiente año 419, intentaron expandir su territorio a costa de los suevos y provocaron una guerra entre ellos. Tras su fracaso, huyeron hacia el sur, se adueñaron de la Bética y derrotaron a los romanos en el año 422.
J. M. S.
Hispania visigoda
Hispania visigoda
La Hispania visigoda es la denominación del período histórico que abarca el asentamiento del pueblo visigodo en la península ibérica, entre mediados del siglo V y comienzos del siglo VIII.
Historia
Las invasiones germánicas en Hispania
Desde el siglo III al V, dos pueblos germánicos habían cruzado la península ibérica, los suevos y los vándalos, así como un pueblo iranio los alanos, que existe todavía en Osetia, en las montañas del Cáucaso. Hacia el 409 o 410, se tienen noticias de la entrada por los Pirineos de un número no determinado de suevos (unos 30.000 aunque no hay consenso entre los historiadores), el pueblo germánico de mayor complejidad cultural, ocupando el noroeste de la península, lo que es Gallaecia, con capital en Braccara Augusta, la actual Braga (Portugal).
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| Fíbula aquiliforme visigótica de Alovera hecha en bronce y pasta vítrea del siglo VI, procedente de Alovera (Guadalajara) |
El cronista Hidacio, hablando sobre todo de la ocupación de la Gallaecia por los suevos, habla de todo tipo de atropellos y brutalidades:
Los bárbaros que habían penetrado en las Españas las devastan en lucha sangrienta [...] Desparramándose furiosos los bárbaros por las Españas, y encrueleciéndose al igual el azote de la peste, el tiránico exactor roba y el soldado saquea las riquezas y los mantenimientos guardados en las ciudades; reina un hambre espantosa, y las fieras destrozan hasta a los hombres más fuertes.(C. Sánchez Albornoz y A. Viñas: Lecturas históricas españolas.)
No obstante, los historiadores actualmente consideran que las fuentes de la época deben ser miradas con prudencia, analizando no sólo lo que se escribe sino también la finalidad que perseguía el autor en su época con dicha obra, debiendo someterlas a un enjuiciamiento crítico.
Galicia fue ocupada no sólo por los suevos, sino también por vándalos asdingos. Los alanos se desplazaron hacia la Lusitania y la Carthaginense. Con los vándalos silingos en la zona de la Bética, solo quedaba en poder del Imperio romano la provincia de la Tarraconense. Precisamente para poder recuperar el dominio perdido en la península ibérica, el imperio pacta con el rey godo Valia para que sean ellos quienes defiendan los derechos de Roma frente a estas tribus germanas. Así pues, en el 416 los visigodos penetran como aliados de Roma, a través de un foedus, derrotando a los alanos y a parte de los vándalos, con lo que el Imperio recupera el control de las regiones más romanizadas (la Bética y el sur de la Tarraconense).
El emperador Honorio en el 418 los aleja del rico Mediterráneo, recolocándolos en la Aquitania. Los suevos ocuparon entonces buena parte de la península, con capital en Emérita Augusta, la actual Mérida. Los vándalos los derrotaron en Mérida pero, hacia 429, pasaron a África. Los alanos ocuparon el centro y el este de la Península, y acabaron siendo absorbidos por la población hispanorromana.
En esta situación el Imperio romano de Occidente había recuperado el dominio al menos nominal de la Península, excepto la zona dominada por los suevos, que afianzaban su reino en el occidente. Hacia el año 438 el rey suevo Requila emprende una decidida actividad de conquista del resto de Hispania, adueñándose de la Lusitania, la Carthaginense y la Bética. Su sucesor, Requiario, aprovechará las perturbaciones del movimiento bagauda para avanzar hacia la zona de Zaragoza y Lérida. Tal acción impulsó al Imperio romano a pedir nuevamente a los visigodos, a través de su rey Teodorico II, la ayuda precisa para controlar Hispania. Las tropas visigodas cruzan los Pirineos y en el 456 capturan al rey Requiario, quedando el resto de los suevos en el territorio comprendido de la Gallaecia en las actuales Galicia, parte de Asturias y León y mitad norte de Portugal. El reino suevo se mantuvo independiente hasta finales del siglo VI. El resto de la península queda en manos visigodas, pasando a formar parte del Reino visigodo de Tolosa, con capitalidad en Tolosa (Toulouse, actual Francia). Las oleadas de conquista se sucederán con posterioridad, pero ahora para ocupar espacios donde domina todavía el Imperio romano.
En el año 476, los visigodos ya se habían asentado en la península ibérica y en el 490 termina el grueso de las migraciones desde el norte.
El convulso siglo VI
Los visigodos no controlaban toda la península ibérica. En la parte noroeste estaba el reino de los suevos. Toda la cornisa cantábrica desde la cordillera hasta el mar, zona poco romanizada, estaba dominada por astures, cántabros y vascones. La monarquía visigoda conoció un momento de debilidad durante el siglo VI. Al menos dos reyes son asesinados sucesivamente, Teudiselo y Agila I, y en distintas zonas de la península se producen sublevaciones de terratenientes contra la autoridad real (Córdoba, Sevilla y Mérida, estas dos últimas capitales del reino).
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| Extensión del Reino Visigodo hacia principios del siglo VI |
A finales de 552 el emperador Justiniano I ya había finalizado la campaña de conquista del reino ostrogodo, accediendo ese mismo año a la petición de ayuda formulada en el 551 por el rebelde visigodo Atanagildo a cambio de una franja costera desde Alicante hasta la costa sur-atlántica portuguesa, incluyendo el norte de África y las Islas Baleares. El nuevo territorio conquistado se denominó Provincia de Spania, y se estableció su capital en Carthago Spartaria, la actual Cartagena, controlando buena parte del Mediterráneo hispano y el estrecho de Gibraltar, y con ello el comercio. La colaboración oriental fue decisiva para decantar la guerra civil en el reino peninsular hispano a favor de aquel candidato frente a Agila. Pero la compensación territorial nunca fue plataforma para la conquista de la antigua Hispania. De hecho, las zonas concedidas en 552 comenzaron a menguar en las décadas siguientes, especialmente durante el reino de Leovigildo, hasta su desaparición hacia el 624 ya en época del rey Suintila.
Al final del reinado de Teudis se trasladó la capital a Toledo y con Atanagildo se consolidó dicho traslado. Gracias a la decidida acción política de Leovigildo (573-586) se produjo en la segunda mitad del siglo VI un fortalecimiento de la monarquía, con logros en diversos campos. Consiguió cierto nivel de estabilidad de la monarquía con reformas monetarias, restableciendo el control soberano sobre territorios que se habían declarado independientes en la segunda mitad del siglo VI, la conquista del reino suevo, así como contra las instalaciones bizantinas, muchas de las cuales pasaron de nuevo a manos visigodas.
No obstante, la pretensión de Leovigildo de unificar sus reinos religiosamente, con base en el arrianismo, fracasó. Vivió sus peores horas con la sublevación de su hijo Hermenegildo en el sur, convertido al catolicismo. Hasta el 584 no se restaurará la paz con la derrota del hijo a manos del padre. Su hijo y sucesor Recaredo (586-601), hermano de Hermenegildo, logró esa unidad religiosa, pero tomando como base el catolicismo. En el trascendental III Concilio de Toledo el rey y Baddo, su esposa manifestaron su conversión. Se considera que, tras esta conversión, la cultura visigótica en Hispania alcanza su cénit.
Los oscuros años del siglo VII
La relativa paz que se respiraba con Leovigildo y Recaredo, se ve truncada nuevamente. Se suceden Liuva II, Witerico, Gundemaro y Recaredo II y de ellos, el que no es asesinado, incluso siendo menor de edad, muere en extrañas circunstancias. Únicamente Suintila (621-631), gran general, termina por expulsar a los bizantinos en el 620.
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| Reino visigodo durante Leovigildo, año 586 |
Recesvinto (649-672) será reconocido por su labor legislativa de corta duración (Liber Iudiciorum), mejorada por Wamba, pero que influirá de manera notable en los fueros locales a partir del siglo X.
La caída del Reino visigodo
En una carta al rey Etelredo de Mercia, fechada en el 746-747, san Bonifacio atribuía el derrumbamiento del reino visigodo a «la degeneración moral de los godos». Para E. A. Thompson, que es quien comenta esto en el prólogo de Los godos en Hispania (1969), «no es en absoluto evidente que la moderna investigación, en el punto en que se encuentra, haya profundizado mucho más».
En cualquier caso, según la historia clásica, hacia el 710 se suceden los enfrentamientos por el trono tras la muerte de Witiza. Los pretendientes a la corona, Roderico (conocido como don Rodrigo) y Agila II, el primero en el sur y el segundo en el norte de la península, se sitúan en posiciones extremas. Se conviene en que Witiza había pactado antes de su muerte la conquista musulmana de la península ibérica para el control del reino. Otros sostienen que fue Agila II, pero mantienen que las fuerzas del Califato Omeya, tras haber conquistado el norte de África, cruzan el estrecho de Gibraltar y conquistan Toledo, venciendo y matando a Rodrigo en la batalla de Guadalete (o de la Laguna de la Janda). Su entrada es imparable y dos años más tarde sitian Zaragoza.
Por medio de una serie de capitulaciones, un noble visigodo perteneciente a los círculos palatinos, Teodomiro, consiguió mantener durante unas décadas más, una considerable autonomía en el Reino de Tudmir, un vasto territorio en torno a la ciudad de Orihuela, en las actuales provincias de Murcia y Alicante.
La historiografía clásica da por cierto que varios nobles visigodos, entre ellos Don Pelayo así como una parte de la población visigoda que huía de los musulmanes, escaparon hacia el norte de la península, concretamente a Asturias, poblada por los Astures de origen celta, fuera del control musulmán, aunque podría haber habido un gobernador en la zona de costa ( actual Gijón), Munuza, pero nunca llegaron los musulmanes a dominar las montañas, que sí sirvieron de refugio a los resistentes cristianos, y uno de ellos, un oficial de Roderico, que estuvo en la batalla de Guadalete en el año 711 llamado Pelayo, consiguió derrotar el 722 a una expedición de conquista musulmana en la batalla de Covadonga. Don Pelayo que ahora tenía la colaboración de los Astures, antiguos enemigos de los visigodos, que intentaron someterlos, fue elegido príncipe de los astures y así se convirtió en el primer rey de Asturias, y se conseguirá la creación de un pequeño pero férreo núcleo de resistencia que dará lugar a la Reconquista y a la formación de los primeros reinos cristianos. Por otro lado sobre la batalla otros historiadores dudan y desconocen la localización exacta del lugar de la escaramuza, tampoco han logrado averiguar la fecha concreta, que abarca un período incluido entre los años 718 y 722. La Reconquista.estuvo presente por escrito a partir de la Crónica albeldense (Chronicon Albeldense o Codex Conciliorum Albeldensis seu Vigilanus) (año 833), supone una de las escasas fuentes conservadas de estudio del periodo final de la monarquía hispanovisigoda, la invasión y asentamiento del poder Omeya en la península, y la génesis del Reino de Asturias, la historiadora franco-belga Adeline Rucquoi, dice: La Reconquista es una realidad y tiene su historia.
Para el siglo IX toda la península, a excepción del mencionado norte peninsular, quedaría bajo el dominio musulmán. Existen otras teorías minoritarias para explicar el fin del reino visigodo sustituido por el predominio musulmán.
Hispania visigótica hacia el año 700, antes de la conquista musulmana de la península ibérica. |
La sociedad de la Hispania Visigoda
E. A. Thompson afirma en su obra fundamental Los godos en Hispania (1969) que «la única fuente continua de información sobre los reinados de los reyes de la península ibérica desde Gesaleico a Liuva I (507-568) es la Historia de los reyes de los godos, vándalos y suevos de San Isidoro de Sevilla».
Aspectos demográficos
En cualquier caso, los godos debieron formar una minoría que se supone que empezaría a estar integrada en la sociedad hispanorromana. Su número no ha sido precisado con exactitud por historiador alguno, pero los cálculos más fiables hablan de entre 150 000 y 200 000 visigodos instalados en la península, sobre una población que no llegaba a los nueve millones, según San Isidoro de Sevilla. Otras fuentes hablan de 80 000-100 000 visigodos sobre una población de seis millones de hispanorromanos.
Recientemente se ha realizado un estudio arqueológico del poblamiento visigodo estimando una cifra para la población visigoda entre 130 000 y 150 000 personas, lo que representaría entre el 3 % y el 4 % de la población total hispana.
Los visigodos se asentaron sobre todo por la zona de la Meseta Norte, especialmente en el centro de la cuenca del río Duero, zona poco poblada y con escasa urbanización.
Este es el tiempo en el que se produce la reutilización de los materiales de construcción romanos para basílicas, iglesias y otras construcciones civiles (véase Arte visigodo).
Se trata de una sociedad que se ha considerado prefeudal o de transición al feudalismo, por concurrir en la misma una serie de características que serían propias de etapas posteriores de la Edad Media y que la diferencian de la Hispania romana. En primer lugar, se produce una paulatina ruralización social, abandonándose las grandes ciudades en algunos puntos y creándose en torno a las villas romanas núcleos de población más reducidos. Por otro lado, se tiende al autoconsumo y se desarrollan lazos de dependencia personal que anticipan el feudalismo. Así, de los reyes dependían como clientes los gardingos. Los nobles, a su vez, tenían a los bucelarios. Y de los grandes propietarios de la tierra dependían los colonos.
Se produjo en esta época una sustitución de la esclavitud por el colonato, como forma de relación en cuanto a la explotación de la tierra, lo cual se había iniciado ya en el Bajo Imperio. Los colonos formaban la amplia masa social. Los humildes, pequeños propietarios libres, eran una clase social en decadencia. La clase alta estaba formada por los potentados, los grandes terratenientes nobles, tanto godos como hispanorromanos. La dureza de las condiciones de vida de las clases bajas acabaron produciendo en alguna ocasión revueltas campesinas, las cuales a veces eran confundidas con herejías como el priscilianismo.
Se diferencia dentro de la sociedad entre los visigodos y los hispanorromanos, cada uno de ellos regido por sus propias leyes. No obstante, con el paso de los siglos se tendió a la fusión de ambos grupos sociales, permitiéndose los matrimonios mixtos. Un intento de acabar con la diversidad jurídica fue el Liber Iudiciorum (publicado en 654), en el que se trata de recoger el derecho romano junto a las prácticas, ya señoriales, que se habían ido imponiendo en la península en torno al derecho de propiedad.
Arrianos, católicos y judíos
En cuanto a la religión, los visigodos seguían el arrianismo que se había extendido en el Imperio romano en el siglo IV, aunque no existían enfrentamientos significativos con los católicos, que constituían la mayoría de la población hispanorromana. En los Concilios de Toledo, en especial durante el tercero celebrado en el 589, se solventó la división provocada por el arrianismo gracias a la conversión de Recaredo. Este proceso, no sin altibajos, llevó a una unificación de ambas confesiones. La situación favoreció la plena integración entre las comunidades godas y las hispanorromanas y la aparición de figuras fundamentales de la nueva cultura como Isidoro de Sevilla, obispo, y cuyas Etimologías son consideradas por algunos como la primera gran obra de la Edad Media. La iglesia ganó gran influencia social, legitima a los reyes a partir del 672 y el obispado de Toledo se convertiría en el más importante de todos los peninsulares.
La relación con los judíos fue siempre tensa. Aunque al inicio del periodo visigodo los problemas eran menores, la conversión al catolicismo llevaría a una mayor discriminación contra los judíos, por lo que muchos de ellos se convirtieron falsamente. Especialmente estrictos fueron Sisebuto y Égica, que confiscaron sus propiedades acusándoles de conspirar contra la corona. Las medidas más comunes fueron la prohibición de los matrimonios mixtos, aun en caso de judíos conversos; la prohibición de que los judíos tuvieran esclavos cristianos y las constantes reparaciones económicas a que eran sometidos sin motivo alguno.
Sin embargo, otros rasgos de la época romana cambiaron. Así, desaparece la importancia de las grandes ciudades, del comercio o la minería. La circulación de moneda era escasa. El único comercio de cierta importancia era el de productos de lujo que provenían del Mediterráneo, y que era gestionado por mercaderes internacionales.
Junto al rey estaba el Aula Regia, consejo asesor que estaba formado por nobles.
Las instituciones municipales, en cambio, entraron en decadencia. Los curiales municipales, encargados de recaudar los impuestos en las ciudades, continúan y acentúan su caída. Son despojados de su poder tributario y este recae en manos de los duces y los comes. Estos asumirán gran parte de la labor administrativa del reino y gobernarán provincias o regiones con plenas competencias en la administración y justicia. Iniciándose un proceso de protofeudalización.
El Tesoro Regio lo constituían las grandes cantidades de oro, plata y joyas que los visigodos habían conseguido con los saqueos a lo largo de su historia. El encargado de su custodia era el comes thesauri y pasó por diversas vicisitudes. Tras la derrota de Alarico II en la batalla de Vouillé en el 507, el tesoro pasó a Rávena bajo custodia de los ostrogodos y fue reinstaurado en el 526 tras la muerte del rey ostrogodo Teodorico el Grande.
Estaba dividido en dos grupos claramente diferenciados (distintas ubicaciones):
El patrimonio de la corona era inmenso y lo componía sobre todo la gran cantidad de tierras que los monarcas amasaban. Estas provenían de varias fuentes: las expropiadas por las constantes purgas que se realizaban en la nobleza, las tierras desiertas o deshabitadas y las tierras provenientes del fisco romano. Estas tierras se arrendaban a siervos que las cultivaban y pagaban una renta. Todas eran administradas por el conde del patrimonio. En el VIII Concilio de Toledo bajo reinado de Recesvinto se establece una separación entre el patrimonio del monarca y el del Estado.
Los impuestos en el reino visigodo no es una cuestión clara. Se sabe que los pequeños propietarios y los siervos que cultivaban las tierras reales pagaban un tributo. Parece que también existió un impuesto al clero, pero no tuvo continuidad en el tiempo. Los judíos fueron sometidos a un impuesto especial. Obispos y numerarii establecían el cambio de dinero a especie y funcionarios de la administración central se encargaban de su recaudación; al frente de la organización fiscal se encontraba el conde del patrimonio.
Entre estas cuestiones no estrictamente religiosas estuvieron las normas para la elección de los reyes, la aprobación de los destronamientos o la condena a los rebeldes. Era en los concilios, además, donde se decidía sobre la persecución de los judíos.
Las provincias coincidieron en sus límites con las antiguas provincias romanas, con la excepción del reino de los suevos cuyo territorio fue dividido en dos provincias eclesiásticas, cuyas capitales fueron Braga y Lugo. La archidiócesis de Braga comprendía cuatro diócesis que antaño pertenecían a Lusitania: Lamecum, Viseum, Conimbrica y Egitania. A mediados del siglo VII pasaron a depender de Mérida.
En esta época la Narbonense era una región perteneciente al estado visigótico que contaba con seis sedes metropolitanas:
En cuanto a la fonética, no hay huellas de los visigodos. No obstante, hay rastros de su lengua en la morfología y lexicología del español. Por ejemplo, ciertas palabras conservan el sufijo gótico -ing, que se convertiría en -engo. Podemos ver ejemplos de eso en las palabras «abolengo» y «realengo».
De interés particular es el impacto de los visigodos en la antroponimia, que es una rama de la onomástica que estudia los nombres propios. De hecho, muchos nombres españoles comunes tienen sus orígenes en la lengua gótica a causa de la ocupación de los visigodos en la península ibérica. Por ejemplo, el nombre «Fernando» se deriva de una combinación de dos palabras góticas: frithu ('paz') y nanth ('atrevido'). Gradualmente los hispanorromanos los adaptaban hasta formar un nombre nuevo, Fridenandus, y finalmente se convertían en «Fernando». También podemos ver este proceso en el nombre «Álvaro», que deriva de las palabras all y wars, que significan respectivamente 'todo' y 'prevenido'. «Alfonso» está compuesto de una combinación de all y funs ('preparado'). Más antropónimos de origen gótico son Rodrigo, Rosendo, Argimiro, Elvira, Gonzalo y Alberto.
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| Corona de Recesvinto |
Economía
La sociedad visigoda estaba dominada por las actividades de carácter agrícola y ganadero. En este punto continuaron la misma actividad económica de la Hispania romana, con los mismos cultivos, introduciendo alguno nuevo, como el de las espinacas o la alcachofa. La explotación de la tierra seguía organizada en torno a grandes villae. Una villa estaba dividida en reserva y mansos. No obstante, la mano de obra no era ya esclava, sino que se trataba de colonos, lo cual se había iniciado en la época del Bajo Imperio.Sin embargo, otros rasgos de la época romana cambiaron. Así, desaparece la importancia de las grandes ciudades, del comercio o la minería. La circulación de moneda era escasa. El único comercio de cierta importancia era el de productos de lujo que provenían del Mediterráneo, y que era gestionado por mercaderes internacionales.
Instituciones políticas
La monarquía
El rey era el jefe supremo de la comunidad. La institución monárquica llevaba largo tiempo afianzada en el pueblo visigodo cuando este llegó a la Península. Los reyes debían ser de condición noble y accedían al trono mediante un sistema electivo en el que intervenían los obispos y los magnates palatinos. Pero con ese sistema sólo fueron entronizados tres reyes (Chintila, Wamba y Rodrigo). La asociación al trono era, en la práctica, la forma más común, junto con las usurpaciones, de tomar el poder. El monarca estaba ungido por Dios y a este debía su legitimidad; la realeza poseía así un carácter sagrado, que se supone debía de disuadir cualquier intento de atentar contra el rey. Pero eso no bastaba y los asesinatos de monarcas, rebeliones, conjuras y usurpaciones eran moneda de cambio en el reino visigodo.Junto al rey estaba el Aula Regia, consejo asesor que estaba formado por nobles.
La administración territorial
Los visigodos aceptaron la división provincial de la Hispania Romana. Al frente de las provincias pusieron a los duces (singular, dux; en español, «duques») y al frente de las ciudades a los comites (comes, «condes»).Las instituciones municipales, en cambio, entraron en decadencia. Los curiales municipales, encargados de recaudar los impuestos en las ciudades, continúan y acentúan su caída. Son despojados de su poder tributario y este recae en manos de los duces y los comes. Estos asumirán gran parte de la labor administrativa del reino y gobernarán provincias o regiones con plenas competencias en la administración y justicia. Iniciándose un proceso de protofeudalización.
La hacienda pública
Estaba formada por el Tesoro Regio, el patrimonio de la corona y los ingresos por impuestos.![]() |
| Tremís de oro de Ervigio emitido en Bracara Augusta entre 680 y 687 |
Estaba dividido en dos grupos claramente diferenciados (distintas ubicaciones):
- Tesoro nuevo: monedas de oro y plata con las que pagaban al ejército, administración, etc.
- Tesoro antiguo: con las joyas almacenadas de los saqueos. Entre estas piezas estaba con seguridad la «Mesa de Salomón» y se especula con que también estuviese el «Candelabro de los Siete Brazos», ambos objetos capturados en el saqueo a Roma por Alarico.
El patrimonio de la corona era inmenso y lo componía sobre todo la gran cantidad de tierras que los monarcas amasaban. Estas provenían de varias fuentes: las expropiadas por las constantes purgas que se realizaban en la nobleza, las tierras desiertas o deshabitadas y las tierras provenientes del fisco romano. Estas tierras se arrendaban a siervos que las cultivaban y pagaban una renta. Todas eran administradas por el conde del patrimonio. En el VIII Concilio de Toledo bajo reinado de Recesvinto se establece una separación entre el patrimonio del monarca y el del Estado.
Los impuestos en el reino visigodo no es una cuestión clara. Se sabe que los pequeños propietarios y los siervos que cultivaban las tierras reales pagaban un tributo. Parece que también existió un impuesto al clero, pero no tuvo continuidad en el tiempo. Los judíos fueron sometidos a un impuesto especial. Obispos y numerarii establecían el cambio de dinero a especie y funcionarios de la administración central se encargaban de su recaudación; al frente de la organización fiscal se encontraba el conde del patrimonio.
Los Concilios de Toledo
Entre los años 400 y 702 se celebraron en Toledo dieciocho concilios en los que, reunidos en asamblea, los obispos de todas las diócesis de Hispania sometían a consideración asuntos de naturaleza tanto política como religiosa, con independencia del poder al que estuvieran sometidos (suevo, visigodo o bizantino).Entre estas cuestiones no estrictamente religiosas estuvieron las normas para la elección de los reyes, la aprobación de los destronamientos o la condena a los rebeldes. Era en los concilios, además, donde se decidía sobre la persecución de los judíos.
División eclesiástica
Para conocimiento de la geografía eclesiástica visigótica pueden utilizarse varias fuentes como la Hitación de Wamba de finales del siglo VII, las signaturas de prelados en las actas de los Concilios de Toledo, las obras de Idacio o de Isidoro de Sevilla y las llamadas Nomina sedium episcoplaium estudiadas por Claudio Sánchez Albornoz.![]() |
| Legisladores de la época goda |
En esta época la Narbonense era una región perteneciente al estado visigótico que contaba con seis sedes metropolitanas:
- Gallaecia, capital Braga.
- Lusitania, capital Mérida.
- Bética, capital Sevilla.
- Cartaginense, capital Toledo.
- Tarraconense, capital Tarragona.
- Narbonense, capital Narbona.
La influencia lingüística de los visigodos sobre la lengua española
Para los visigodos en la península ibérica la lengua no era un factor distintivo entre ellos y los hispanorromanos (que vivían en el territorio antes de su llegada); ambos grupos hablaban la misma lengua, el latín vulgar. A pesar de eso, la lengua gótica original y otros aspectos de la cultura de los visigodos tuvieron un impacto lingüístico sobre algunos aspectos del castellano en la actualidad. En otras palabras, hay reflejos lingüísticos del contacto social entre los romanos y los visigodos en la lengua española hoy en día.
En cuanto a la fonética, no hay huellas de los visigodos. No obstante, hay rastros de su lengua en la morfología y lexicología del español. Por ejemplo, ciertas palabras conservan el sufijo gótico -ing, que se convertiría en -engo. Podemos ver ejemplos de eso en las palabras «abolengo» y «realengo».
Ciertos tipos de palabras reflejan las dos culturas y sus propias lenguas; podemos ver influencia lingüística de los visigodos en el español en palabras relacionadas con el comercio, la agricultura, la industria, la vivienda, y el derecho. En principio, es probable que las palabras fuesen palabras prestadas de la lengua gótica, pero gradualmente se desarrollaron para ser más parecidas al español y más fáciles de pronunciar para un hablante de latín vernáculo y, posteriormente, para un hispanohablante.
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| Más ejemplos de palabras españolas con orígenes góticos |
También los hispanorromanos tomaron palabras de los góticos para conceptos que ya conocían y los adaptaban a su lengua vernácula; por ejemplo, la palabra jabón se deriva de una palabra gótico: saipo → sapone → jabón. Los visigodos introducían un concepto para los hispanorromanos (en este caso, el concepto nuevo de jabón) y adaptaban la palabra gótica original (de saipo) para que fuera más fácil de pronunciar y más parecido a una lengua romance.
Otras palabras en la lengua castellana reflejan palabras góticas relacionadas con lo militar o diplomático. La palabra «guerra» reemplazó la palabra latina bellum. «Guerra» se deriva de la lengua gótica como sigue: werra → guerre → guerra. Además, la palabra «tregua» se deriva de triggwa, de la lengua gótica.
De interés particular es el impacto de los visigodos en la antroponimia, que es una rama de la onomástica que estudia los nombres propios. De hecho, muchos nombres españoles comunes tienen sus orígenes en la lengua gótica a causa de la ocupación de los visigodos en la península ibérica. Por ejemplo, el nombre «Fernando» se deriva de una combinación de dos palabras góticas: frithu ('paz') y nanth ('atrevido'). Gradualmente los hispanorromanos los adaptaban hasta formar un nombre nuevo, Fridenandus, y finalmente se convertían en «Fernando». También podemos ver este proceso en el nombre «Álvaro», que deriva de las palabras all y wars, que significan respectivamente 'todo' y 'prevenido'. «Alfonso» está compuesto de una combinación de all y funs ('preparado'). Más antropónimos de origen gótico son Rodrigo, Rosendo, Argimiro, Elvira, Gonzalo y Alberto.
J. M. S.
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