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Los pueblos autóctonos de la península Ibérica antes de la llegada de los romanos

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Los pueblos autóctonos de la península Ibérica antes de la llegada de los romanos


Antes de su conquista por parte de Roma, en la península Ibérica existían diversas culturas autóctonas que florecieron y entraron en contacto con otros pueblos mediterráneos


Mucho antes de que el primer soldado romano pusiera un pie en la tierra que llamarían Hispania, y antes de que la primera nave griega arribara a las costas del lugar que conocían como Hesperia o Iberia, en la península más occidental del continente europeo existía una desarrollada red de culturas autóctonas.

Ciudad de Numancia (Soria)

Su origen y evolución antes del primer milenio a.C. es compleja de estudiar ya que fueron pueblos extranjeros, como los fenicios y los griegos, quienes dejaron constancia escrita de ellos por primera vez; por aquel entonces, ya habían recibido influencia de otras culturas, como la celta, haciendo difícil marcar la línea entre lo que era propiamente autóctono y lo que no.

Un crisol de culturas

El criterio tradicional para clasificar las culturas ibéricas es el lingüístico, en base al cual se han diferenciado cinco grandes grupos: los íberos, que ocupaban el levante de la península; los turdetanos y tartésicos, en el suroeste; los pueblos de influencia celta, que ocupaban la mayoría de la zona interior de la península, así como áreas del norte y del oeste; los protoceltas, al oeste y noroeste; y los aquitanos o protovascos, en la zona oeste de los Pirineos y el este de la cordillera Cantábrica. Estos a su vez se dividen en dos macrogrupos: los indoeuropeos (de influencia celta) y los que no lo son.

Esta clasificación genérica no refleja toda la complejidad que se daba en la realidad, ya que cada grupo constaba de diversas tribus, algunas de las cuales presentan influencias de varios grupos, especialmente las que se encontraban en tierras de frontera entre una cultura y otra, que podían tener más en común entre ellas que con sus tribus “hermanas” pero más lejanas. La única fuente disponible para el estudio de estos pueblos antes del primer milenio a.C. es la arqueología, por lo que también es difícil establecer si existía un corpus común de tradiciones o fue el contacto entre las diversas culturas lo que creó estas zonas de encuentro.

Los habitantes de la península Ibérica compartían ciertas costumbres que se pueden identificar en la misma época en otras partes de la Europa mediterránea
En general, se acepta que se produjo al menos una migración importante de origen indoeuropeo previa al contacto con pueblos del Mediterráneo oriental. Prueba de ello es que estos pueblos dejan constancia escrita de que los habitantes de la península Ibérica compartían ciertas costumbres que se pueden identificar en la misma época en otras partes de la Europa mediterránea, como la obligación moral de dar hospitalidad a los visitantes, los regalos diplomáticos y la acumulación por parte de la élite de bienes de prestigio sin utilidad práctica, como armas de lujo y enseres ceremoniales. 

Este mapa muestra los principales pueblos prerromanos de la península Ibérica,
clasificados a su vez en grupos lingüísticos

Esta migración probablemente se produjo a través de los Pirineos y se asentó en las tierras de la Meseta Central, que son las que presentan una mayor influencia celta; al contrario que el litoral mediterráneo, de influencia no indoeuropea.

Nuevos llegados

A partir del primer milenio a.C., un factor clave en la evolución de estas tribus fue el grado de contacto que tenían con otros pueblos de la cuenca mediterránea, en especial griegos y fenicios. Los pueblos ibéricos comerciaban con ellos y, además de importar productos -mayoritariamente objetos de prestigio para las élites-, absorbían influencias culturales como el alfabeto y los dioses orientales. A la vez, los productos que estos demandaban influían en el desarrollo de la economía de los pueblos autóctonos: algunos proporcionaban grano y otros alimentos, mientras que otros comerciaban con los recursos naturales que poseían, en particular metales como el oro, la plata y el cobre.

Los primeros en establecer contacto fueron los fenicios, que se dirigieron al sur de la península en busca de recursos naturales y entraron en contacto con la cultura tartésica. Esta floreció en el tramo final del Guadalquivir, que entonces era una ensenada y proporcionaba un magnífico puerto natural. La riqueza metalúrgica de la región propició un comercio basado en las materias primeras a cambio de bienes de lujo y una fuerte influencia de la cultura fenicia en el pueblo tartessos. Con la caída de las grandes ciudades fenicias a manos de los babilonios en el siglo VI a.C., los fenicios se retiraron y su puesto fue ocupado por los cartagineses, originalmente una colonia de Tiro, que gradualmente pasaron de ser socios comerciales a amos.

Por su parte, los griegos entablaron contacto principalmente con las tribus íberas del levante peninsular. Su motivación era distinta a la de fenicios y cartagineses: los helenos buscaban principalmente una fuente de abastecimiento de alimentos, ya que su patria no era tan productiva para la agricultura y la ganadería. No obstante, aquella nueva tierra les permitió solucionar uno de sus problemas más graves, la sobrepoblación, fundando colonias permanentes dedicadas al comercio. A medida que estas se iban emancipando de sus metrópolis, la sociedad íbera y la griega tendían a fundirse en una sola, como relata el geógrafo Estrabón.

El nombre de la colonia griega de Emporion (Empúries o Ampurias), en la Costa Brava, significa mercado: un nombre muy significativo que indica la naturaleza principalmente comercial de la presencia griega en la península Ibérica

El contacto con los romanos fue muy posterior (finales del siglo III a.C.) y, en buena medida, fruto del conflicto militar con los cartagineses. La conquista romana de Hispania duró hasta la época imperial y supuso el contacto con los pueblos del interior y el noroeste, que hasta entonces habían permanecido bastante al margen de los nuevos llegados. Hispania, como así llamaron a la península, fue una de las conquistas más importantes para el imperio puesto que proporcionaba productos muy demandados en Roma como el vino y el aceite, además de cereales. Muchas familias nobles se trasladaron a las provincias hispanas para prosperar y dieron a Roma algunos de sus emperadores más célebres, como Trajano y Adriano.

Rito funerario de la religión romana

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Rito funerario de la religión romana


El rito funerario de la religión romana es el conjunto de rituales religiosos que acompañan al entierro de los antiguos romanos. Formaban parte de la tradición («mos maiorum»), el código no escrito del que los romanos derivaban sus normas sociales.​

Los cementerios romanos se encontraban fuera del límite sagrado de sus ciudades («pomerium»). Eran visitados regularmente con ofrendas de comida y vino, y celebraciones especiales durante las fiestas romanas en honor a los muertos. Los monumentos funerarios aparecen en todo el Imperio romano, y sus inscripciones son una importante fuente de información para la historia desconocida. Un sarcófago romano podría ser una obra de arte cuidadosamente elaborada, decorada con relieves de esculturas que representan una escena alegórica, mitológica, o histórica, o una escena de la vida cotidiana. Aunque los entierros eran una ocupación familiar, existían gremios o colegios que proporcionaban servicios funerarios para sus miembros.

Cuidado de los muertos

El cuidado de los muertos reunió dos actitudes emocionalmente opuestas. En la antigüedad greco-romana, los cuerpos de los muertos eran considerados como contaminantes. Al mismo tiempo, el deber amoroso hacia los antepasados (pietas) era una parte fundamental de la cultura romana antigua.

Normas legales


Después del final de la dominación etrusca, los legisladores romanos se volvieron muy estrictos con respecto a la ética de poner a los muertos a descansar. Un problema principal fue la legalidad y la moralidad de enterrar a los muertos dentro de los límites de la ciudad. Fue casi unánime al principio mover a los muertos fuera del pomerium para asegurar la separación de sus almas de los vivos, y muchos políticos se mantuvieron asertivos en aplicar la idea en el Imperio.​ Cicerón les recuerda a sus lectores la Ley de las Doce Tablas : «Un muerto no será sepultado ni quemado dentro de la ciudad». (De legibus, 2, 23:5) Tres siglos después, Paulus escribe en su Sententiae «No se permite traer un cadáver a la ciudad en caso de que los lugares sagrados de la ciudad estén contaminados. Quien actúa en contra de estas restricciones es castigado con una severidad inusual. No se permite incinerar un cuerpo dentro de las paredes de la ciudad.» (1, 21: 2-3) Muchas ciudades y provincias romanas tenían reglas similares a menudo en sus estatutos, como la Lex Ursonensis.​

Preparación del cuerpo

Cuando una persona moría en su casa, los miembros de la familia y los amigos íntimos se reunían alrededor del lecho de muerte. De acuerdo con una creencia que equiparaba al alma con la respiración, el pariente más cercano sellaba el paso del espíritu del cuerpo con un último beso, y cerraba los ojos. Los familiares comenzaban las lamentaciones, llamando al difunto por su nombre. El cuerpo, después, era colocado en el suelo, lavado y ungido. La colocación del cuerpo en el suelo es una señal de imitación del ritual de nacimiento, cuando el niño era colocado en la tierra desnuda.​ A los ciudadanos varones se les vestía con una toga y otros con atuendos apropiados para su estación en la vida. Los hombres que se habían ganado una corona llevaban una en la muerte, y coronas también se encuentran en entierros de iniciados en misteriosas religiones.​ Después de que el cuerpo estaba preparado, yacía en el atrio de la casa familiar (domus), con los pies apuntando hacia la puerta.​ Otras circunstancias se relacionaban con quienes vivían, como la mayoría de los romanos, en edificios de apartamentos (insulae), pero las prácticas de élite están mejor documentadas. Aunque el embalsamamiento era inusual y se consideraba principalmente como una práctica egipcia, se menciona en la literatura latina, con algunos ejemplos documentados por la arqueología en Roma y en todo el Imperio donde no se puede asumir ninguna influencia egipcia.​ Como los funerales de élite requerían arreglos complejos, el cuerpo tenía que ser preservado mientras tanto.​

Otras costumbres

El Obolo di Caronte era una moneda colocada en o sobre la boca del difunto. La costumbre está registrada en fuentes literarias y atestiguada por la arqueología, y a veces ocurre en contextos que sugieren que pudo haber sido importada a Roma como lo fueron las religiones mistéricas que prometía el inicio de la salvación o el pasaje especial en la otra vida. La costumbre se explicaba por el mito de Caronte, el barquero que transportaba las almas de los recién muertos al otro lado del agua -un lago, río o pantano- que separaba el mundo de los vivos del inframundo. Los ejemplos arqueológicos de estas monedas, de varias denominaciones en la práctica, se han llamado «los objetos funerarios más famosos de la antigüedad».​ La moneda fue racionalizada como su pago; el satírico Luciano comenta que para evitar la muerte, uno simplemente no debe pagar la tarifa. Apuleyo en la historia de «Cupido y Psique» en Las metamorfosis, enmarcadas por la búsqueda de salvación de Lucius que termina con la iniciación en los misterios de Isis, Psique («Alma») lleva dos monedas en su viaje al inframundo, la segunda para permitir su vuelta o renacimiento simbólico. La evidencia del «obolo de Caronte» aparece en todo el Imperio Romano de Occidente hasta bien entrada la era cristiana, pero en ningún momento y lugar fue practicado consistentemente y por todos. Luciano de Samosata satiriza el obolo en su ensayo Sobre los funerales:

Las personas son absorbidas tan completamente por todo esto que cuando uno de los miembros de la familia muere, inmediatamente traen un obolo y se lo ponen en la boca para pagarle al barquero por haberlo entregado, sin considerar qué tipo de moneda es habitual y corriente en el país y el mundo inferior y si es ateniense o es macedonio o es moneda de curso legal de Egina, ni tampoco que sería mucho mejor no pagar la tarifa, ya que en ese caso el barquero no los tomaría y serían escoltados a la vida otra vez.

Enterramiento del cuerpo

A pesar de que la inhumación se practicaba con regularidad en la Roma arcaica, la cremación era la práctica de enterramiento más común a finales de la República Romana y el Imperio durante los siglos I y II. Las imágenes crematorias aparecen en la poesía latina sobre el tema de los muertos y el luto. En uno de los poemas latinos clásicos más famosos sobre duelo, Catulo escribe sobre su largo viaje para asistir a los ritos funerarios de su hermano, que murió en el extranjero, y expresa su dolor al dirigirse únicamente a las cenizas silenciosas.​ Cuando Propertius describe a su amante muerta, Cynthia, que lo visita en un sueño, el vestido del atacante es quemado por el costado y el fuego de la pira ha corroído el anillo familiar que usa.

En última instancia, la inhumación reemplazaría la cremación; una variedad de factores, incluyendo la disminución de los niveles de urbanización y los cambios en las actitudes hacia el más allá, contribuirían a este marcado cambio en las prácticas de entierro popular. El cuidado y el cultivo de los muertos no terminó con el funeral y el período formal de luto, sino que se constituyó una obligación perpetua. Las libaciones fueron llevadas a la tumba, en rituales de cuidado de los muertos y algunas tumbas incluso estaban equipadas con "«tubos de alimentación»" a través de los cuales las ofrendas podían dirigirse a los muertos subterráneos.​ La libación era parte de los ritos funerarios romanos, y puede haber sido la única ofrenda de sacrificio en humildes funerales.

Arpagi

Los romanos se refirieron a los bebés que morían en la cuna como arpagi —arpagus singular— para los que no se realizaban funerales. Sus cuerpos no fueron cremados ni enterrados, y no se hicieron monumentos ni epitafios para ellos.​ Finalmente, los bebés que habían vivido 40 días o más y se habían cortado las uñas antes de su muerte se distinguieron de los arpagi, fueron referidos como rapti, y fueron incinerados.

Ritos funerarios

Los ritos funerarios se llevaban a cabo en el hogar y en el lugar del entierro, que estaba ubicado fuera de la ciudad para evitar la contaminación. La procesión fúnebre (pompa funebris) transitaba la distancia entre los dos.

Un gremio profesional llamado collegium de artistas especializados en música funeraria.​ Horacio menciona en los funerales la tuba y el cornu, dos instrumentos de bronce con forma de trompeta.

Elogio

El elogio (laudatio funebris) era una oración formal o panegírico en alabanza a los muertos. Fue una de las dos formas de discurso en un funeral romano, la otra era el canto (nenia).​ La realización está asociada con familias nobles, y las convenciones de palabras pronunciadas en el funeral de una persona común no se registraban. Mientras que la oratoria fue practicada en Roma únicamente para hombres, una mujer de élite también podría ser honrada con un elogio. Para las personas de sociedad prominente, el cortejo fúnebre se detenía en el foro para la entrega pública del elogio en la rostra.

Por lo tanto, una oración fúnebre bien expresada podía ser una forma de que un joven político se haga público.​ «El elogio de la tía Julia» (Laudatio Juliae Amitae), un discurso del joven Julio César en honor a su tía, la viuda de Gaius Marius, le ayudó a lanzar su carrera política como populista.​ La introducción de esta laudatio funebris se reproduce en la obra Divus Iulius del historiador romano Suetonio.

El epitafio del difunto en efecto era un resumen del elogio hecho visible y permanente,​ y podía incluir la carrera (cursus honorum) de un hombre que había ocupado cargos públicos. Al conmemorar hechos pasados, el elogio fue un precursor de la historiografía romana.

Sacrificios

Después de que el cuerpo fuera llevado al cementerio, se realizaba un sacrificio en presencia del cadáver. Hasta la época de Cicerón, era costumbre ofrecer una cerda a Ceres, que también era una ofrenda característica a las deidades ctónicas. La víctima sacrificada fue luego asignada para el consumo entre los participantes. La porción para el difunto fue puesta en un asador y quemada con el cuerpo. La porción de Ceres era quemada en un altar. La familia comió la porción que se debía a la vida. Una familia de medios menores ofrecía una libación de vino, incienso, productos o granos; la asignación de estas ofertas no está registradas.​ Después de este reparto, el difunto había hecho la transición y ya no podía compartir las comidas de los dioses vivos y domésticos; ahora participaba de lo que era apropiado para los espíritus de los muertos, los Manes.

Conmemoraciones

Novendialis

En el noveno día después de la muerte de la persona, se organizaba la fiesta fúnebre y los ritos llamados novendialis o novemdialis.​ Una libación a los Manes era derramada en la tumba y con esto se concluía el período de luto completo.

Festivales de los muertos

En febrero, el último mes del calendario romano original, cuando el 1 de marzo era el día de Año Nuevo, los muertos era honrados en un festival de nueve días llamado Parentalia, seguido por Feralia el 21 de febrero, cuando eran propicios los espíritus potencialmente malignos de los muertos. Durante el Parentalia, las familias se reunían en los cementerios para ofrecer comidas a los antepasados, y luego compartían vino y pasteles entre ellos. Las tumbas para familias adineradas y prominentes se construyeron como «casas», con una sala decorada para estas festividades de banquetes.

Epitafios


Los epitafios son una de las principales clases de inscripciones. Un epitafio generalmente indica el día de nacimiento y la esperanza de vida de la persona.​ La información varía, pero normalmente ofrecen información sobre las relaciones familiares, los cargos políticos,​ y los valores romanos, al elegir qué aspectos de la vida del difunto hay que elogiar.

Las creencias filosóficas también pueden estar en evidencia. Los epitafios de los epicúreos a menudo expresaban alguna forma del sentimiento non fui, fui, non sum, non desidero , «no existí, existí, no existo, no siento deseo»,​ o non fui, non sum, non curo, «no existí , no existo, no me preocupa».

Arte funerario

Imágenes

Las familias nobles romanas a menudo mostraban una serie de «imágenes» en el atrio de su hogar familiar. Existe cierta incertidumbre acerca de si estas «imágenes» fueron máscaras mortuorias, bustos, o ambos juntos. Las «imágenes» podrían organizarse en un árbol genealógico, con un título que resumieran los premios individuales (honores) y logros (res gestae),​ una costumbre que podía facilitarse colgando máscaras.​ En cualquier caso, también se exhibieron bustos de retratos de miembros de la familia en piedra o bronce en el hogar.​

Las máscaras fúnebres probablemente estaban hechas de cera y posiblemente se moldearon como máscaras de muerte directamente del difunto. Fueron usadas en la procesión fúnebre por actores que eran dolientes profesionales o por miembros apropiados de la familia. Esta costumbre pudo haber variado por período o por familia, ya que las fuentes no brindan una solución coherente.​

La exhibición de imágenes ancestrales en casas aristocráticas de la República y los funerales públicos están descritas por Plinio el Viejo, Historia Natural 35, 4-11.

Sarcófagos

Las urnas funerarias en las que se colocaron las cenizas de los incinerados fueron gradualmente superadas en popularidad por el sarcófago a medida que la inhumación se hizo más común. Particularmente en los siglos II-IV, fueron a menudo decorados con relieves que se convirtieron en un vehículo importante para la escultura de la Antigua Roma. Las escenas representadas fueron tomadas de la mitología, creencias religiosas pertenecientes a los misterios, alegorías, historia o escenas de caza o festín. Muchos sarcófagos representan nereidas, criaturas marinas fantásticas y otras imágenes marinas que pueden aludir a la ubicación de las Islas de los Bienaventurados a través del mar, con un retrato del difunto en una concha de mar.

El sarcófago de un niño puede mostrar tiernas representaciones de la vida familiar, cupidos o niños jugando. Algunos sarcófagos pueden haber sido ordenados hacer durante la vida de la persona y hechos a medida para expresar sus creencias o estética. La mayoría fueron producidos en masa, y si contenían un retrato del difunto, como muchos lo hicieron, estaban con el rostro de la figura sin terminar hasta su compra.​ El sarcófago tallado sobrevivió a la transición al cristianismo, y se convirtió en el primer lugar común para la escultura cristiana, en obras como el sarcófago de Junio Baso de mediados del siglo IV.

Altares funerarios

Muchos altares también presentan retratos de los fallecidos. ​Extrapolado de la evidencia de epitafios y retratos en los altares, se puede concluir que los libertos y sus descendientes con mayor frecuencia encargaban altares funerarios en Roma, personas que eran maestros, arquitectos, magistrados, escritores, músicos, etc. ​La práctica de erigir altares funerarios romanos está vinculada a la tradición de construir altares votivos para honrar a los dioses. 

Debido a la aceptación de que los altares actúan como un símbolo de reverencia, se cree que los altares funerarios se utilizaron para heroizar al difunto. Los altares funerarios difieren de los altares votivos que honraron a los dioses, porque no fueron receptores de sacrificios de sangre. Al tener una apariencia similar a los altares votivos, el simbolismo de la reverencia de un sacrificio fue implícito, por lo tanto, transmitiendo el debido respeto a los muertos.

Aunque tenían diferentes significados, los dos tipos de altares se construyeron de forma similar, tanto sobre el suelo como en forma redonda o rectangular.​ La función de estos altares era o para albergar las cenizas de los muertos o simplemente para conmemorar simbólicamente la memoria del difunto.

A menudo, se construyeron altares funerarios para mostrar las vasijas que contenían las cenizas y los huesos quemados del difunto. Estas urnas de cenizas fueron colocadas en profundas cavidades de los altares que luego fueron cubiertos con una tapa.​ Otras veces, hubo una depresión en el altar en la que se podían verter libaciones;​ algunos altares funerarios romanos fueron provistos de tuberías para que estas libaciones pudieran «nutrir» los restos.​ Menos comúnmente, el cuerpo del difunto fue colocado en el altar.​ Mientras que algunos altares contenían restos del difunto, la mayoría de los altares no tenían ninguna función práctica y únicamente fueron erigidos para conmemorar a los muertos.

Tumbas

La antigua Roma se ha convertido en un sitio de excavación conocido por sus extravagantes cementerios. En general, los plebeyos y las familias adineradas de Roma fueron enterrados en los mismos cementerios; los ricos, sin embargo, tenían tumbas más elaboradas, generalmente se tallaban de la roca madre y tenían forma rectangular. Estas tumbas rectangulares se asemejaban a la estructura de la casa del romano contemporáneo, con puertas y muchas cámaras diferentes.​ De estas cámaras, una de ellas fue utilizada para celebrar la ceremonia conmemorativa de los muertos. Durante esta ceremonia, la familia del fallecido se reunía y cenaba. Se utilizaron otras cámaras para guardar todo lo que se consideraba necesario para la persona que estaba en reposo, incluidos los retratos de los difuntos y toda la parafernalia necesaria para la ceremonia conmemorativa que estaba por llegar.

Las familias adineradas y prominentes tenían grandes, a veces enormes, mausoleos. El Castel Sant'Angelo en Roma, originalmente el mausoleo de Adriano, es el mejor conservado, ya que se convirtió en una fortaleza.​ La Tumba de los Escipiones era la tumba familiar de los Escipiones, ubicada en un cementerio aristocrático, y en uso desde el siglo III aC. hasta el siglo I. Un gran mausoleo podía incluir dormitorios y cocinas para visitas familiares, que albergarían también fiestas. Para la clase media adinerada, los mausoleos, más pequeños, se alineaban en las carreteras de las ciudades, muchas de las cuales permanecen en las Tumbas de la Vía Latina, a lo largo de la Vía Apia y en otros lugares. La tumba del Panadero es una tumba famosa y originalmente muy ostentosa en un lugar privilegiado justo afuera de la Porta Maggiore, erigida para un rico panadero liberto alrededor del 50-20 aC.​ Las tumbas de Petra, en el extremo este del Imperio, están cortadas en acantilados, algunas con elaboradas fachadas en estilo «barroco» del período imperial. 

Los menos ricos se conformaron con tumbas más pequeñas, a menudo con bustos de relieve sobre una larga inscripción. Más barato eran las Catacumbas de Roma, famosas por los cristianos, pero también por todas las religiones, con cierta especialización, como las secciones especiales judías. Estas catacumbas eran grandes sistemas de túneles estrechos debajo de Roma, donde los nichos se vendían a las familias de los fallecidos en un comercio muy rentable, aunque bastante maloliente. La decoración incluye pinturas, muchas de las cuales han sobrevivido.​ El exterior de la tumba se parecía a la de un jardín. Hermosas flores y plantas adornaban el exterior y las hacían más favorecedoras a la vista. Probablemente se inició la tradición de llevar flores a la tumba de un ser querido. También se agregaron otros artículos en el exterior de las tumbas de los ricos para hacerlo más decorativo. La cámara funeraria del difunto estaba sobre el suelo y contenía las reliquias más importantes para el difunto romano.

En la época cristiana, se deseaba que se fuera enterrado cerca de la tumba de un famoso mártir, y se abrían grandes salas funerarias sobre tales tumbas, que a menudo estaban debajo de una catacumba. Estas contenían hileras de tumbas, pero también espacio para comidas para la familia, ahora probablemente son vistas como fiesta de ágapes. Muchas de las grandes iglesias romanas comenzaron como funerarias, que originalmente eran empresas privadas; la familia de Constantino I poseía la que estaba sobre la tumba de Santa Inés de Roma, cuyas ruinas están al lado del mausoleo de Santa Constanza, en origen un mausoleo de la familia Constantiniana que formaba un ábside en la sala.

Funerales militares y entierro

«El culto a los muertos», se ha dicho:​ «fue particularmente importante para los hombres cuya profesión los expuso a una muerte prematura». El valor romano de las pietas abarcaba el deseo de los soldados de honrar a sus camaradas caídos, aunque las condiciones de la guerra podían interferir con la celebración oportuna de los ritos tradicionales. Los soldados que fallecían en batalla en suelo extranjero con hostilidades continuas probablemente fueron sometidos a una cremación o entierro en masa.67​ En circunstancias menos urgentes, podían ser incinerados individualmente, y sus cenizas colocadas en un recipiente para el transporte a un sitio de enterramiento permanente. Cuando el ejército romano bajo el mando de Publius Quinctilius Varus sufrió una desastrosa derrota en la Batalla del bosque de Teutoburgo en el siglo I, permanecieron sin conmemorar hasta que Germanicus y sus tropas ubicaron el campo de batalla unos años después e hicieron un montículo funerario para sus restos.

En las guarniciones permanentes del Imperio, una porción de la paga de cada soldado se apartó y se combinó para gastos funerarios, incluida la comida ritual, el entierro y la conmemoración.​ A los soldados que morían por enfermedad o por un accidente durante las rutinas normales de la vida se les dio los mismos ritos que en la vida civil.​ Las primeras asociaciones funerarias para soldados se formaron bajo Augusto; las sociedades funerarias habían existido para los civiles mucho antes. Los veteranos pagaban en un fondo al abandonar el servicio, asegurando un entierro digno por membresía en una asociación para tal fin.

Estelas militares

El monumento funerario más común para los soldados romanos fue el de las estelas, una piedra humilde, sin adornos, cortada en forma de rectángulo. El nombre, el rango y la unidad del difunto se inscribían en la piedra, así como su edad y sus años de servicio en el ejército romano. El nombre del patrocinador, por lo general un heredero o un familiar cercano, podría inscribirse cerca de la parte inferior de las estelas si así lo deseaba. 

Uniforme en su naturaleza, el estilo consistente de estas lápidas reflejaba la naturaleza ordenada y sistemática del ejército mismo.​ Cada lápida era un testimonio de la fuerza y la persistencia del ejército romano, así como de los soldados individuales.​ En algunos casos únicos, las lápidas militares estaban adornadas con esculturas.​ Estos tipos de lápidas generalmente pertenecían a miembros de las unidades auxiliares en lugar de unidades legionarias.​ La principal diferencia entre las dos unidades fue la ciudadanía.​ Mientras que los soldados legionarios eran ciudadanos de Roma, los soldados auxiliares provenían de provincias del Imperio. Los soldados auxiliares tuvieron la oportunidad de la ciudadanía romana después de su licenciatura.​ Las lápidas sirvieron para distinguir a los romanos de los no romanos, y para hacer cumplir la jerarquía social que existía dentro de las legiones militares.​ Para los hombres que murieron en la batalla, la construcción de lápidas adornadas fue un intento final de romanización. En las lápidas de los auxiliares, a menudo se representan hombres a caballo, lo que denota el valor y el heroísmo de los soldados de caballería auxiliares.

En algunos casos, los herederos u otros miembros de la familia comisionaron la construcción de cenotafios para los soldados perdidos: monumentos funerarios que conmemoraban a los muertos como si el cuerpo hubiera sido encontrado y regresado a casa.

Los monumentos funerarios militares de África romana adoptan formas progresivamente más sustanciales: estelas en el siglo I, altares en el segundo y cúpulas (montículos) en el tercero. Las tumbas a menudo se agrupaban en cementerios militares a lo largo de las carreteras que conducían fuera del campamento. Un centurión podría ser lo suficientemente acomodado como para construir un mausoleo.

Inframundo

Religión

Las descripciones estándar de la mitología romana describen al alma como inmortal,​ y juzgada en la muerte ante un tribunal en el inframundo,​ con aquellos que hicieron el bien siendo enviados a los Campos Elíseos y aquellos que hicieron el mal enviados al Tártaro.

No está claro cuán antiguas eran esas creencias, ya que parecen influidas por la mitología griega y los cultos de misterio. Los misterios continuaron bajo Roma y parecen haber prometido la inmortalidad para los iniciados. Las formas conocidas de la religión esotérica combinan la mitología y la astrología romanas, egipcias y de Oriente Medio, y describen el progreso de sus iniciados a través de las regiones de la luna, el sol y las estrellas. Los no iniciados o sin virtudes quedaban atrás, y el inframundo se convirtió únicamente en un lugar de tormento. Las representaciones comunes de la vida futura de los bendecidos incluyen descanso, un banquete celestial y la visión de Deus o Júpiter.

Filosofía


La corriente principal de la filosofía romana, como los estoicos, abogó por la contemplación y la aceptación de lo inevitable de la muerte de todos los mortales. «Es necesario que algunos se queden y que otros vayan, todo el tiempo regocijándose con aquellos que están con nosotros, sin embargo, no llorando por los que se van».​ Afligirse amargamente es dejar de percibir y aceptar la naturaleza de las cosas. Famoso, Epicteto alentó la contemplación de los seres queridos como un «frasco» o «copa de cristal» que podía romperse y ser recordado sin molestar al espíritu, ya que «amas a un mortal, algo que no es tuyo. Se te ha dado por el presente, no inseparablemente ni para siempre, pero como un higo ... en una estación fija del año. Si lo anhelas en el invierno, eres un tonto».​ No hubo un consenso real, al menos entre los textos y epitafios romanos sobrevivientes, de lo que le sucedía a una persona después de la muerte o la existencia de una vida futura. Plinio el Viejo en su Historia Natural afirma que la mayoría de la gente opinaba que después de la muerte uno regresa al estado no sensible que ocurrió antes del nacimiento, pero admite, aunque con desdeño, que hay personas que creen en la inmortalidad del alma.​ Séneca el Joven parece ser menos consistente, argumentando ambas partes, indicando que la muerte produce la aniquilación total, al mismo tiempo que habla de la supervivencia del espíritu después de que escapa de la prisión del cuerpo.​ Tácito al final de Agrícola toma la opinión contraria a Plinio, y afirma que los sabios creen que el espíritu no muere con el cuerpo, aunque puede estar refiriéndose específicamente a los piadosos.​

👉👉👉👉 Jose Martin Santamaria 

La Conquista Romana de la Península Ibérica

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La Conquista Romana de la Península Ibérica

El período histórico en cuestión se desarrolla desde el año 218 a 19 a.C., y en él e produce la conquista y asentamiento de los romanos en la Península Ibérica. La lucha se desarrolla contra los cartagineses y el resto de los pueblos indígenas habitantes de la misma.

Conquista romana del levante y sur español

La conquista se inicia con el desembarco de un ejército romano, al mando de Cneo Escipión, durante el mes de agosto del año 218 a.C., en Emporión, hoy llamado San Martín de Ampurias, en el golfo de Rosas.

Desde esta antigua colonia griega, Escipión inicia la conquista de la zona costera, con el objetivo de cortar el suministro que desde la península se podía mandar a los ejércitos cartagineses de Aníbal en Italia. Cneo Escipión derrota, ese mismo año, por vez primera, al ejército cartaginés mandado por Hannon y auxiliado por las tropas indígenas de Indíbil, en la batalla de Cesse, en las cercanías de Tarraco, y se convirtió esta ciudad indígena en la principal base de operaciones romanas por la zona del Ebro.

La llegada a la Península de Publio Escipión, hermano de Cneo, como procónsul al mando de nuevos refuerzos, posibilitó que los hermanos Escipión después de derrotar, durante el año 216 a.C., a Asdrúbal Barca en Hibera, cerca de Tortosa, en la desembocadura del Ebro, cruzasen por primera vez este río y se encaminaran por las tierras del sur hasta Sagunto. Ciudad que fue conquistada en el año siguiente, y tomada como punto de apoyo para proseguir la campaña por Levante y tierras del Guadalquivir.

El dominio de los romanos sobre las tierras cartaginesas, se mantiene hasta que Asdrúbal Barca, tras regresar con refuerzos desde el norte de África, con la ayuda del ilergete Indíbil y del númida Masinisa, derrotó a los ejércitos romanos en Cástulo en el año 212 a.C. En esta confrontación mueren los dos jefes romanos. En la propia Cástulo muere Publio Escipión, y en Ilori (Lorca) sucumbe su hermano Cneo.

En el año 210 a.C. llega un nuevo comandante para el ejército romano: Publio Cornelio Escipión, posteriormente llamado el Africano, que consigue reorganizar las fuerzas romanas, que por entonces contaban con más de 35.000 hombres, y emprende nuevas ofensivas contra los ejércitos cartagineses. Con los indígenas establece alianzas pacíficas. A principios del año 209 a.C. Publio Cornelio Escipión tras una marcha rapidísima, ataca por mar y por tierra la capital cartaginesa de Cartago Nova, la cual caía en poder de los ejércitos romanos el uno de abril de ese mismo año. Tal conquista le permitió atraerse la confianza de las comarcas vecinas y asegurar el control sobre el levante. Estas ventajas le animaron a intentar por segunda vez la conquista del valle del Guadalquivir.

Poco después de la toma de Cartagena, en la primavera del año 208 a.C., Asdrúbal Barca es derrotado en la batalla de Baecula, posiblemente Bailén, a la entrada de Andalucía. El ejercito romano actuó con la participación de tribus aliadas de ilergetes, edetanos e ilercavones. A partir de entonces Asdrúbal se traslada a Italia en auxilio de su hermano Aníbal. A finales de este mismo año, Publio Cornelio Escipión ordena a su hermano Lucio que ocupe la región de la Bastetania, es decir, las tierras montuosas de las actuales provincias de Almería, Jaén, Granada y Murcia, y se libra una operación militar de relativa importancia en Auringuis (Jaén).

En el año 207 a.C. se libró la gran batalla de Ilipa, hoy Alcalá del Río, a la derecha del Betis o Guadalquivir, entre romanos y cartagineses, dirigidos por los generales Magón y Giscón. En este combate Escipión contó con la ayuda de fuerzas auxiliares de la Turdetania (Andalucía), mandadas por los príncipes turdetanos Culcas y Attenes. Siguiendo los planes de conquista del valle del Betis, el general romano Silano, durante este mismo año, sitia y rinde la ciudad de Cástulo, el más importante centro minero argentífero de la comarca del alto Betis, se corresponden con Linares y La Carolina actuales, y poco más tarde llegan hasta Carteia (Algeciras) después de sitiar la localidad de Estapa (Estepa).

Escipión funda, cerca de Sevilla (Santiponce), a finales del verano del año 206 a.C., la primera colonia romana a la que, en honor de Italia, dio el nombre de Itálica, para establecer en ella a los legionarios veterano, dotada de un marcado carácter fronterizo y defensivo, dada la posición estratégica de su emplazamiento (a la orilla derecha del Betis y en su confluencia con el río Cala). Derrotados y desmoralizados, los ejércitos cartagineses no pueden evitar que en el otoño del año 206 a.C. los romanos entren en Gadir, el último baluarte del imperio cartaginés en la Península Ibérica, forzando la retirada del general cartaginés Magón, con lo que termina el dominio púnico en la Península. A partir de este momento se desarrollan las luchas con el resto de los pueblos indígenas asentados en la misma.

A mediados del año 206 a.C. se produce una oleada de levantamientos y sublevaciones de ilergetes y jacetanos encabezados por Indíbil y Mandonio, que afectó a las tierras actuales de Jaca, Huesca y Lérida, y que llega incluso hasta Salduie (Salduba, luego Caesar-Augusta, Zaragoza). Escipión sale de Cartagena y en una rápida campaña consigue vencer y dispersar momentáneamente a los sublevados. Durante el verano del año siguiente se levantaron nuevamente contra Léntulo y Acidino, los sucesores de Escipión, protestando por el duro impuesto establecido por la anterior sublevación. La nueva rebelión fue rápidamente vencida y sus cabecillas, Indíbil y Mandonio, muertos en combate o ajusticiados. Los pueblos sublevados tuvieron que sufrir duras represalias e impuestos.

En el año 197 a.C. legalmente se establecen dos provincias en Hispania: la Citerior que comprendía las tierras del valle del Ebro y costas orientales hasta el norte de Baria (Vera, provincia de Almería), y la provincia Ulterior, en la que se incluían todas las tierras béticas y el valle del Guadalquivir. La frontera entre ambas provincias se extendía entre Saltus Castulenensis (sierra de Cazorla en Sierra Morena) y la desembocadura del río Almanzora.

Ante la gravedad de la situación creada en la provincia Citerior por la sublevación general de las tribus ibéricas, el Senado romano decidió nombrar cónsul a Marco Poncio Catón y enviarle con un gran contingente de soldados con el fin de restablecer el orden. En el año 195 a.C. desembarcó en Ampurias y dominó con cierta facilidad a los sublevados del área catalana, no tanto por la acción de las armas, como por sus actuaciones políticas y administrativas. Posteriormente apaciguó a los ilergetes, al entregarse voluntariamente su caudillo Bilistages, sucesor de Indíbil. A comienzos del año siguiente Catón, tras derrotar y someter a los jacetanos, entró triunfalmente en la localidad pirenaica de Jaca. Después de apaciguar a los turdetanos de la Bética, regresó a Tarragona por el interior de la Meseta, siguiendo el curso del río Henares, con el propósito de controlar los levantamientos surgidos entre los arévacos de Segontia (Sigüenza) y Numancia y sobre todo, para amedrentar a los celtíberos e impedir que siguieran socorriendo con trigo a las ciudades de la provincia Ulterior. Es éste el primer contacto bélico con los arévacos, que junto con los lusitanos habrían de ser sus más irreductibles adversarios.

Fulvio Nobilior, pretor de la provincia Ulterior, intervino militarmente en la Citerior. Guerreando contra los oretanos y carpetanos consiguió en el año 192 a.C. ocupar la ciudad de Toletum (Toledo) y apresar a Hilermo, caudillo indígena que la defendía.

A fin de sofocar los continuos levantamientos de celtíberos y lusitanos, el Senado designa como pretores del año 180 a.C,. respectivamente a Tiberio Sempronio Graco para la Citerior, y a Lucio Postumio Albino para la Ulterior. Fue Graco el primero en dominar la revuelta celtibérica el mismo año de su llegada. Tras liberar a la ciudad aliada de Carabis (cercana a la Borja de Zaragoza) del sitio a la que estaba sometida por los celtíberos y derrotarles al pie del Moncayo, firma pactos con ellos poniendo así fin a esta guerra. Gracias a su política de pactos y reparto de tierras entre los celtíberos, se desarrolla un período de paz general, salpicada, no obstante, de abusos e injusticias por parte de los pretores gobernantes que lo sucedieron.

Sempronio Graco, para conmemorar sus triunfos sobre los celtíberos, fundó en la orilla derecha del Ebro la ciudad de Gracchurris. La fundación en el año 178 a.C. de esta nueva ciudad, que hoy se conoce con el nombre de Alfaro, responde a una clara finalidad política: la de asegurar la frontera entre las nuevas tierras conquistadas frente a los vascones.

Guerras de la Lusitania y Celtiberia

En el año 155 a.C. se inician las primeras hostilidades de los lusitanos y celtíberos en contra de los romanos, rompiéndose así cerca de 34 años de relativa paz y tranquilidad que había reinado en la Hispania romana. En la Ulterior, la guerra contra los lusitanos realmente comienza a mediados de este año, cuando el caudillo Púnico vence repetidamente a los pretores de esta provincia hispana y llega hasta Sexi (Almuñécar) con un ejército formado por lusitanos y vettones capitaneados por Césaro.

Guerra de Lusitania

Después de haber sido derrotado Galba, pretor de la provincia Ulterior, en los primeros enfrentamientos con los lusitanos, éste les promete repartos de tierras de cultivo, por lo que confiados fueron concentrados más de 30.000 lusitanos en tres campamentos, desarmados en señal de buena voluntad, para recibir los lotes correspondientes. Entonces Galba mandó rodear estos campos de concentración y ordenó la más cruel matanza de la Antigüedad. Más de 9.000 lusitanos fueron pasados a cuchillo y 20.000 fueron vendidos como esclavos en las Galias. Algunos pudieron salvarse, entre ellos, Viriato, quien será elegido más tarde como caudillo que dirija el levantamiento general del pueblo lusitano contra Roma durante algo más de 10 años.

Después de ser elegido Viriato por sus compañeros de armas, como jefe para dirigir la guerra que los lusitanos mantenían contra los romanos, consiguió durante el año 147 a.C. notables éxitos. En Tríbola, Serranía de Ronda, derrotó al pretor Vitelio, que sucumbió en el propio combate junto a más de 4.000 legionarios. Esta victoria puso en manos de Viriato toda la Hispania Ulterior. Poco después Viriato abandonó la Bética y se dirigió a la Carpetania, seguido por el pretor Plaucio, quien lo atacó en la Sierra de San Vicente. El romano de nuevo fue derrotado y se vio obligado a retirarse de la zona. Viriato aprovecha la ocasión y penetra en la ciudad de Segóbriga, ciudad aliada de los romanos, que Plinio calificaba como Cabeza de la Celtiberia y que estaba situada en las proximidades de Saelices, junto al río Cigüela.

Acosado Viriato por las campañas del año 144 a.C. del nuevo cónsul de la provincia Ulterior, Fabio, que le obligó a replegarse en Baecula, Bailén, decidió pedir ayuda a los celtíberos. Éstos, especialmente los arévacos, dirigidos por Olónico, deciden dársela, rompiendo así los 10 años de paz que los pueblos de la submeseta norte habían mantenido con los romanos gracias al respeto a los acuerdos firmados con Marcelo.

Primera guerra de Celtiberia

Estalló la primera Guerra con la Celtiberia en el año 153 a.C. a causa de que los belos, una de las tribus celtíberas, se negó a suspender un nuevo amurallamiento que estaban levantando en la ciudad de Segeda, situada en el valle del Jalón junto al río Perejiles, cerca de la actual Belmonte de Gracián. Los romanos tomaron este hecho como un violación de los acuerdos establecidos con Sempronio Graco y el cónsul Fulvio Nobilior entró en la Celtiberia con una gran ejército. Los segedanos obtuvieron apoyo entre los arévacos.

Con el fin de someter a los belos y arévacos el cónsul Quinto Fulvio Nobilior estableció un campamento en Ocilis, hoy llamado Medinaceli, desde donde dominaba los valle del Jalón y del Henares hasta casi las inmediaciones del Duero. El día 23 de agosto del año 153 a.C., y cuando el ejército del cónsul Fulvio Nobilior se dirigía a Numancia, fue sorprendido por combatientes arévacos y belos mandados por el caudillo Caros. En el enfrentamiento hubo numerosas bajas en los dos bandos, particularmente entre los romanos. Los celtíberos sobrevivientes, después de que sucumbiera su jefe, se agruparon en Numancia.

A los tres días del primer enfrentamiento con los arévacos, el cónsul Fulvio Nobilior reorganizó su ejército e inició la marcha hacia Numancia, donde estableció un fortificado campamento militar en sus cercanías, en la Gran Atalaya, cerca de la aldea de Renieblas. Nobilior tras recibir refuerzos (300 jinetes y 10 elefantes) decidió atacar la ciudad de Numancia. Los numantinos, tal como había supuesto el cónsul, se asustaron al ver a los elefantes, animales desconocidos para ellos, por lo que se replegaron en la ciudad. Nobilior ordenó el asalto, pero uno de los paquidermos se espantó al sufrir una pedrada en la cabeza, y arrastró en su huida a los demás elefantes, circunstancia que aprovecharon los numantinos para salir de las murallas y causar una gran derrota entre los soldados romanos, ocasionándoles más de 16.000 bajas. Los ejércitos en la provincia Citerior quedaron reducidos en pocos días a la mitad por las sucesivas derrotas sufridas ante los celtíberos.

La rendición de Ocilis y Nertóbriga conllevó la pacificación con los numantinos, los cuales se sometieron, en nombre de todos los celtíberos, a los planes pacificadores del cónsul Claudio Marcelo por los que se reconocía a los arévacos plena autonomía. El Senado romano ratificó esta paz de principios del año 151 a.C., asegurando para la Celtiberia un largo período de tranquilidad que habría de durar hasta el año 143 a.C.

El cónsul de la provincia Citerior, Lúculo, violando la paz firmada por su predecesor Marcelo, y sin motivo aparente, atacó a los vacceos, vecinos de los arévacos. El primer ataque lo sufrió Cauca, la actual Coca, en la provincia de Segovia, cuyos habitantes, después de sufrir una derrota en campo abierto mandaron a los ancianos del lugar como emisarios, pidiendo la paz. Lúculo aceptó imponiendo la condición de que Cauca acogiese entre sus murallas a 2.000 soldados romanos. Los de Coca aceptaron y el ejército romano entró en la ciudad. Entonces Lúculo ordenó una matanza general de los indefensos habitantes de la ciudad. Poco después de masacrar a los habitantes de Coca, puso sitio a la localidad de Intercatia (posiblemente la ciudad zamorana de Villalpando), la cual, tras una valiente resistencia, capituló al salir fiadora de ella el joven general Escipión Emiliano.

Guerra de Numancia

Al reiniciarse las hostilidades, al prestar su ayuda a los lusitanos, Olónico desencadenó la llamada Guerra de Numancia que habría de durar algo más de un lustro.

Tropas mandadas por Cecilio Metelo y provenientes del campamento de Gracurris (Alfaro) asediaron y tomaron Contrevia Leukade en el año 142 a.C. Contrevia, situada en las cercanías de la actual localidad de Aguilar, era una ciudad arévaca aliada de Numancia que guardaba el acceso a ésta, siguiendo el cauce del río Alhama hasta la meseta en Matalebreras y Suellacabras.

La romanización de la ciudad se manifestó en la reconstrucción de las murallas mas próximas al río y en los cambios operados en sus construcciones civiles.

Durante el año 140 a.C. el cónsul de la Citerior, Pompeyo Rufo, en un intento de tomar por asalto la ciudad arévaca de Numancia, rodeó ésta con campamentos que situó en el cerro de Castillejos. Fracasado en su intento, el cónsul arremetió contra los arévacos de Termancia (Tiermes) donde nuevamente fracasó. Finalmente, centró sus esfuerzos en Numancia e intentó negociar la paz, si los numantinos pagaban 30 talentos por cada ciudadano.

Después de que Viriato firmara un tratado de paz con Roma durante la legislatura del cónsul Serviliano, y pese a que poco después fuera ratificado por el Senado, su sucesor Cepión consiguió que Roma anulase dicho tratado de paz, por lo que Viriato, después de ser derrotado en Azuaga, se vio obligado a mediados del año 139 a.C. a negociar la paz con el cónsul romano Cepión, sin ninguna ventaja para el caudillo lusitano. Viriato utilizó para estas negociaciones de paz con Cepión a tres jefes de su ejército, Audas, Ditalkón y Minuros, naturales de Urso (Osuna), que hacía tiempo habían desertado de las filas romanas pasándose a las lusas. El cónsul Cepión consiguió ganarse con grandes dádivas y presentes la voluntad de los representantes de Viriato en las negociaciones de paz, y los indujo a asesinarlo. Viriato fue asesinado durante ese año por sus antiguos camaradas Audas, Ditalkón y Minuros, mientras dormía. La muerte del caudillo, además de causar un hondo pesar en el pueblo lusitano, supuso el fin de la guerra lusitana, aunque todavía fue continuada por poco tiempo, bajo la dirección de Tántalo, hasta su definitiva rendición frente al cónsul Décimo Junio Bruto a finales del año 139 a.C.

A mediados del año 134 a de C. llegó a Tarragona el prestigioso cónsul Publio Escipión Emiliano, conquistador de Cartago, con el firme mandato del pueblo romano de acabar honrosamente con la resistencia y el poder de Numancia. Este emplazamiento arévaco durante más de dos años había resistido los asaltos romanos de Lenate, cónsul en el año 139 a.C., y había derrotado en repetidas ocasiones a Mancino, cónsul durante el año 137 a.C., que se vio obligado a retirarse al valle del Ebro, y a rendirse a los celtíberos con más de 20.000 hombres. Los numantinos habían adquirido tal poder que habían abierto un proceso de negociación de paz y exigían la libertad de los legionarios apresados a cambio de la plena autonomía de la Celtiberia. Después de someter a un duro entrenamiento a los legionarios romanos y reclutar tropas entre las tribus aliadas, Escipión formó un ejército de más de 60.000 soldados con los que sometió las tierras leridanas y controló la Tierra de Campos, a través del desfiladero de Pancorvo (Burgos), con el fin de abastecerse de los cereales de los vacceos y de paso, evitar los continuos saqueos que sobre estas tierras ejercían los numantinos. Avanzó por el valle del Duero, llegó hasta Numancia a principios del otoño del año 134 a.C., e inmediatamente ordenó la construcción de fortificaciones y campamentos para rodear a la pequeña Numancia (4.000 defensores). La circunvalación que la cercaba estaba formada por un conjunto de zanjas y empalizadas que defendían una poderosa muralla de más de 9 kilómetros de perímetro, con torres defensivas cada 300 metros. La fortaleza exterior estaba defendida por siete campamentos, entre los que destacaban: el de Castillejos, cuartel general de Escipión, y el Peña Redonda, situado al sur de la ciudad cercada.

A principios del año 133 a.C. y después de más de tres meses de cerco, Numancia, al ver insostenible su situación, envió a Escipión emisarios, al mando de Avaros, con la misión de encontrar las condiciones más favorables para una capitulación. El pueblo numantino no quiso aceptar las condiciones impuestas por Escipión, y se dispuso a resistir al asedio hasta el final, para lo que tuvieron incluso que recurrir a reglamentar el uso de la carne humana como el único alimento disponible. Debilitados por el hambre, a principios del verano, los arévacos decidieron capitular, pero muchos de ellos, el día anterior al acordado para efectuar la entrega de las armas a Escipión, se suicidaron para no presenciar la caída de su patria. Al día siguiente del holocausto numantino (finales de julio o principios de agosto del año 133 a.C.) y después de nueve meses de asedio, los supervivientes entregaron las armas y se rindieron a los vencedores. Escipión seleccionó a 50 prisioneros para que Roma fuera testigo se su éxito y el resto fueron vendidos como esclavos. La pequeña ciudad celtíbera de Numancia había sido todo un símbolo de resistencia al poder romano y como a tal se le impuso el supremo castigo de ser destruida y reducida a cenizas por propia decisión de Escipión, el cual además prohibió su reconstrucción como si fuera una ciudad maldita. La ciudad de Termancia fue vencida y destruida en el año 93 a.C. por el cónsul Tito Didio en el transcurso de la segunda guerra general desencadenada por los romanos cinco años antes contra la Celtiberia. Sus habitantes tuvieron que establecerse en una nueva ciudad abierta construida en la llanura, abandonando la fortaleza excavada en la roca.

La localidad vaccea de Colenda (Cuéllar), que había sido fundada por Mario diez años antes para asentar a los celtíberos aliados de Roma, y que había resistido un asedio durante nueve meses en el desarrollo de las segundas guerras celtíberas (98 a 93 a.C.), fue duramente castigada. La derrota final de los habitantes de la zona de Colenda (Cuéllar) fue trágicamente diseñada por el cónsul Didio en el año 93 a. de C., imitando la masacre protagonizada por Galba, al inicio de la guerra, contra los lusitanos. Con el señuelo de repartir las tierras de la deshabitada Colenda, el cónsul atrajo a numerosos celtíberos de la comarca, y cuando estaban confiados y desarmados, mandó degollarlos traidoramente. Los sobrevivientes fueron vendidos como esclavos y sus tierras se ofrecieron a los moradores de otros pueblos de la comarca.

Conquista de las Baleares

El Senado encomendó a Quinto Cecilio Metelo la empresa de ocupar las islas de Mallorca y Menorca que por entonces, 123 a.C., estaban dominadas por piratas que atacaban a los barcos romanos y asolaban las costas levantinas. Durante el año siguiente Metelo dominó las dos mayores islas baleáricas a las que llevó 3.000 colonos peninsulares con los que comenzó la organización del país en torno a dos ciudades mallorquinas: Palma y Pollentia.




J.M.S

Hispania romana

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Hispania romana

Se conoce como Hispania romana a los territorios de la península ibérica durante el periodo histórico de dominación romana. 

Este periodo se encuentra comprendido entre 218 a. C. (fecha del desembarco romano en Ampurias) y los principios del siglo V (cuando entran los visigodos en la Península, sustituyendo a la autoridad de Roma). A lo largo de este extenso periodo de siete siglos, tanto la población como la organización política del territorio hispánico sufrieron profundos e irreversibles cambios, y quedaría marcado para siempre con la inconfundible impronta de la cultura y las costumbres romanas. 

De hecho, tras el periodo de conquistas, Hispania se convirtió en una parte fundamental del Imperio romano, proporcionando a este un enorme caudal de recursos materiales y humanos, y siendo durante siglos una de las partes más estables del mundo romano y cuna de algunos gobernantes del imperio.  

El proceso de asimilación del modo de vida romano y su cultura por los pueblos sometidos se conoce como romanización. El elemento humano fue su más activo factor, y el ejército el principal agente integrador.

La sociedad hispana se organizó como la del resto del Imperio romano, en hombres libres y esclavos. Los hombres libres podían participar en el gobierno, votar en las elecciones y ser propietarios de tierras. Los esclavos, en cambio, no tenían ningún derecho y eran propiedad de algún hombre libre. Las mujeres podían ser libres o esclavas, pero no tenían los mismos derechos que los hombres.

Iberia e Hispania

Los escritores latinos usaron el nombre de Hispania en lugar de Iberia.​ El escritor latino Ennio, que vivió entre los años 239 y 169 a.C, es el primero que llama Hispania a Iberia en su Historia Romana.​ En el siglo I a. C. los escritores latinos se refirieron a la península ibérica indistintamente como Hispania o Iberia. El citado geógrafo Estrabón, cuyo libro tercero de su Geografía es el documento más importante sobre la etnología de los pueblos de la Hispania Antigua, afirma expresamente que se utilizaban indistintamente en su tiempo, el siglo I, los nombres de Iberia e Hispania. Su extensión, según Trogo Pompeyo, es menor que la Galia y la de África.​ Estrabón se refiere a la península ibérica:  


Con el nombre de Ibería los primeros griegos designaron todo el país a partir del Rhodanos y del istmo que comprenden los golfos galáticos; mientras que los griegos de hoy colocan su límite en el Pyrene y dicen que las designaciones de Iberia e Hispania son sinónimas.

La Conquista de Hispania

Lo que se inició a finales del siglo III a. C. como una invasión estratégica para cortar las líneas de abastecimiento cartaginesas que sostenían la invasión de la península itálica por Aníbal durante la segunda guerra púnica, pronto pasó a ser una invasión de conquista que en unos doce años había expulsado por completo a las fuerzas cartaginesas de la Península. Sin embargo, Roma aún tardaría casi dos siglos en dominar la totalidad de la península ibérica, debido principalmente a la fuerte resistencia que los pueblos del interior (celtíberos, lusitanos, astures, cántabros, etc.) ofrecieron a los invasores. Dos siglos de guerras intermitentes aunque extremadamente violentas y crueles, tras los cuales las culturas prerromanas de Hispania fueron casi por completo exterminadas. La dominación romana perduraría hasta la entrada en Hispania de las primeras tribus bárbaras, ya en el siglo V, formando durante los siete siglos de influencia romana una población homogénea en Hispania conocida como «hispanorromana». 

La influencia romana en la península ibérica

Muralla romana de Ampurias
Al tiempo que Roma establecía su dominio sobre la península ibérica, también importaba a la misma su particular forma de entender la vida: su economía, su legislación, las infraestructuras que les permitieron crear y conservar un imperio y las manifestaciones artísticas de todo tipo. De todo ello se conserva hoy un importante legado no solo arqueológico, sino también cultural, que aún hoy permanece en las lenguas romances habladas en España y Portugal, descendientes directas del latín.

Organización política

Casi desde el primer momento, los romanos organizaron Hispania mediante la subdivisión de esta en diferentes provincias administrativas bajo el gobierno de pretores que actuaban como virreyes en nombre de Roma, conectadas todas ellas por calzadas​. A lo largo del dominio romano sobre Hispania, esta estuvo dividida en las siguientes provincias: 


  • Hispania Ulterior, primera división provincial en la zona sur y oeste de Hispania.
  • Hispania Citerior, primera división provincial en la zona este.
  • Bética, división provincial posterior, en el sur
  • Lusitania, en el oeste peninsular.
  • Tarraconense, en el este.
  • Cartaginense, en el sureste.
  • Gallaecia, en el noroeste.
  • Mauretania Tingitana, al sur del estrecho.

Las ciudades

El proceso de romanización en la Península se basó fundamentalmente en las ciudades como núcleos exportadores de la nueva cultura. La política urbanizadora comenzó pronto, aunque con fines casi exclusivamente defensivos. Durante la época republicana las riquezas mineras y agropecuarias de Hispania atrajeron gran número de emigrantes romano-itálicos, sobre todo después de la crisis del siglo II a. C. Éstos, unidos a los soldados establecidos en la Península comenzaron a asentarse en ciudades de estatus jurídico dudoso. Un ejemplo de esta etapa es la ciudad de Carteia.  

Puente romano de Córdoba
Con Julio César comenzó un periodo de colonización y municipalización, resolviendo el problema que padecía Italia por la falta de ager publicus, asentó en Hispania a sus soldados fundando nuevas colonias. También concedió la ciudadanía romana a municipios ya existentes, premiando así su fidelidad en la guerra civil que mantuvo con Pompeyo en la Península, por eso la mayoría de ellos se encuentran en la Bética. Augusto continuó la política de César, municipios augusteos son: Osca, Caesaraugusta, Calagurris, Baetulo, Segóbriga, Valeria,​ Ilerda, Iulia Traducta, Iuliobriga, etc. Vespasiano concedió el derecho latino a todas las ciudades de Hispania. 

Las ciudades poseían diferente categoría jurídica; así las colonias y municipios romanos estaban libres de cargas tributarias, las ciudades de derecho latino se encontraban en un escalafón inferior, por debajo de éstas estaban las ciudades peregrinae que carecen de privilegios jurídicos para sus habitantes. En el último lugar se encontraban las stipendiariae, que estaban obligadas a pagar un tributo a Roma, así como a aportar soldados al ejército.

División administrativa de Hispania en torno al 17 a. C.

 Latinización de la Hispania

Uno de los aspectos más trascendentes de la romanización en la península ibérica fue el de su latinización. Es decir, el proceso que trajo consigo la pérdida de los idiomas indígenas, a excepción del vasco, y la concomitante y paralela sustitución de éstos por el latín, del que más tarde derivarían las lenguas romances. La latinización de España comenzó desde la llegada de Roma en 218 a. C., y continuó hasta la conversión oficial de Hispania en parte del Imperio romano en 19 a. C., durante el gobierno de Augusto. El gran catálogo de Untermann sobre epigrafía ibérica pone de manifiesto que la escritura ibérica se siguió usando en muchos ámbitos: basta con comprobar los grafitos marcados a punzón sobre cerámicas o bien los nombres de las ciudades escritos sobre monedas en ibérico o en latín de modo que, a veces se vuelve al uso del ibérico después de haber acuñado monedas con textos latinos. Los grafitos sobre esculturas del Cerro de los Santos y del santuario de Torreparedones presentan unas veces textos latinos y otras ibéricos. La latinización no fue igual en toda la Hispania, sino que en la Ulterior fue de forma más acelerada. 

J. M. S.

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Hispania romana

Se conoce como Hispania romana a los territorios de la península ibérica durante el periodo histórico de dominación romana.

Este periodo se encuentra comprendido entre 218 a. C. (fecha del desembarco romano en Ampurias) y los principios del siglo V (cuando entran los visigodos en la Península, sustituyendo a la autoridad de Roma). A lo largo de este extenso periodo de siete siglos, tanto la población como la organización política del territorio hispánico sufrieron profundos e irreversibles cambios, y quedaría marcado para siempre con la inconfundible impronta de la cultura y las costumbres romanas.

De hecho, tras el periodo de conquistas, Hispania se convirtió en una parte fundamental del Imperio romano, proporcionando a este un enorme caudal de recursos materiales y humanos, y siendo durante siglos una de las partes más estables del mundo romano y cuna de algunos gobernantes del imperio.

El proceso de asimilación del modo de vida romano y su cultura por los pueblos sometidos se conoce como romanización. El elemento humano fue su más activo factor, y el ejército el principal agente integrador.

Cabeza de una antigua estatua romana de bronce,
 que a su vez era parte de un grupo escultórico.
 Fue hallada en el templo romano del 
yacimiento arqueológico
 de Cabezo de Alcalá, en Azaila
 (Provincia de Teruel, Aragón, España).
 Es una representación de un joven noble local,
 datada en el primer tercio del 
siglo I a. C. (Edad de Hierro II).
La sociedad hispana se organizó como la del resto del Imperio romano, en hombres libres y esclavos. Los hombres libres podían participar en el gobierno, votar en las elecciones y ser propietarios de tierras. Los esclavos, en cambio, no tenían ningún derecho y eran propiedad de algún hombre libre. Las mujeres podían ser libres o esclavas, pero no tenían los mismos derechos que los hombres.

Iberia e Hispania

Los escritores latinos usaron el nombre de Hispania en lugar de Iberia.​ El escritor latino Ennio, que vivió entre los años 239 y 169 a.C, es el primero que llama Hispania a Iberia en su Historia Romana.​ En el siglo I a. C. los escritores latinos se refirieron a la península ibérica indistintamente como Hispania o Iberia. El citado geógrafo Estrabón, cuyo libro tercero de su Geografía es el documento más importante sobre la etnología de los pueblos de la Hispania Antigua, afirma expresamente que se utilizaban indistintamente en su tiempo, el siglo I, los nombres de Iberia e Hispania. Su extensión, según Trogo Pompeyo, es menor que la Galia y la de África.​ Estrabón se refiere a la península ibérica:

Con el nombre de Ibería los primeros griegos designaron todo el país a partir del Rhodanos y del istmo que comprenden los golfos galáticos; mientras que los griegos de hoy colocan su límite en el Pyrene y dicen que las designaciones de Iberia e Hispania son sinónimas.

La Conquista de Hispania

Lo que se inició a finales del siglo III a. C. como una invasión estratégica para cortar las líneas de abastecimiento cartaginesas que sostenían la invasión de la península itálica por Aníbal durante la segunda guerra púnica, pronto pasó a ser una invasión de conquista que en unos doce años había expulsado por completo a las fuerzas cartaginesas de la Península. Sin embargo, Roma aún tardaría casi dos siglos en dominar la totalidad de la península ibérica, debido principalmente a la fuerte resistencia que los pueblos del interior (celtíberos, lusitanos, astures, cántabros, etc.) ofrecieron a los invasores. Dos siglos de guerras intermitentes aunque extremadamente violentas y crueles, tras los cuales las culturas prerromanas de Hispania fueron casi por completo exterminadas. La dominación romana perduraría hasta la entrada en Hispania de las primeras tribus bárbaras, ya en el siglo V, formando durante los siete siglos de influencia romana una población homogénea en Hispania conocida como «hispanorromana».

La influencia romana en la península ibérica

Puente romano de Córdoba,
ejemplo de la durabilidad de las obras civiles romanas.

Al tiempo que Roma establecía su dominio sobre la península ibérica, también importaba a la misma su particular forma de entender la vida: su economía, su legislación, las infraestructuras que les permitieron crear y conservar un imperio y las manifestaciones artísticas de todo tipo. De todo ello se conserva hoy un importante legado no solo arqueológico, sino también cultural, que aún hoy permanece en las lenguas romances habladas en España y Portugal, descendientes directas del latín.

Organización política

Casi desde el primer momento, los romanos organizaron Hispania mediante la subdivisión de esta en diferentes provincias administrativas bajo el gobierno de pretores que actuaban como virreyes en nombre de Roma, conectadas todas ellas por calzadas​. A lo largo del dominio romano sobre Hispania, esta estuvo dividida en las siguientes provincias:
  • Hispania Ulterior, primera división provincial en la zona sur y oeste de Hispania.
  • Hispania Citerior, primera división provincial en la zona este.
  • Bética, división provincial posterior, en el sur
  • Lusitania, en el oeste peninsular.
  • Tarraconense, en el este.
  • Cartaginense, en el sureste.
  • Gallaecia, en el noroeste.
  • Mauretania Tingitana, al sur del estrecho.

Las ciudades

El proceso de romanización en la Península se basó fundamentalmente en las ciudades como núcleos exportadores de la nueva cultura. La política urbanizadora comenzó pronto, aunque con fines casi exclusivamente defensivos. Durante la época republicana las riquezas mineras y agropecuarias de Hispania atrajeron gran número de emigrantes romano-itálicos, sobre todo después de la crisis del siglo II a. C. Éstos, unidos a los soldados establecidos en la Península comenzaron a asentarse en ciudades de estatus jurídico dudoso. Un ejemplo de esta etapa es la ciudad de Carteia.

División provincial de Diocleciano en 298.
Con Julio César comenzó un periodo de colonización y municipalización, resolviendo el problema que padecía Italia por la falta de ager publicus, asentó en Hispania a sus soldados fundando nuevas colonias. También concedió la ciudadanía romana a municipios ya existentes, premiando así su fidelidad en la guerra civil que mantuvo con Pompeyo en la Península, por eso la mayoría de ellos se encuentran en la Bética. Augusto continuó la política de César, municipios augusteos son: Osca, Caesaraugusta, Calagurris, Baetulo, Segóbriga, Valeria,​ Ilerda, Iulia Traducta, Iuliobriga, etc. Vespasiano concedió el derecho latino a todas las ciudades de Hispania.

Las ciudades poseían diferente categoría jurídica; así las colonias y municipios romanos estaban libres de cargas tributarias, las ciudades de derecho latino se encontraban en un escalafón inferior, por debajo de éstas estaban las ciudades peregrinae que carecen de privilegios jurídicos para sus habitantes. En el último lugar se encontraban las stipendiariae, que estaban obligadas a pagar un tributo a Roma, así como a aportar soldados al ejército.

Latinización de la Hispania

Uno de los aspectos más trascendentes de la romanización en la península ibérica fue el de su latinización. Es decir, el proceso que trajo consigo la pérdida de los idiomas indígenas, a excepción del vasco, y la concomitante y paralela sustitución de éstos por el latín, del que más tarde derivarían las lenguas romances. La latinización de España comenzó desde la llegada de Roma en 218 a. C., y continuó hasta la conversión oficial de Hispania en parte del Imperio romano en 19 a. C., durante el gobierno de Augusto. El gran catálogo de Untermann sobre epigrafía ibérica pone de manifiesto que la escritura ibérica se siguió usando en muchos ámbitos: basta con comprobar los grafitos marcados a punzón sobre cerámicas o bien los nombres de las ciudades escritos sobre monedas en ibérico o en latín de modo que, a veces se vuelve al uso del ibérico después de haber acuñado monedas con textos latinos. Los grafitos sobre esculturas del Cerro de los Santos y del santuario de Torreparedones presentan unas veces textos latinos y otras ibéricos. La latinización no fue igual en toda la Hispania, sino que en la Ulterior fue de forma más acelerada.

J. M. S.