Guerra de Hispania (416-418)

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Guerra de Hispania (416-418)

La guerra de Hispania entre los años 416 y 418 fue un conflicto bélico que enfrentó al Imperio romano de Occidente con los vándalos silingos y los alanos asentados en las provincias hispanas de Bética, Lusitania y Cartaginense.​ El Imperio no luchó con sus propias tropas sino que utilizó a los visigodos y a los vándalos asdingos quienes combatieron en su nombre como foederati. 

Antecedentes

La pérdida de las provincias hispanas

El 31 de diciembre del año 406 una coalición de pueblos bárbaros (alanos, vándalos asdingos, vándalos silingos y suevos) rompieron las defensas fronterizas romanas en el Rin e invadieron la Galia. Tras dos años y medio de saqueos, decidieron cruzar los Pirineos en el otoño de 409 y entraron en la diócesis de Hispania. Aprovecharon para ello que las tropas romanas existentes en ella se encontraban concentradas en la provincia Tarraconense para ser utilizadas en la guerra que enfrentaba a Geroncio con Constantino de Britania. 


Durante dos años, los invasores extendieron la destrucción por el resto de las provincias hispanas en la península hasta que, en 411, decidieron repartírselas entre ellos.​ Los alanos eran el grupo más importante y se quedaron con dos: Lusitania y Cartaginense. A los vándalos silingos, por su parte, les correspondió la Bética mientras que los vándalos asdingos y los suevos se tuvieron que repartir la provincia más pequeña de todas: la Gallaecia. 

Tras el reparto, tanto vándalos como alanos intentaron llegar a un acuerdo con el gobierno imperial que legitimase, de algún modo, su asentamiento. Con este objetivo enviaron embajadores a Rávena y solicitaron ser reconocidos como foederati para lo que ofrecieron rehenes y luchar como aliados del Imperio. Solo los vándalos asdingos, los más débiles, tuvieron éxito en ello mientras que los vándalos silingos y los alanos vieron rechazadas sus propuestas.

La guerra gótica y las usurpaciones

Cuando la coalición invasora saqueó Hispania, el gobierno de Honorio no pudo hacer nada para evitarlo ya que solo controlaba la prefectura de Italia y parte del ejército imperial. Además, estaba inmerso en una guerra contra los visigodos y en su propia defensa frente a las usurpaciones de Constantino de Britania, Jovino y Heracliano. Solo tras acabar con ellas pudo reunir a lo que quedaba de tropas en el verano de 413 y concentrar su esfuerzo en acabar con los invasores. Con todo, su capacidad seguía siendo limitada ya que las luchas desde 406 habían reducido los efectivos comitatenses a la mitad. 


El primer objetivo fueron los visigodos que, para entonces, controlaban el sureste de la Galia. Flavio Constancio, el general al mando, evitó el enfrentamiento directo y confió en que la falta de suministros los doblegaría. Tuvo éxito en su estrategia porque, con los puertos bloqueados y el interior devastado, Walia se avino a negociar un acuerdo de paz. En él, los visigodos obtuvieron lo que llevaban buscando desde su entrada en Italia varios años antes: un asentamiento legal dentro de las fronteras del Imperio, en el valle del río Garona. A cambio, debían luchar en nombre de Roma contra los invasores que ocupaban Hispania.

Desarrollo

Reconquista de la Cartaginense

Campañas entre 416 y 418 de los visigodos y vándalos asdingos para recuperar, en nombre del Imperio romano, las provincias de Bética, Lusitania y Cartaginense.


Los alanos habían recibido dos provincias y se estima que estaban divididos en dos grupos diferentes: el que se asentó en la Cartaginense siguiendo a Respendial y los que lo hicieron en Lusitania bajo el mando de Ataces.​ Parece ser que la reconquista de la provincia Cartaginense no fue obra de los visigodos sino de los vándalos asdingos.​ Estos, al mando de su rey Gunderico, se dirigieron al interior peninsular y consiguieron derrotar a los alanos de Respendial cuyos supervivientes se pusieron a las órdenes de su rey y volvieron con ellos a Gallaecia. 


Reconquista de Bética y Lusitania

Los visigodos partieron de Barcino (Barcelona) a mediados del año 416. Tenían un particular resentimiento contra los vándalos silingos ya que, durante los años anteriores, estos se habían aprovechado de su escasez de suministros para venderles el trigo a precios desorbitados. Se dirigieron a la provincia de Bética aunque no se sabe con certeza por que medio. Se especula que fue por tierra o bien transportados por mar en barcos de la armada imperial. 


Una vez en el sur, comenzaron a hostigar a los silingos y Walia consiguió capturar a su rey Fridibaldo, sin lucha, mediante una estratagema. La batalla entre ambos ejércitos se produjo junto a Calpe occidental (Carteia) donde los visigodos infringieron una severa derrota a los vándalos que sufrieron una gran cantidad de bajas. ​ Los vencedores pasaron el año 417 expulsando de la provincia a los invasores que quedaban quienes huyeron hacia el norte con sus familias para refugiarse dentro del territorio de los asdingos.

El siguiente objetivo fueron los alanos de Ataces. Los visigodos avanzaron hacia el norte y entraron en su territorio. En el 418 se produjo el choque contra el ejército alano y su rey murió durante el combate. ​ Al igual que habían hecho el otro grupo de alanos y los silingos, los supervivientes optaron por no elegir a un nuevo líder y huyeron hacia el territorio asdingo para unirse a ellos.

Final de la guerra y consecuencias

Tras la derrota de los alanos, Flavio Constancio ordenó a los visigodos detener la campaña ese año 418 y dirigirse a la Galia donde se les concedió un asentamiento en la provincia de Aquitania Segunda y en el valle del río Garona. La guerra no continuó contra los invasores asentados en Gallaecia: el Imperio mantuvo el acuerdo de alianza con los asdingos mientras que los suevos, finalmente, tampoco fueron molestados. 


El Imperio consiguió recuperar las provincias perdidas y restablecer su administración en ellas. Para el año 420 ya se tiene constancia de la existencia de un vicario para Hispania llamado Maurocelo.​ Sin embargo, la paz duraría poco. Los asdingos vieron aumentada considerablemente su fuerza militar de tal manera que, al siguiente año 419, intentaron expandir su territorio a costa de los suevos y provocaron una guerra entre ellos. Tras su fracaso, huyeron hacia el sur, se adueñaron de la Bética y derrotaron a los romanos en el año 422. 


J. M. S.




 

Perestroika

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Perestroika

La Perestroika (en ruso  перестройка ), «reestructuración») es conocida como la reforma económica destinada a desarrollar una nueva estructura interna de la Unión Soviética, la cual fue llevada a la práctica en todo su territorio por Mijaíl Gorbachov, un mes después de que tomara el poder. La visión que Mijaíl Gorbachov tenía para el futuro era, fundamentalmente, reorganizar el sistema socialista para poder conservarlo. Dentro de sus planes de cambio estaba que la sociedad soviética, pudiera transformarse para que estuviera lista y pudiera contribuir a la creación de un nuevo sistema económico dentro del socialismo, en la Unión Soviética. Este proceso estuvo lleno de conversiones hacia la democracia en la política y en los miembros del Kremlin, trayendo consigo una enorme cantidad de consecuencias en la economía y en la sociedad, que culminaron con la era de Gorbachov y la consecuente disolución de la URSS.

El proceso

Durante sus primeros años en el poder, Gorbachov no hizo ningún cambio importante en el plan económico del Estado aunque dijo que era necesario hacerlo. En 1985, Gorbachov y sus ministros de economía introdujeron las reformas necesarias de lo que sería conocido como Perestroika.

La Perestroika es una reforma basada en la reestructuración del sistema económico llevada a cabo en la Unión Soviética, en la década de 1980. Cuando en 1985 el reformista Mijaíl Gorbachov fue elegido secretario general y se convirtió en el máximo dirigente soviético, en la reunión del Comité Central del PCUS de abril de 1985 se decidió poner en práctica dicha reforma. El programa consistía en convertir a la Unión Soviética, en 500 días, en una economía de mercado. Dando lugar a aperturas económicas y relaciones con occidente, así como la intromisión de Soros y la CIA.​ Se aceptó la propiedad privada en artículos personales básicos. Desde la época de Lenin hubo muchos conflictos y controversias sobre la forma de economía que debía fungir como transitoria hacia el comunismo real. De hecho, uno de los conflictos más intrincados fue la existencia o no de un sistema de mercado basado en oferta y demanda en una economía marxista.

Para algunos autores como Serguéi Kara-Murzá, este proceso constituyó una revolución desde "arriba", llevada a cabo por la nomenklatura soviética (grupos dirigentes del partido) que realmente querían justificar su estilo de vida burgués, puesto que el grupo gobernante gozaba de privilegios a los que no podía disponer el ciudadano común. Para este autor, el sistema colectivista se había transformado en un obstáculo, pues no les permitía fungir como una nueva clase social de forma abierta. En el plano productivo, fue un severo proceso de desindustrialización y privatización a base de la venta de las propiedades estatales pasando a manos privadas. Un proceso que fue llamado "terapia de choque" por Borís Yeltsin (primer presidente de la Rusia post-soviética), pasando de un estado socialista basado en un sistema económico solidario a un estilo capitalista liberal de tipo occidental. Siendo en 1994 el 70% de activos provenientes del sector privado.

Mijaíl Gorbachov en 1986
Según el mismo autor, para el momento de implementada la Perestroika, la Unión Soviética no se encontraba en crisis económica, pues el cálculo económico de un estado socialista es diametralmente diferente a los estados capitalistas (PIB, PPC), pues el experimento soviético se basaba en un estado empleador monopolista y no se rige por las utilidades generadas por el trabajo. Básicamente el estado redistribuye todo lo producido en su conjunto por el pueblo, el dinero se transforma en un mecanismo de canje.

El objetivo principal era pasar de un sistema de economía centralmente planificada a un sistema de economía de mercado (ley de oferta y demanda), para lo cual se permitió una cierta autonomía local y se procedió a la liberalización de precios. También se pretendía luchar contra la corrupción, el alcoholismo y el absentismo laboral, según la nueva teoría, el pleno propugnando la liberalización económica, permitiendo a las empresas tomar decisiones sin consultar a las autoridades y fomentando la empresa privada y las sociedades conjuntas con un número limitado de compañías extranjeras, impulsando así la inversión. Así mismo, se implantó una cierta democratización de la vida política. Abel Aganbegián, el primer consejero económico de Gorbachov, y en gran parte responsable de la base teórica del programa de cambio, afirmó que en un 40 % de la industria se habría producido una disminución de la producción y que, además, existía una degradación de la agricultura. Por ello, propuso reformas para dar más autonomía a la empresa, medidas para mejorar el rendimiento del trabajador y la calidad de los productos. Las alternativas económicas de otros países socialistas se ignoraron (como la modificación del Socialismo Chino de los setentas) y las medidas que se adoptaron no se discutieron previamente, permitiendo la entrada de capital extranjero y acercándose cada vez más al capitalismo. Así, poco a poco se fueron introduciendo actividades económicas privadas, mediante la paulatina introducción de contratos individuales en fábricas y haciendas colectivas. Se llevaron a cabo medidas, como la venta de un gran número de empresas estatales, reformas de la moneda y un nuevo sistema bancario y financiero.

Para inicios de la década de 1990, la Unión Soviética se encontraba sumida en una profunda crisis económica sin precedentes , puesto que no existía a la fecha una teoría o metodología académica de cómo un estado de economía planificada centralmente, pasa a convertirse en una economía de mercado libre. Se dislocó completamente todo el complejo entramado industrial y agrícola de la Unión Soviética, el país virtualmente se paralizó, la inflación se disparó y las condiciones de pobreza se propagaron, siendo de un 50% de la población rusa en 1993/1995, al punto que la misma Unión Soviética desapareció como estado y como superpotencia mundial del periodo de la Guerra fría.

La reforma económica y los ingresos de la población rusa

La Perestroika instaurada en la Unión Soviética por Gorbachov prometía grandes cosas para los ciudadanos, pero los dirigentes de entonces optaron por subir los sueldos a diversas categorías de ocupados. Esta decisión provocó la escasez y la necesidad de subvención, lo que empeoró su situación y la del tesoro público. El elemento más destructivo fue la Ley de Empresa, pues anulaba todo control sobre los recursos, de modo que se redujo la inversión. La desmembración de la Unión Soviética en pequeñas repúblicas, la creación de bancos propios y la concesión de créditos ilimitados provocaron inflación y la escasez total, el interés por el dinero llegó a ser mínimo.

Liberalización de precios en 1992

Sello postal de 1988 promocionando la Perestroika.
La liberalización de los precios en 1992 y la renuncia a la rígida regulación de salarios causaron una sustancial disminución en el nivel de vida, así como cambios en la dinámica y estructura de los ingresos, diferenciando regiones[ y ramas en la remuneración del trabajo.

Surgió una clase de nuevos ricos, cuyos ingresos no provenían del trabajo, y se amplió el número de pobres, en 1993, casi una tercera parte de la población rusa tenía ingresos que no garantizaban un nivel mínimo de subsistencia.

Distribución polarizada de los ingresos

Aumentó la diferenciación de la población en el nivel de ingresos “per cápita” de forma vertiginosa; así, al 20 % de la población más rica le correspondía el 50 % de los ingresos monetarios.

Surgieron grandes desproporciones en la remuneración de los salarios por ramas de la economía, debido a la falta de competencia entre las empresas: las que han logrado monopolizar los mercados de venta, pagan salarios mucho mayores que el resto. Aparecieron nuevos oligarcas de las principales industrias. Para el soviético, lo anterior fue un choque psicológico enorme, puesto que veía impotente cómo todo el complejo industrial se entregaba a manos privadas, industrias que no representaban, para ellos, activos fijos.

Aumentaron las diferencias entre las regiones, las de situación más ventajosa han sido las de una mayor especialización productiva.

La distinción del nivel de consumo no era tan grande como la de ingresos nominales, ya que en las zonas centrales de Rusia los precios de los productos básicos son menores que en las más meridionales o en Siberia. Por otro lado, la estructura de los ingresos varió para la mayor parte de la población: para el 75 % de la población la fuente de ingresos es el salario, para el 20 % la pensión y para el 5 % los negocios propios. Para la población asalariada la situación es la peor por la falta de incorporación de la fuerte inflación al salario. El resto de los trabajadores tiene una situación más favorable; aun así, la gente se ve obligada a buscar fuentes complementarias de ingresos.

En el campo del consumo, la estructura empeoró en estos últimos dos años, la parte destinada a alimentos es del 50 %, reduciendo el resto de consumos de productos no comestibles y de servicios.

Condicionantes del nivel de vida

     1- Diversos bienes sociales se subvencionan por el Estado.

     2- La estadística oficial no recoge los ingresos de la producción no registrada. Además el Comité Estatal de Estadística no ha hecho estudios profundos de los presupuestos familiares desde 1989.

     3- En los comienzos de la liberalización la población tenía acumulados considerables stocks de víveres y artículos industriales.fue así lo que sirvió como freno a la caída de ingresos después de la liberalización. La población se polariza con respecto a los ingresos con la aparición de los superricos, una pequeña parte que obtiene sus ingresos de los negocios y del resto. Esta situación plantea dos problemas :

          1- Fuente de tensión social.

        2- El grupo poblacional en torno a los pequeños negocios puede incrementar su participación apoyando y apoyándose en la inflación.

Los cambios en la distribución de los ingresos en Rusia después de la Perestroika y la liberalización de los precios han llevado a la población rusa a una polarización en su status con grandes diferencias de nivel de vida según la fuente de obtención de renta de los individuos.

Este efecto se da por varias causas:

                    1-La primera por la diferente incorporación de la inflación a las fuentes de renta.

                   2- Otra causa son las diferentes fuentes de renta y su participación en los ingresos finales.

                  3- Por otro lado, la escasez general y la región determinan la capacidad de consumo de los individuos, que además ha variado considerablemente.

La inexistencia de una clase media-alta y la rapidez de las operaciones que se realizan, así como la falta de interés por el dinero, hacen que la evolución de la estructura de ingresos no sea la más recomendable.

Consecuencias políticas

En política exterior, Gorbachov tendía a que se negociara la reducción de armamento y se pacificaran las relaciones internacionales, por lo que retiró a las tropas soviéticas de Afganistán y recibió en Moscú al presidente estadounidense Ronald Reagan.

Tras ser elegido presidente del Soviet Supremo, Gorbachov aceleró el programa de reformas políticas. Fue elegido jefe del Estado (1989) y primer presidente de la Unión Soviética por el congreso (1990). Se redujo el interés de la Unión Soviética por los países socialistas del Tercer Mundo y se inició una predilección por los países occidentales y por la democracia, a la que costó mucho adaptarse.

La reforma, aplicada con mayor fuerza sobre todo a partir de 1987, alcanzaba todas las áreas del sistema soviético: la ciencia, la tecnología, la reorganización de la estructura económica y los cambios en la política de inversiones. Para ello se trató de hacer un mejor uso de los medios económicos de que se disponía. La reforma supuso el saneamiento de una burocracia ineficaz y con ello se pretendía implicar más al conjunto de ciudadanos en la tarea de reconstruir su economía.

La Perestroika iba complementada por la glásnost, una política de apertura hacia los medios de comunicación, con transparencia informativa, permitiendo la libertad de expresión y de opinión, al contrario que en la etapa anterior, caracterizada por la represión hacia los contrarios al sistema. Esto fue generando una confrontación política encabezada por las críticas de Borís Yeltsin, que fue apartado en 1987. En junio de 1988, se celebraron las elecciones más democráticas desde las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1917, las cuales no dieron al PCUS todos los puestos en el gobierno, sino que se formó una minoría de reformadores entre los que se encontraba Yeltsin. A finales de 1990 ya existía una verdadera división en el Congreso, con unos 18 grupos políticos, de los que el más importante era el comunista, seguido del conservador Soyuz.

Hacia el final del mandato de Gorbachov, la Perestroika empezó a recibir críticas, tanto por los que pensaban que las reformas se aplicaban demasiado lentamente como por los comunistas, que temían que éstas destruyeran el sistema socialista y llevaran a la decadencia del país.

El 12 de junio de 1990, el Congreso de los Diputados del Pueblo de Rusia aprobó la Declaración de Soberanía Estatal de la RSFS de Rusia. El 19 de agosto de 1991, los altos cargos del PCUS y la KGB realizaron un intento de golpe de Estado con el objetivo de boicotear el Nuevo Tratado de la Unión que permitiría el autogobierno de las repúblicas de la Unión Soviética. Este fracasó debido a la pasividad de altos dirigentes militares y a la actitud del presidente de la RSFS de Rusia, Borís Yeltsin. Muchas repúblicas federadas declararon entonces su independencia. El 8 de diciembre de 1991 los presidentes de la RSFS de Rusia, RSS de Ucrania y RSS de Bielorrusia (Borís Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkiévich, respectivamente) firmaron el Tratado de Belavezha que proclamaba la disolución de la Unión Soviética y el establecimiento en su lugar de la Comunidad de Estados Independientes (CEI). La firma del Tratado fue comunicada por teléfono al Presidente de la Unión Soviética Mijaíl Gorbachov por Stanislav Shushkiévich. Finalmente, el 25 de diciembre de 1991, Gorbachov renunció a su cargo de presidente de la Unión Soviética. Yeltsin se convirtió en el presidente de la recién fundada Federación de Rusia.


J. M. S.

Hispania visigoda

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Hispania visigoda

La Hispania visigoda es la denominación del período histórico que abarca el asentamiento del pueblo visigodo en la península ibérica, entre mediados del siglo V y comienzos del siglo VIII.

Historia

Las invasiones germánicas en Hispania

Desde el siglo III al V, dos pueblos germánicos habían cruzado la península ibérica, los suevos y los vándalos, así como un pueblo iranio los alanos, que existe todavía en Osetia, en las montañas del Cáucaso. Hacia el 409 o 410, se tienen noticias de la entrada por los Pirineos de un número no determinado de suevos (unos 30.000 aunque no hay consenso entre los historiadores), el pueblo germánico de mayor complejidad cultural, ocupando el noroeste de la península, lo que es Gallaecia, con capital en Braccara Augusta, la actual Braga (Portugal).

Fíbula aquiliforme visigótica de Alovera
 hecha en bronce y pasta vítrea del siglo VI,
 procedente de Alovera (Guadalajara)
El cronista Hidacio, hablando sobre todo de la ocupación de la Gallaecia por los suevos, habla de todo tipo de atropellos y brutalidades:

Los bárbaros que habían penetrado en las Españas las devastan en lucha sangrienta [...] Desparramándose furiosos los bárbaros por las Españas, y encrueleciéndose al igual el azote de la peste, el tiránico exactor roba y el soldado saquea las riquezas y los mantenimientos guardados en las ciudades; reina un hambre espantosa, y las fieras destrozan hasta a los hombres más fuertes.
(C. Sánchez Albornoz y A. Viñas: Lecturas históricas españolas.)
No obstante, los historiadores actualmente consideran que las fuentes de la época deben ser miradas con prudencia, analizando no sólo lo que se escribe sino también la finalidad que perseguía el autor en su época con dicha obra, debiendo someterlas a un enjuiciamiento crítico.

Galicia fue ocupada no sólo por los suevos, sino también por vándalos asdingos. Los alanos se desplazaron hacia la Lusitania y la Carthaginense. Con los vándalos silingos en la zona de la Bética, solo quedaba en poder del Imperio romano la provincia de la Tarraconense. Precisamente para poder recuperar el dominio perdido en la península ibérica, el imperio pacta con el rey godo Valia para que sean ellos quienes defiendan los derechos de Roma frente a estas tribus germanas. Así pues, en el 416 los visigodos penetran como aliados de Roma, a través de un foedus, derrotando a los alanos y a parte de los vándalos, con lo que el Imperio recupera el control de las regiones más romanizadas (la Bética y el sur de la Tarraconense).

El emperador Honorio en el 418 los aleja del rico Mediterráneo, recolocándolos en la Aquitania. Los suevos ocuparon entonces buena parte de la península, con capital en Emérita Augusta, la actual Mérida. Los vándalos los derrotaron en Mérida pero, hacia 429, pasaron a África. Los alanos ocuparon el centro y el este de la Península, y acabaron siendo absorbidos por la población hispanorromana.

En esta situación el Imperio romano de Occidente había recuperado el dominio al menos nominal de la Península, excepto la zona dominada por los suevos, que afianzaban su reino en el occidente. Hacia el año 438 el rey suevo Requila emprende una decidida actividad de conquista del resto de Hispania, adueñándose de la Lusitania, la Carthaginense y la Bética. Su sucesor, Requiario, aprovechará las perturbaciones del movimiento bagauda para avanzar hacia la zona de Zaragoza y Lérida. Tal acción impulsó al Imperio romano a pedir nuevamente a los visigodos, a través de su rey Teodorico II, la ayuda precisa para controlar Hispania. Las tropas visigodas cruzan los Pirineos y en el 456 capturan al rey Requiario, quedando el resto de los suevos en el territorio comprendido de la Gallaecia en las actuales Galicia, parte de Asturias y León y mitad norte de Portugal. El reino suevo se mantuvo independiente hasta finales del siglo VI. El resto de la península queda en manos visigodas, pasando a formar parte del Reino visigodo de Tolosa, con capitalidad en Tolosa (Toulouse, actual Francia). Las oleadas de conquista se sucederán con posterioridad, pero ahora para ocupar espacios donde domina todavía el Imperio romano.

En el año 476, los visigodos ya se habían asentado en la península ibérica y en el 490 termina el grueso de las migraciones desde el norte.

El convulso siglo VI

Los visigodos no controlaban toda la península ibérica. En la parte noroeste estaba el reino de los suevos. Toda la cornisa cantábrica desde la cordillera hasta el mar, zona poco romanizada, estaba dominada por astures, cántabros y vascones. La monarquía visigoda conoció un momento de debilidad durante el siglo VI. Al menos dos reyes son asesinados sucesivamente, Teudiselo y Agila I, y en distintas zonas de la península se producen sublevaciones de terratenientes contra la autoridad real (Córdoba, Sevilla y Mérida, estas dos últimas capitales del reino).

Extensión del Reino Visigodo hacia principios del siglo VI
A finales de 552 el emperador Justiniano I ya había finalizado la campaña de conquista del reino ostrogodo, accediendo ese mismo año a la petición de ayuda formulada en el 551 por el rebelde visigodo Atanagildo a cambio de una franja costera desde Alicante hasta la costa sur-atlántica portuguesa, incluyendo el norte de África y las Islas Baleares. El nuevo territorio conquistado se denominó Provincia de Spania, y se estableció su capital en Carthago Spartaria, la actual Cartagena, controlando buena parte del Mediterráneo hispano y el estrecho de Gibraltar, y con ello el comercio. La colaboración oriental fue decisiva para decantar la guerra civil en el reino peninsular hispano a favor de aquel candidato frente a Agila. Pero la compensación territorial nunca fue plataforma para la conquista de la antigua Hispania. De hecho, las zonas concedidas en 552 comenzaron a menguar en las décadas siguientes, especialmente durante el reino de Leovigildo, hasta su desaparición hacia el 624 ya en época del rey Suintila.

Al final del reinado de Teudis se trasladó la capital a Toledo y con Atanagildo se consolidó dicho traslado. Gracias a la decidida acción política de Leovigildo (573-586) se produjo en la segunda mitad del siglo VI un fortalecimiento de la monarquía, con logros en diversos campos. Consiguió cierto nivel de estabilidad de la monarquía con reformas monetarias, restableciendo el control soberano sobre territorios que se habían declarado independientes en la segunda mitad del siglo VI, la conquista del reino suevo, así como contra las instalaciones bizantinas, muchas de las cuales pasaron de nuevo a manos visigodas.

No obstante, la pretensión de Leovigildo de unificar sus reinos religiosamente, con base en el arrianismo, fracasó. Vivió sus peores horas con la sublevación de su hijo Hermenegildo en el sur, convertido al catolicismo. Hasta el 584 no se restaurará la paz con la derrota del hijo a manos del padre. Su hijo y sucesor Recaredo (586-601), hermano de Hermenegildo, logró esa unidad religiosa, pero tomando como base el catolicismo. En el trascendental III Concilio de Toledo el rey y Baddo, su esposa manifestaron su conversión. Se considera que, tras esta conversión, la cultura visigótica en Hispania alcanza su cénit.

Los oscuros años del siglo VII

La relativa paz que se respiraba con Leovigildo y Recaredo, se ve truncada nuevamente. Se suceden Liuva II, Witerico, Gundemaro y Recaredo II y de ellos, el que no es asesinado, incluso siendo menor de edad, muere en extrañas circunstancias. Únicamente Suintila (621-631), gran general, termina por expulsar a los bizantinos en el 620.

Reino visigodo durante Leovigildo, año 586
Recesvinto (649-672) será reconocido por su labor legislativa de corta duración (Liber Iudiciorum), mejorada por Wamba, pero que influirá de manera notable en los fueros locales a partir del siglo X.

La caída del Reino visigodo

En una carta al rey Etelredo de Mercia, fechada en el 746-747, san Bonifacio atribuía el derrumbamiento del reino visigodo a «la degeneración moral de los godos». Para E. A. Thompson, que es quien comenta esto en el prólogo de Los godos en Hispania (1969), «no es en absoluto evidente que la moderna investigación, en el punto en que se encuentra, haya profundizado mucho más».

En cualquier caso, según la historia clásica, hacia el 710 se suceden los enfrentamientos por el trono tras la muerte de Witiza. Los pretendientes a la corona, Roderico (conocido como don Rodrigo) y Agila II, el primero en el sur y el segundo en el norte de la península, se sitúan en posiciones extremas. Se conviene en que Witiza había pactado antes de su muerte la conquista musulmana de la península ibérica para el control del reino. Otros sostienen que fue Agila II, pero mantienen que las fuerzas del Califato Omeya, tras haber conquistado el norte de África, cruzan el estrecho de Gibraltar y conquistan Toledo, venciendo y matando a Rodrigo en la batalla de Guadalete (o de la Laguna de la Janda). Su entrada es imparable y dos años más tarde sitian Zaragoza.

Por medio de una serie de capitulaciones, un noble visigodo perteneciente a los círculos palatinos, Teodomiro, consiguió mantener durante unas décadas más, una considerable autonomía en el Reino de Tudmir, un vasto territorio en torno a la ciudad de Orihuela, en las actuales provincias de Murcia y Alicante.

La historiografía clásica da por cierto que varios nobles visigodos, entre ellos Don Pelayo así como una parte de la población visigoda que huía de los musulmanes, escaparon hacia el norte de la península, concretamente a Asturias, poblada por los Astures de origen celta, fuera del control musulmán, aunque podría haber habido un gobernador en la zona de costa ( actual Gijón), Munuza, pero nunca llegaron los musulmanes a dominar las montañas, que sí sirvieron de refugio a los resistentes cristianos, y uno de ellos, un oficial de Roderico, que estuvo en la batalla de Guadalete en el año 711 llamado Pelayo, consiguió derrotar el 722 a una expedición de conquista musulmana en la batalla de Covadonga. Don Pelayo que ahora tenía la colaboración de los Astures, antiguos enemigos de los visigodos, que intentaron someterlos, fue elegido príncipe de los astures y así se convirtió en el primer rey de Asturias, y se conseguirá la creación de un pequeño pero férreo núcleo de resistencia que dará lugar a la Reconquista y a la formación de los primeros reinos cristianos. Por otro lado sobre la batalla otros historiadores dudan y desconocen la localización exacta del lugar de la escaramuza, tampoco han logrado averiguar la fecha concreta, que abarca un período incluido entre los años 718 y 722. La Reconquista.estuvo presente por escrito a partir de la Crónica albeldense (Chronicon Albeldense o Codex Conciliorum Albeldensis seu Vigilanus) (año 833), supone una de las escasas fuentes conservadas de estudio del periodo final de la monarquía hispanovisigoda, la invasión y asentamiento del poder Omeya en la península, y la génesis del Reino de Asturias, la historiadora franco-belga Adeline Rucquoi, dice: La Reconquista es una realidad y tiene su historia.

Para el siglo IX toda la península, a excepción del mencionado norte peninsular, quedaría bajo el dominio musulmán. Existen otras teorías minoritarias para explicar el fin del reino visigodo sustituido por el predominio musulmán.

Hispania visigótica hacia el año 700, 

antes de la conquista musulmana de la península ibérica.

La sociedad de la Hispania Visigoda

E. A. Thompson afirma en su obra fundamental Los godos en Hispania (1969) que «la única fuente continua de información sobre los reinados de los reyes de la península ibérica desde Gesaleico a Liuva I (507-568) es la Historia de los reyes de los godos, vándalos y suevos de San Isidoro de Sevilla».

Aspectos demográficos

En cualquier caso, los godos debieron formar una minoría que se supone que empezaría a estar integrada en la sociedad hispanorromana. Su número no ha sido precisado con exactitud por historiador alguno, pero los cálculos más fiables hablan de entre 150 000 y 200 000 visigodos instalados en la península, sobre una población que no llegaba a los nueve millones, según San Isidoro de Sevilla. Otras fuentes hablan de 80 000-100 000 visigodos sobre una población de seis millones de hispanorromanos.

Recientemente se ha realizado un estudio arqueológico del poblamiento visigodo estimando una cifra para la población visigoda entre 130 000 y 150 000 personas, lo que representaría entre el 3 % y el 4 % de la población total hispana.

Los visigodos se asentaron sobre todo por la zona de la Meseta Norte, especialmente en el centro de la cuenca del río Duero, zona poco poblada y con escasa urbanización.

Este es el tiempo en el que se produce la reutilización de los materiales de construcción romanos para basílicas, iglesias y otras construcciones civiles (véase Arte visigodo).

Se trata de una sociedad que se ha considerado prefeudal o de transición al feudalismo, por concurrir en la misma una serie de características que serían propias de etapas posteriores de la Edad Media y que la diferencian de la Hispania romana. En primer lugar, se produce una paulatina ruralización social, abandonándose las grandes ciudades en algunos puntos y creándose en torno a las villas romanas núcleos de población más reducidos. Por otro lado, se tiende al autoconsumo y se desarrollan lazos de dependencia personal que anticipan el feudalismo. Así, de los reyes dependían como clientes los gardingos. Los nobles, a su vez, tenían a los bucelarios. Y de los grandes propietarios de la tierra dependían los colonos.  

Se produjo en esta época una sustitución de la esclavitud por el colonato, como forma de relación en cuanto a la explotación de la tierra, lo cual se había iniciado ya en el Bajo Imperio. Los colonos formaban la amplia masa social. Los humildes, pequeños propietarios libres, eran una clase social en decadencia. La clase alta estaba formada por los potentados, los grandes terratenientes nobles, tanto godos como hispanorromanos. La dureza de las condiciones de vida de las clases bajas acabaron produciendo en alguna ocasión revueltas campesinas, las cuales a veces eran confundidas con herejías como el priscilianismo. 

Se diferencia dentro de la sociedad entre los visigodos y los hispanorromanos, cada uno de ellos regido por sus propias leyes. No obstante, con el paso de los siglos se tendió a la fusión de ambos grupos sociales, permitiéndose los matrimonios mixtos. Un intento de acabar con la diversidad jurídica fue el Liber Iudiciorum (publicado en 654), en el que se trata de recoger el derecho romano junto a las prácticas, ya señoriales, que se habían ido imponiendo en la península en torno al derecho de propiedad.  

Arrianos, católicos y judíos

En cuanto a la religión, los visigodos seguían el arrianismo que se había extendido en el Imperio romano en el siglo IV, aunque no existían enfrentamientos significativos con los católicos, que constituían la mayoría de la población hispanorromana. En los Concilios de Toledo, en especial durante el tercero celebrado en el 589, se solventó la división provocada por el arrianismo gracias a la conversión de Recaredo. Este proceso, no sin altibajos, llevó a una unificación de ambas confesiones. La situación favoreció la plena integración entre las comunidades godas y las hispanorromanas y la aparición de figuras fundamentales de la nueva cultura como Isidoro de Sevilla, obispo, y cuyas Etimologías son consideradas por algunos como la primera gran obra de la Edad Media. La iglesia ganó gran influencia social, legitima a los reyes a partir del 672 y el obispado de Toledo se convertiría en el más importante de todos los peninsulares.

Corona de Recesvinto
La relación con los judíos fue siempre tensa. Aunque al inicio del periodo visigodo los problemas eran menores, la conversión al catolicismo llevaría a una mayor discriminación contra los judíos, por lo que muchos de ellos se convirtieron falsamente. Especialmente estrictos fueron Sisebuto y Égica, que confiscaron sus propiedades acusándoles de conspirar contra la corona. Las medidas más comunes fueron la prohibición de los matrimonios mixtos, aun en caso de judíos conversos; la prohibición de que los judíos tuvieran esclavos cristianos y las constantes reparaciones económicas a que eran sometidos sin motivo alguno.

Economía

La sociedad visigoda estaba dominada por las actividades de carácter agrícola y ganadero. En este punto continuaron la misma actividad económica de la Hispania romana, con los mismos cultivos, introduciendo alguno nuevo, como el de las espinacas o la alcachofa. La explotación de la tierra seguía organizada en torno a grandes villae. Una villa estaba dividida en reserva y mansos. No obstante, la mano de obra no era ya esclava, sino que se trataba de colonos, lo cual se había iniciado en la época del Bajo Imperio.

Sin embargo, otros rasgos de la época romana cambiaron. Así, desaparece la importancia de las grandes ciudades, del comercio o la minería. La circulación de moneda era escasa. El único comercio de cierta importancia era el de productos de lujo que provenían del Mediterráneo, y que era gestionado por mercaderes internacionales.

Instituciones políticas

La monarquía

El rey era el jefe supremo de la comunidad. La institución monárquica llevaba largo tiempo afianzada en el pueblo visigodo cuando este llegó a la Península. Los reyes debían ser de condición noble y accedían al trono mediante un sistema electivo en el que intervenían los obispos y los magnates palatinos. Pero con ese sistema sólo fueron entronizados tres reyes (Chintila, Wamba y Rodrigo). La asociación al trono era, en la práctica, la forma más común, junto con las usurpaciones, de tomar el poder. El monarca estaba ungido por Dios y a este debía su legitimidad; la realeza poseía así un carácter sagrado, que se supone debía de disuadir cualquier intento de atentar contra el rey. Pero eso no bastaba y los asesinatos de monarcas, rebeliones, conjuras y usurpaciones eran moneda de cambio en el reino visigodo.

Junto al rey estaba el Aula Regia, consejo asesor que estaba formado por nobles.

La administración territorial

Los visigodos aceptaron la división provincial de la Hispania Romana. Al frente de las provincias pusieron a los duces (singular, dux; en español, «duques») y al frente de las ciudades a los comites (comes, «condes»).

Las instituciones municipales, en cambio, entraron en decadencia. Los curiales municipales, encargados de recaudar los impuestos en las ciudades, continúan y acentúan su caída. Son despojados de su poder tributario y este recae en manos de los duces y los comes. Estos asumirán gran parte de la labor administrativa del reino y gobernarán provincias o regiones con plenas competencias en la administración y justicia. Iniciándose un proceso de protofeudalización.  


La hacienda pública

Estaba formada por el Tesoro Regio, el patrimonio de la corona y los ingresos por impuestos.  

Tremís de oro de Ervigio emitido en Bracara Augusta entre 680 y 687
El Tesoro Regio lo constituían las grandes cantidades de oro, plata y joyas que los visigodos habían conseguido con los saqueos a lo largo de su historia. El encargado de su custodia era el comes thesauri y pasó por diversas vicisitudes. Tras la derrota de Alarico II en la batalla de Vouillé en el 507, el tesoro pasó a Rávena bajo custodia de los ostrogodos y fue reinstaurado en el 526 tras la muerte del rey ostrogodo Teodorico el Grande. 

Estaba dividido en dos grupos claramente diferenciados (distintas ubicaciones):  



  • Tesoro nuevo: monedas de oro y plata con las que pagaban al ejército, administración, etc.

  • Tesoro antiguo: con las joyas almacenadas de los saqueos. Entre estas piezas estaba con seguridad la «Mesa de Salomón» y se especula con que también estuviese el «Candelabro de los Siete Brazos», ambos objetos capturados en el saqueo a Roma por Alarico.
El Tesoro Regio constituía una reserva muy importante para el reino visigodo y sus monarcas no dudaron en utilizarlo para pagar aliados en sus luchas internas. 

El patrimonio de la corona era inmenso y lo componía sobre todo la gran cantidad de tierras que los monarcas amasaban. Estas provenían de varias fuentes: las expropiadas por las constantes purgas que se realizaban en la nobleza, las tierras desiertas o deshabitadas y las tierras provenientes del fisco romano. Estas tierras se arrendaban a siervos que las cultivaban y pagaban una renta. Todas eran administradas por el conde del patrimonio. En el VIII Concilio de Toledo bajo reinado de Recesvinto se establece una separación entre el patrimonio del monarca y el del Estado.

Los impuestos en el reino visigodo no es una cuestión clara. Se sabe que los pequeños propietarios y los siervos que cultivaban las tierras reales pagaban un tributo. Parece que también existió un impuesto al clero, pero no tuvo continuidad en el tiempo. Los judíos fueron sometidos a un impuesto especial. Obispos y numerarii establecían el cambio de dinero a especie y funcionarios de la administración central se encargaban de su recaudación; al frente de la organización fiscal se encontraba el conde del patrimonio.

Los Concilios de Toledo

Entre los años 400 y 702 se celebraron en Toledo dieciocho concilios en los que, reunidos en asamblea, los obispos de todas las diócesis de Hispania sometían a consideración asuntos de naturaleza tanto política como religiosa, con independencia del poder al que estuvieran sometidos (suevo, visigodo o bizantino). 

Entre estas cuestiones no estrictamente religiosas estuvieron las normas para la elección de los reyes, la aprobación de los destronamientos o la condena a los rebeldes. Era en los concilios, además, donde se decidía sobre la persecución de los judíos.  

División eclesiástica

Para conocimiento de la geografía eclesiástica visigótica pueden utilizarse varias fuentes como la Hitación de Wamba​ de finales del siglo VII, las signaturas de prelados en las actas de los Concilios de Toledo, las obras de Idacio o de Isidoro de Sevilla y las llamadas Nomina sedium episcoplaium estudiadas por Claudio Sánchez Albornoz.

Legisladores de la época goda
Las provincias coincidieron en sus límites con las antiguas provincias romanas, con la excepción del reino de los suevos cuyo territorio fue dividido en dos provincias eclesiásticas, cuyas capitales fueron Braga y Lugo. La archidiócesis de Braga comprendía cuatro diócesis que antaño pertenecían a Lusitania: Lamecum, Viseum, Conimbrica y Egitania. A mediados del siglo VII pasaron a depender de Mérida.

En esta época la Narbonense era una región perteneciente al estado visigótico que contaba con seis sedes metropolitanas:  


  • Gallaecia, capital Braga.
  • Lusitania, capital Mérida.
  • Bética, capital Sevilla.
  • Cartaginense, capital Toledo.
  • Tarraconense, capital Tarragona.
  • Narbonense, capital Narbona.

La influencia lingüística de los visigodos sobre la lengua española

Para los visigodos en la península ibérica la lengua no era un factor distintivo entre ellos y los hispanorromanos (que vivían en el territorio antes de su llegada); ambos grupos hablaban la misma lengua, el latín vulgar. A pesar de eso, la lengua gótica original y otros aspectos de la cultura de los visigodos tuvieron un impacto lingüístico sobre algunos aspectos del castellano en la actualidad. En otras palabras, hay reflejos lingüísticos del contacto social entre los romanos y los visigodos en la lengua española hoy en día.  


En cuanto a la fonética, no hay huellas de los visigodos. No obstante, hay rastros de su lengua en la morfología y lexicología del español. Por ejemplo, ciertas palabras conservan el sufijo gótico -ing, que se convertiría en -engo. Podemos ver ejemplos de eso en las palabras «abolengo» y «realengo». 

Ciertos tipos de palabras reflejan las dos culturas y sus propias lenguas; podemos ver influencia lingüística de los visigodos en el español en palabras relacionadas con el comercio, la agricultura, la industria, la vivienda, y el derecho. En principio, es probable que las palabras fuesen palabras prestadas de la lengua gótica, pero gradualmente se desarrollaron para ser más parecidas al español y más fáciles de pronunciar para un hablante de latín vernáculo y, posteriormente, para un hispanohablante.

Más ejemplos de palabras españolas con orígenes góticos
También los hispanorromanos tomaron palabras de los góticos para conceptos que ya conocían y los adaptaban a su lengua vernácula; por ejemplo, la palabra jabón se deriva de una palabra gótico: saipo → sapone → jabón. Los visigodos introducían un concepto para los hispanorromanos (en este caso, el concepto nuevo de jabón) y adaptaban la palabra gótica original (de saipo) para que fuera más fácil de pronunciar y más parecido a una lengua romance. 

Otras palabras en la lengua castellana reflejan palabras góticas relacionadas con lo militar o diplomático. La palabra «guerra» reemplazó la palabra latina bellum. «Guerra» se deriva de la lengua gótica como sigue: werra → guerre → guerra. Además, la palabra «tregua» se deriva de triggwa, de la lengua gótica.  


De interés particular es el impacto de los visigodos en la antroponimia, que es una rama de la onomástica que estudia los nombres propios. De hecho, muchos nombres españoles comunes tienen sus orígenes en la lengua gótica a causa de la ocupación de los visigodos en la península ibérica. Por ejemplo, el nombre «Fernando» se deriva de una combinación de dos palabras góticas: frithu ('paz') y nanth ('atrevido'). Gradualmente los hispanorromanos los adaptaban hasta formar un nombre nuevo, Fridenandus, y finalmente se convertían en «Fernando». También podemos ver este proceso en el nombre «Álvaro», que deriva de las palabras all y wars, que significan respectivamente 'todo' y 'prevenido'. «Alfonso» está compuesto de una combinación de all y funs ('preparado'). Más antropónimos de origen gótico son Rodrigo, Rosendo, Argimiro, Elvira, Gonzalo y Alberto. 



J. M. S.






 

 



Galeón de Manila

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Galeón de Manila

El Galeón de Manila, también llamado Nao de China, era el nombre con el que se conocían las naves españolas que cruzaban el océano Pacífico una o dos veces por año entre Manila (Filipinas) y los puertos de Nueva España en América, principalmente Acapulco, Bahía de Banderas (Nayarit), San Blas (Nayarit) y el Cabo San Lucas (Baja California Sur). El nombre del galeón variaba según la ciudad de destino.

El servicio fue inaugurado en 1565 por el marinero y fraile español Andrés de Urdaneta, tras descubrir el tornaviaje o ruta de regreso a Nueva España a través del océano Pacífico, gracias a la corriente de Kuroshio de dirección este. El sentido contrario de navegación, de América a Filipinas, ya era conocido desde los tiempos de Magallanes y Elcano en 1521. El trayecto entre Acapulco hasta las Filipinas, incluida la escala en Guam, solía durar unos tres meses. El tornaviaje entre Manila y Acapulco podía durar entre cuatro y cinco meses debido al rodeo que hacían los galeones hacia el norte, con el fin de seguir la citada corriente de Kuroshio. La línea Manila-Acapulco-Manila fue una de las rutas comerciales más largas de la historia, y funcionó durante dos siglos y medio. El último barco zarpó de Acapulco en 1815 cuando la guerra de Independencia de México interrumpió el servicio.

Monumento conmemorativo al Galeón de Manila-Acapulco
 en la plaza de México de 
Manila (Filipinas).
La otra gran ruta comercial española fue la de las Flotas de Indias que surcaban el océano Atlántico entre Veracruz, Cartagena de Indias, Portobelo, La Habana y Sevilla o Cádiz. Parte de las mercancías orientales del Galeón de Manila desembarcadas en Acapulco eran a su vez transportadas por tierra hasta Veracruz, donde se embarcaban en las Flotas de Indias rumbo a España. Por ello, los barcos que zarpaban de Veracruz iban cargados de mercancías de Oriente procedentes de los centros comerciales de las Filipinas, más los metales preciosos y recursos naturales de México, Centroamérica y el Caribe.

Casi cincuenta años después de la muerte de Cristóbal Colón, los galeones de Manila finalmente cumplieron su sueño de navegar rumbo al oeste para llegar a Asia a fin de beneficiarse del rico comercio con el océano Índico.

Colonización y conquista de las Filipinas

En la época virreinal de 1521, el navegante Fernando de Magallanes al servicio de España llegó al archipiélago filipino y tomó posesión jurídica de las islas, bajo el trono español, pero sin dejar un solo soldado o español cualquiera en las islas que valiera la colonización de España. Además se quería arrebatar la jurisdicción de las islas del poder de Portugal. Hernán Cortés envió tres barcos rumbo a Asia, que zarparon de Zihuatanejo en 1527. En el camino dos de ellos naufragaron, y el tercero llegó, pero no regresó por no haber encontrado la corriente del retorno. Después en 1541, Ruy López de Villalobos fue enviado por el virrey Antonio de Mendoza para encabezar una expedición hacia las Indias Orientales en busca de nuevas rutas comerciales. Su expedición partió de Puerto de Navidad en 1542 a bordo de cuatro carabelas.

En 1543 la flota tocó la costa sur de la isla de Mindanao, donde exploraron la costa e hicieron contacto con los indígenas malayos. De allí partieron más al oriente hasta alcanzar la isla de Leyte y las nombraron «islas Filipinas» en honor al príncipe Felipe II. Conquistaron una isla a la que bautizaron como Antonia en honor al virrey. A pesar de ello, a causa del hambre y la falta de refuerzos se contrataron mercenarios procedentes de los señoríos locales, los cuales al cabo de pocos meses traicionaron a los españoles para pasarse al bando lusitano. Los expedicionarios tuvieron que retirarse a buscar refugio en las islas Molucas, dominio portugués. Villalobos murió en 1544 en la isla de Amboina. El resto de la tripulación consiguió escapar y regresar a Nueva España, donde contaron las historias al virrey, y así se consideró parte de la Nueva España la Capitanía General de Filipinas.

Ruta de Legazpi
 en el archipiélago filipino.
El intento de colonización de Filipinas no terminó ahí. El virrey Luis de Velasco encargó a Miguel López de Legazpi hacerse a la mar en una nueva expedición. Zarpó de Puerto de Navidad, Nueva Galicia (actualmente Jalisco), el 21 de noviembre de 1564 y en el viaje conquistó Guam, las Islas de Saavedra (Islas Marshall) y las islas Marianas (haciendo escala ahí), y tocó Sámar el 27 de abril de 1565. Hábilmente, López de Legazpi evitó hostilizar a los moradores de las islas, que se decía que «enseñaban ni más por más las vergüenzas al aire».

Por la escasez de productos, Legazpi se vio forzado a trasladarse de isla en isla merodeando y buscando sitios donde abastecerse y expandir los dominios. El movimiento se vio favorecido, ya que al igual que en México, los habitantes estaban enfrentados y Legazpi logró establecer fácilmente lazos, levantando al poco los primeros asentamientos españoles: la Villa del Santísimo Nombre de Jesús y Villa de San Miguel.

Descubrimiento de la ruta

El galeón de Manila comenzó cuando Andrés de Urdaneta, navegando en un convoy comandado por Miguel López de Legazpi, descubrió una ruta de regreso desde la ciudad de Cebú a México en 1565. Intentando regresar a la flota, algunos se dividieron en dirección sur. Urdaneta que tenía noticia en la Nueva España y en sus experiencia había sido aleccionado por el piloto Macías del Poyo, que fue el encargado de los intentos de Álvaro de Saavedra Cerón, en que el tornaviaje se lograría navegando más hacia el norte antes de dirigirse al este; así aprovecharía los vientos del oeste que lo llevarían de vuelta a la costa oeste de América del Norte. Aunque se embarcó a 38 grados Norte antes de virar hacia el este, su corazonada dio sus frutos, y alcanzó la costa cerca del cabo Mendocino, en la actual California, y luego siguió la costa sur, hasta San Blas y luego a Acapulco. La mayor parte de su tripulación murió en el largo primer viaje, ya que no llevaban provisiones suficientes.

En el siglo xviii se comprendió que una ruta menos al norte era también suficiente, pero los navegantes del galeón tenían bien clara la prohibición de navegar por la accidentada costa de California si quedaban inmovilizados por la niebla. Según el historiador William Lytle Schurz:

Por lo general, se dirigian a tierra cuando caía la costa, en algún lugar entre punta Concepción y el cabo San Lucas... Después de todo, eran fundamentalmente barcos mercantes, y el negocio de la exploración caía fuera de su campo, aunque las oportunidades de descubrimientos fueran bienvenidas.
William Lytle Schurz.

La primera motivación para la exploración de la Alta California fue encontrar posibles escalas para los galeones de Manila desgastados por el mar en la última etapa de su viaje. Las primeras propuestas llegaron al poco, pero a finales del siglo xviii varios de los galeones de Manila hacían escala en Monterrey.

Los viajes eran largos y duros y mucha gente moría en ellos, víctimas del escorbuto o del hambre. Había ocasiones en las que se pagaban enormes sumas de dinero por la carne fresca de las ratas que pululaban en las bodegas. A esto había que sumarle el peligro de las incursiones de piratas, aunque, teniendo en cuenta que en los más de 250 años que duró esta ruta comercial solo fueron capturados cuatro galeones, se puede decir que el problema de la piratería era bastante secundario. Otros problemas eran los temporales y la calma chicha, ya que al no haber viento era imposible que los galeones avanzaran.

Comercio de especias

El comercio sirvió como fuente fundamental de ingresos en los negocios de los colonos españoles que vivían en las islas Filipinas. Un total de 110 galeones de Manila se hicieron al mar en los 250 años del galeón de Manila a Acapulco (1565 a 1815). Hasta 1593, tres o más barcos zarpaban al año de cada puerto. El comercio de Manila se llegó a convertir en algo tan lucrativo que los comerciantes de Sevilla elevaron al rey Felipe II de España una queja sobre sus pérdidas, y consiguieron que, en 1593, una ley estableciese un límite de solo dos barcos navegando cada año partiendo de cualquiera de los puertos, con uno quedando en reserva en Acapulco y otro en Manila. Una «armada», una escolta armada, también se admitía.

Ruta del tornaviaje de Filipinas a Acapulco, México.
Con tales limitaciones era fundamental construir el galeón lo más grande posible, llegando a ser la clase de barcos conocidos construidos más grande en cualquier lugar hasta ese momento.​ En el siglo xvi, tenían de media de 1700 a 2000 toneladas, y eran construidos con maderas de Filipinas y podían llevar a un millar de pasajeros. La Concepción, que naufragó en 1638, tenía una eslora de 43 a 49 metros y desplazaba unas dos mil toneladas. El Santísima Trinidad tenía 51,5 metros de largo. La mayoría de los barcos fueron construidos en las Filipinas y solo ocho en México. El galeón de Manila terminó cuando México consiguió su independencia de España en 1821, después de que la Corona española tomara el control directo de las Filipinas. Esto fue posible a mediados de los años 1800 con la invención de los barcos a vapor y la apertura del canal de Suez, que redujo el tiempo de viaje de España a las Filipinas a cuarenta días.

Los galeones llevaban especias (pimienta, clavo y canela), porcelana, marfil, laca y elaboradas telas (tafetanes, sedas, terciopelo, raso), recogidas tanto de las islas de las Especias como de la costa asiática del Pacífico, mercancías que se vendían en los mercados europeos. También llevaban artesanía china, biombos japoneses, abanicos, espadas japonesas, alfombras persas, jarrones de la dinastía Ming y un sinfín de productos más. Asia oriental comerciaba principalmente con un estándar de plata, y los bienes eran comprados principalmente con la plata mexicana. Los cargamentos fueron transportados por tierra a través de México hasta el puerto de Veracruz, en el golfo de México, donde fueron reembarcados en la flota de Indias con destino a España. Esta ruta fue la alternativa de viaje hacia el oeste por el océano Índico, y alrededor del cabo de Buena Esperanza, que estaba reservada a Portugal de acuerdo con el Tratado de Tordesillas. También evitaba la escala en los puertos controlados por los poderes de la competencia, como Portugal y los Países Bajos. Desde los primeros días de la exploración, los españoles sabían que el continente americano era mucho más estrecho a través del istmo de Panamá que a través de México. Se trató de establecer un cruce regular por tierra allí, pero la espesa selva, y la malaria lo hicieron imposible.

Tomaba cuatro meses cruzar el océano Pacífico entre Manila y Acapulco y los galeones eran el principal vínculo entre las Filipinas y la capital del virreinato en la Ciudad de México y desde allí con la misma España. Muchos de los llamados «kastilas» o españoles en Filipinas eran en realidad de origen mexicano, y la cultura hispana de Filipinas está bastante cercana a la cultura mexicana.5​ Así que cuando México finalmente obtuvo su independencia los dos países continuaron el comercio, a excepción de un breve período de calma durante la guerra hispano-estadounidense. Los galeones de Manila navegaron en el Pacífico durante casi tres siglos, proporcionando a España sus cargamentos de artículos de lujo, beneficios económicos e intercambio cultural.

Los naufragios de los galeones de Manila son leyendas seguidas solamente por los naufragios de los galeones en el Caribe. En 1568, el propio barco de Miguel López de Legazpi, la San Pablo (de trescientas toneladas), fue el primer galeón de Manila en resultar destruido en el camino hacia México.

La ruta comercial Manila-Acapulco se inició en 1568 (blanco)
 y la ruta comercial rival portuguesa del este (azul) desde 1479-1640.

Hawái

Durante doscientos cincuenta años, cientos de galeones de Manila viajaron desde el actual México a las Filipinas, con su ruta discurriendo al sur de las islas hawaianas. Y, sin embargo no hay registros históricos sobre algún contacto entre ambas culturas. Aunque Henry Kamen sostiene que los españoles no tenían la capacidad de explorar el océano Pacífico,​ los galeones españoles dominaron el comercio transpacífico durante dos siglos y medio, y fueron expediciones españolas las que descubrieron la ruta entre Asia y América (del Galeón de Manila). Fueron navegantes españoles los que descubrieron las islas Marianas, las islas Carolinas y las Filipinas en el Pacífico Norte, así como las Tuvalu, las Marquesas, las Salomón y Nueva Guinea en el Pacífico Sur. Expediciones españolas en busca de la Terra Australis también descubrieron las islas Pitcairn y las Nuevas Hébridas (hoy Vanuatu) en el siglo xvii. Todavía hoy la isla principal del archipiélago de las Vanuatu se llama Espíritu Santo, bautizada así por Pedro Fernández de Quirós en 1606.

Existen posibilidades de que exploradores españoles llegaran a las islas de Hawái dos siglos antes de la primera visita del capitán James Cook en 1778. Ruy López de Villalobos comandó una flota de seis barcos que partió de Acapulco en 1542 con un marino español llamado Juan Gaetano a bordo como piloto. Dependiendo de la interpretación, los informes de Gaetano parecen describir el descubrimiento de Hawái o de las islas Marshall en 1555. Si se tratase de Hawái, Gaetano habría sido uno de los primeros europeos que llegaron a las islas. Algunos estudiosos han rechazado estos argumentos.

A partir de 1565, la ruta descubierta por Andrés de Urdaneta permitió a los galeones de Manila navegar regularmente entre México y Filipinas estableciendo un comercio transpacífico que duraría dos siglos y medio. El derrotero exacto de estas rutas se mantuvo en secreto para proteger los barcos españoles de la competencia de otras potencias europeas, y de los piratas ingleses y neerlandeses. Debido a esta política de secretismo, es posible que navegantes españoles descubrieran Hawái pero no dieran a conocer dicho descubrimiento debido a esa política de discreción. Por tanto, habría permanecido desconocido para la historia. Del relato de Gaetano se entiende que las islas Hawái no tenían recursos minerales como oro o plata, y por tanto no habría habido interés en colonizarlas.​ Los archivos españoles contienen una carta marina que muestra unas islas en la misma latitud de Hawái, pero con una longitud de diez grados al este del archipiélago. En ese manuscrito, la isla de Maui aparece con el nombre de «La Desgraciada», y lo que parece ser la isla de Hawái aparece como «La Mesa». Islas parecidas a Kahoolawe, Lanai y Molokai aparecen como «Los Monjes».

William Ellis, un escritor y misionero en el siglo xix de Hawái, registró varios cuentos populares sobre extranjeros que habrían visitado Hawái antes del primer contacto con Cook. Según el escritor hawaiano Herb Kawainui Kāne, una de estas historias:

(...) trataba de siete extranjeros que desembarcaron hace ocho generaciones en la bahía de Kealakekua en un barco pintado con un toldo o dosel sobre la popa. Iban vestidos con prendas en blanco y amarillo, y uno llevaba una espada a un lado y una pluma en el sombrero. Al desembarcar, se arrodilló en oración. Los hawaianos, muy obsequiosos con los más indefensos, los recibieron amablemente. Los extranjeros en última instancia se casaron con las familias de los jefes, pero sus nombres no pudieron ser incluidos en las genealogías,
Continúa el debate sobre si las islas Hawái fueron realmente visitadas por los españoles en el siglo xvi, con algunos investigadores, como Richard W. Rogers, en busca de evidencias de restos de naufragios españoles.

Hispania romana

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Hispania romana

Se conoce como Hispania romana a los territorios de la península ibérica durante el periodo histórico de dominación romana. 

Este periodo se encuentra comprendido entre 218 a. C. (fecha del desembarco romano en Ampurias) y los principios del siglo V (cuando entran los visigodos en la Península, sustituyendo a la autoridad de Roma). A lo largo de este extenso periodo de siete siglos, tanto la población como la organización política del territorio hispánico sufrieron profundos e irreversibles cambios, y quedaría marcado para siempre con la inconfundible impronta de la cultura y las costumbres romanas. 

De hecho, tras el periodo de conquistas, Hispania se convirtió en una parte fundamental del Imperio romano, proporcionando a este un enorme caudal de recursos materiales y humanos, y siendo durante siglos una de las partes más estables del mundo romano y cuna de algunos gobernantes del imperio.  

El proceso de asimilación del modo de vida romano y su cultura por los pueblos sometidos se conoce como romanización. El elemento humano fue su más activo factor, y el ejército el principal agente integrador.

La sociedad hispana se organizó como la del resto del Imperio romano, en hombres libres y esclavos. Los hombres libres podían participar en el gobierno, votar en las elecciones y ser propietarios de tierras. Los esclavos, en cambio, no tenían ningún derecho y eran propiedad de algún hombre libre. Las mujeres podían ser libres o esclavas, pero no tenían los mismos derechos que los hombres.

Iberia e Hispania

Los escritores latinos usaron el nombre de Hispania en lugar de Iberia.​ El escritor latino Ennio, que vivió entre los años 239 y 169 a.C, es el primero que llama Hispania a Iberia en su Historia Romana.​ En el siglo I a. C. los escritores latinos se refirieron a la península ibérica indistintamente como Hispania o Iberia. El citado geógrafo Estrabón, cuyo libro tercero de su Geografía es el documento más importante sobre la etnología de los pueblos de la Hispania Antigua, afirma expresamente que se utilizaban indistintamente en su tiempo, el siglo I, los nombres de Iberia e Hispania. Su extensión, según Trogo Pompeyo, es menor que la Galia y la de África.​ Estrabón se refiere a la península ibérica:  


Con el nombre de Ibería los primeros griegos designaron todo el país a partir del Rhodanos y del istmo que comprenden los golfos galáticos; mientras que los griegos de hoy colocan su límite en el Pyrene y dicen que las designaciones de Iberia e Hispania son sinónimas.

La Conquista de Hispania

Lo que se inició a finales del siglo III a. C. como una invasión estratégica para cortar las líneas de abastecimiento cartaginesas que sostenían la invasión de la península itálica por Aníbal durante la segunda guerra púnica, pronto pasó a ser una invasión de conquista que en unos doce años había expulsado por completo a las fuerzas cartaginesas de la Península. Sin embargo, Roma aún tardaría casi dos siglos en dominar la totalidad de la península ibérica, debido principalmente a la fuerte resistencia que los pueblos del interior (celtíberos, lusitanos, astures, cántabros, etc.) ofrecieron a los invasores. Dos siglos de guerras intermitentes aunque extremadamente violentas y crueles, tras los cuales las culturas prerromanas de Hispania fueron casi por completo exterminadas. La dominación romana perduraría hasta la entrada en Hispania de las primeras tribus bárbaras, ya en el siglo V, formando durante los siete siglos de influencia romana una población homogénea en Hispania conocida como «hispanorromana». 

La influencia romana en la península ibérica

Muralla romana de Ampurias
Al tiempo que Roma establecía su dominio sobre la península ibérica, también importaba a la misma su particular forma de entender la vida: su economía, su legislación, las infraestructuras que les permitieron crear y conservar un imperio y las manifestaciones artísticas de todo tipo. De todo ello se conserva hoy un importante legado no solo arqueológico, sino también cultural, que aún hoy permanece en las lenguas romances habladas en España y Portugal, descendientes directas del latín.

Organización política

Casi desde el primer momento, los romanos organizaron Hispania mediante la subdivisión de esta en diferentes provincias administrativas bajo el gobierno de pretores que actuaban como virreyes en nombre de Roma, conectadas todas ellas por calzadas​. A lo largo del dominio romano sobre Hispania, esta estuvo dividida en las siguientes provincias: 


  • Hispania Ulterior, primera división provincial en la zona sur y oeste de Hispania.
  • Hispania Citerior, primera división provincial en la zona este.
  • Bética, división provincial posterior, en el sur
  • Lusitania, en el oeste peninsular.
  • Tarraconense, en el este.
  • Cartaginense, en el sureste.
  • Gallaecia, en el noroeste.
  • Mauretania Tingitana, al sur del estrecho.

Las ciudades

El proceso de romanización en la Península se basó fundamentalmente en las ciudades como núcleos exportadores de la nueva cultura. La política urbanizadora comenzó pronto, aunque con fines casi exclusivamente defensivos. Durante la época republicana las riquezas mineras y agropecuarias de Hispania atrajeron gran número de emigrantes romano-itálicos, sobre todo después de la crisis del siglo II a. C. Éstos, unidos a los soldados establecidos en la Península comenzaron a asentarse en ciudades de estatus jurídico dudoso. Un ejemplo de esta etapa es la ciudad de Carteia.  

Puente romano de Córdoba
Con Julio César comenzó un periodo de colonización y municipalización, resolviendo el problema que padecía Italia por la falta de ager publicus, asentó en Hispania a sus soldados fundando nuevas colonias. También concedió la ciudadanía romana a municipios ya existentes, premiando así su fidelidad en la guerra civil que mantuvo con Pompeyo en la Península, por eso la mayoría de ellos se encuentran en la Bética. Augusto continuó la política de César, municipios augusteos son: Osca, Caesaraugusta, Calagurris, Baetulo, Segóbriga, Valeria,​ Ilerda, Iulia Traducta, Iuliobriga, etc. Vespasiano concedió el derecho latino a todas las ciudades de Hispania. 

Las ciudades poseían diferente categoría jurídica; así las colonias y municipios romanos estaban libres de cargas tributarias, las ciudades de derecho latino se encontraban en un escalafón inferior, por debajo de éstas estaban las ciudades peregrinae que carecen de privilegios jurídicos para sus habitantes. En el último lugar se encontraban las stipendiariae, que estaban obligadas a pagar un tributo a Roma, así como a aportar soldados al ejército.

División administrativa de Hispania en torno al 17 a. C.

 Latinización de la Hispania

Uno de los aspectos más trascendentes de la romanización en la península ibérica fue el de su latinización. Es decir, el proceso que trajo consigo la pérdida de los idiomas indígenas, a excepción del vasco, y la concomitante y paralela sustitución de éstos por el latín, del que más tarde derivarían las lenguas romances. La latinización de España comenzó desde la llegada de Roma en 218 a. C., y continuó hasta la conversión oficial de Hispania en parte del Imperio romano en 19 a. C., durante el gobierno de Augusto. El gran catálogo de Untermann sobre epigrafía ibérica pone de manifiesto que la escritura ibérica se siguió usando en muchos ámbitos: basta con comprobar los grafitos marcados a punzón sobre cerámicas o bien los nombres de las ciudades escritos sobre monedas en ibérico o en latín de modo que, a veces se vuelve al uso del ibérico después de haber acuñado monedas con textos latinos. Los grafitos sobre esculturas del Cerro de los Santos y del santuario de Torreparedones presentan unas veces textos latinos y otras ibéricos. La latinización no fue igual en toda la Hispania, sino que en la Ulterior fue de forma más acelerada. 

J. M. S.